viernes, agosto 27, 2010

Uña que se corta y se pierde, flor de desierto

Tengo ojos para ver y veo: veo al señor de los ojos saltones o perdidos, ojos ensartados en la cara que a él no le sirven para ver, pantalón tan sucio por el detrás y por el delante, justo donde se frota las palmas de las manos de desesperación por estar desesperado, de desesperación de pedir. Va recogiendo las monedas olvidadas en los carritos para el equipaje o las que le dejan recoger después de rogar con sus ojos que no ven muriéndose en los ojos de la gente. Lo veo y puedo seguir viéndolo hasta el lugar donde se duerme o hasta la plaza donde se droga, lo veo antes de desesperarse, sin recurso y sin letra, con una madre y un padre y amigos mejores o peores que él. Veo su manera de caminar, la boca un poco abierta, solo, hasta el sitio donde se droga, la plaza donde se duerme. Y noches tan largas como las mías sólo que en sucio, noches más oscuras que las mías, noches que no se terminan nunca, ni siquiera al día siguiente. Y lo veo de chico, no hace tanto, sin balón que le gustara para jugar o con todos los balones, mirando por la ventana de la escuela, a veces hosco, a veces fiesta, sentado en un bordillo fumando el primer cigarrillo robado al padre, con amigos mejores o peores que él. En la estación, desde donde todo el mundo se va y él se queda, estéril de tan dolorido, vida de una sola busca. Quién lo sanará o al menos le dará una mano, una hora, un café, la luz cálida de una lámpara que seguramente le haría daño y él rechazaría. Quién le dejará morir, tal y como él quiere, abrazado a su gana de morirse.

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