viernes, octubre 29, 2010

Soy una cajita de historias guardadas pero lo peor de mí no es eso

Mientras vivo escribo en mi cabeza, pienso en cómo escribiré luego lo que estoy viviendo. O peor, a veces voy reescribiendo otra versión en mi cabeza de lo que está pasando, porque el tamiz de la palabra puede endurecer o ponerle un profundo a la vivencia que no la tiene. Por eso cuando necesito trascendencia agradezco los largos pasillos de metro, como el de Embajadores, y un vals en mi oído, porque dentro de mis pasos hay espacio para miles de palabras arquitectura de historias que no me pasan o que me pasan sobre un suelo sucio y a las que yo le pongo alfombra retórica hasta el desmayo de la belleza (yo no la siento en mis rodillas y la injurio, yo la busco porque me muero cuando pienso que el universo es marrón cuando yo quiero l'azur l'azur). Y cuando estoy quieta o estoy hablando muchas veces se me ocurre que sí, que es verdad que tengo una locura portátil que me da capacidad de enferma de amoldar las cosas a mi partitura verbal. Mira ese pájaro: no es pájaro, es vuelo desvaído, dolor de ser en su paso pequeño sobre el asfalto de la ciudad. Mírame a mí, bicho suelto, atrincherado tras su muro de universo propio que no necesita al mundo, para quien el mundo es una pecera o una película fea que luego se cuenta más alta o más bajuna. Te miento, mundo, constantemente, me invento el amor, me invento el dolor, me invento las ganas. Escribir no es recrear, es sastrear Balenciaga con las letras sobre las deshechuras de la señora Vida, estar siempre en un escritorio y obviar la realidad. Y por eso me inadapto, porque pocas veces lo que pasa está a la altura de lo que esperan mis libros. Y cuando pasa, cuando llegan solos los brillos, quién sabe si son brillos o son mis lentes especiales atrapadoras de estrellas mundanas, mi pulidora dramática. Por eso muchas veces me convenzo de que estoy enferma adentro de la cabeza, que no sé distinguir verdades de mentiras, si la verdad es lo que transcurre y la mentira es lo que se construye, y quisiera desaparecer a otro lugar donde no tuviera que rendir cuentas de las cosas que son más hermosas o más terribles cuando yo las escribo o cuando yo las cuento. Y también: el amor que para siempre es una recreación o un hambre del amor perfecto que una vez me inventé en el Passeig de Gràcia y amé en la perfección de mi literatura.

El amor también existe

Mañana Elis Regina, mediodía Lisa Germano. Hombres que quisieran mirarme debajo de la falda y están lejos, hombres a los que les otorgo derecho de mirada sobre mí y corren caracoles adentro de su concha en espiral rendidos de miedo ante mis exigencias. Do I push too hard? Certainly you do, dearest. Calígula que me mordisquea el pelo mojado lo sabe. No puedo con los semivivos, no puedo con la tibieza, pataleo ante la falta de arrojo frente a los precipicios: me quedo sola. Y acaso no nos gusta, esta valla alrededor tan alta tan alta que sólo un antílope entrenado puede saltar. Y acaso no es cierto que no hay valla, que no me hace falta, que soy erizo lleno de pinchos por fuera y blandura de esponja de mar por dentro. Amarme debe de ser tan fácil y tan difícil como circunvalar el planeta en un barquito de madera. Calígula que está acostado en mis brazos mientras yo escribo y mira el mundo con esa indiferencia pensativa y grave que le caracteriza lo sabe. Acometedme, señores cualesquiera, soy una Justa. Afrontadme, señores, soy Corpes. Debatidme, señores, soy Trento. Dejaros dañar, señores, soy una herida que pugna por salirse de fuera hacia dentro. Sangradme, señores, os construiré un mundo. Y las horas de vida a las que hay que hacer frente, afrontadlas sin coraza y sin antifaz porque vais conmigo, señores, compradme al precio de vuestra hombría. Tenedme en casa, sacadme de paseo, adornada con el lazo de vuestro abrazo, caminadme por encima del adoquinado y de los puentes, pedidme arroz con leche y os llenaré la vida de canelita en rama. Calígula que se arrebuja contra mí lo sabe: soy cara pero soy Grande.

Me atacó la francofilia

Recuerdo mis años en Francia, recuerdo cuando me convertí en francesa. Recuerdo cuando sabía más de Francia que de España y leía a todos los autores exóticos de allende las colonias, llevaba Paroles en el bolsillo del abrigo, colgaba mi cartel de Cocteau, me vomitaba encima todos los diarios de Artaud, todos los fromages de chèvre, nulle part ailleurs. Luego me fui a vivir a Argentina y me volví argentina, pero ésa es otra historia, o no. Lo que quiero decir es que nunca hago nada a medias. Me puse a escuchar jazz y todo Coleman Hawkins. Me puse a quererte y todos los barcos. Me puse enferma y todos los tumores. Tengo la tabla periódica de los elementos de adorno en la pared. Me instigo las tripas con siete tipos diferentes de destornillador. Y estos seis días de gripe que tengo por delante tengo que hablar, hablar de mí, encontrarme dentro de mis inventos ésos hasta el fondo en que me convierto con tanta felicidad, reflejo mío frente a cualquier espejo que ni siquiera existirá, mujer incierta, mujer exuberante (sí, así), retorciéndose sola para sobrevivir a acometidas de olas imaginarias, dolor de no saber ser otra cosa que estas cosas raras que soy, incapaz, del todo, de estar tranquila sobre los desayunos, sobre los días que tienen una tarde y una hora para irse a acostar, incapaz de estar tranquila sobre el amor si no es amor de matar y morir, sino te aman las mareas y las costas mientras te tienen entre los brazos, incapaz de levantarme sino es para desgarrarme; no sé cantar sino es con el hígado entre los dientes, no sé viajar sino es sin billete de vuelta, no sé caminar sino es en singladura y mostrándome en escorzo a la cámara del mundo. Calma, me dicen. En la calma soy la propia calma que no es más que todas las inquietudes removidas hasta el punto del merengue. Dame más, mundo, trouble me, que si no me mudo a Rusia y me convierto en rusa, me mudo a la frontera mexicana y me vuelvo trailera, me mudo a Brasil y canto todo Chico en un disco con sus ojos en la portada, me mudo al Chaco y les doy de merendar a los huérfanos. Mundo repugnante, ponme el suero o te lo robo.

sábado, octubre 23, 2010

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto...

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,
que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos
en aquel tiempo.
Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como
el fuego.
Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con
pie punzó.
Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose
una a cada boca.
Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba
en la noche a buscar doncellas.
Y nunca la eligió.

sábado, octubre 16, 2010

Panta rei

Cruzo un puente que nunca crucé, un puente madrileño que supera un cauce sin agua, sin río, sin nada, un puente que no hermosea la ciudad porque está ausentado de la ciudad aunque se dé ínfulas de praguense o parisino o mijita sevillano. Te cruzo, Madrid, hasta el otro lado de tu puente y como siempre me confundo de avenida y sigo caminando a marchas forzadas y a Rogers y Hart hasta rendirme en Carabanchel y darme la vuelta.  Se me hiela la sangre ante el invierno que se viene y que me atraviesa el otoño de malas intenciones y la rebeca londinense de viento serrano desagradable y agarrador. Luego le canto al micro y a la máquina recogevoces odiando mi voz. Luego canto sin poder creerme nada lo que canto porque me importa un carajo lo que canto: el amor, la gloria, la pérdida y las miserias dolorosas que atraviesan. Cuando vuelvo por el puente, ahora sola yo sobre todas sus piedras, me asomo tradicional a la parte de su pretil que viene ensanchada y ahí comprendo por qué Madrid es ese sitio acogedor y falto de drama: porque no tiene río que simbolice devenires o desregresos y cosas inevitables tránsitos nunca más sous le pont Mirabeau. Madrid, te falta trascendencia, por eso eres fácil, por eso me quedo, porque ya llevo yo puestos mis propios ríos running underground y tú no tienes caudales suficientes para echármelos en cara.

Do not go gentle into that good night


Voy en sentido contrario a los bares y a las personas que empiezan su sábado y se ríen con sus amigos al comienzo de sus noches. Me arrebujo en el cuello de la rebeca y me apasiono el paso a mi lentitud hacia casa. Vuelvo a pensar, como la semana pasada, que soy un estereotipo y que me dura el empacho Álvaro de Campos desde el año 95. ¿Y? Me paro en la encrucjada Embajadores y dejo pasar los coches llenos de planes y destellos para la noche. Tapateo mis botas en el empedrado antes de cruzar, me miro las piernas dentro de las medias arabescas, las piernas hacia casa, y anhelo, ambiciono, la noche dentro de la lucecita débil de mi casa y ese resguardo contra ese mundo sábado por la noche del que soy reina en el exilio. Bailad, bailad, malditos, contra el humo, como yo bailé, pedidle al mundo un palmo más de tierra que yo tengo aquí por mío sobre mis baldosas amarillas.

But what if a new diminuendo brings no true tenderness, only restlessness

Estoy en casa. Juego en casa. He dejado de preguntarme cosas (quizás). Veo pasar la corriente del río y no pongo diques. Quiero que me pongan un dique a mí. Vuelve a aparecer mi abismo favorito en la geografía cercana y se me descuajaringa algo, algo que no es andamio ni es mi vida ni son las constelaciones, algo que es como una bofetada en la mentira. Yo me quise así, de mentira, y ahora ya no me quiero más así. Quiero algo verdadero y lo único verdadero que conozco es esto: jugar en casa, hervir agua, leer un trocito pequeño de algo, prepararme unas natillas como para convencerme de que me cuido, tener frío y ponerme una rebeca, ver delante de mí la coyuntura yo versus el mundo, y que eso ni me moleste ni me amilane, prenderme una vela sobre el candelero que me trajeron de regalo a una habitación de hospital, ver la maceta azul vacía de su planta (esa planta que creí y crecí hasta que me rendí a la evidencia de que todo se me muere entre los dedos). Me acerco la taza de mate cocido al corazón porque aún no me compré una estufa calientacorazones, me acuerdo de ayer cuando todo me dolía y casi que me ahogo en el tormento. No me duele el alma, de eso no nos queda, señora, me agota la indiferencia. Mía. Mi ataraxia. El descreimiento. Que todo me dé lo mismo. Todo era mentira antes pero desde que Él me mintió la mentira dejó de ser ese mundo conocido para volverse el Cabo de Mala Esperanza. ¿Voy a tener que vivir siempre mirando las aguas del mundo subida a este trampolín divorcio? Salta, puta. Deja de matarme con este convencimiento de que hay algo que no funciona comme il faut dentro mía. Se han descuajaringado mis constelaciones etcétera y ni siquiera me había aprendido los nombres. Escríbeme un cuento, Loulou, y déjame si no ser al menos estar. Estar quietita en este planeta Lavapiés o al menos en este planeta mi casa donde trasiego con mis capacidades de no dejarme echar a perder antes de encontrarme podrida en mi propio frigorífico.

miércoles, octubre 13, 2010

Los tres deseos de Pannonica

Kathleen Annie Pannonica Rothschild de Koenigswarter paseó de la mano de Thelonious y con esa misma mano le alisó el embozo de la cama a Charlie Parker y puso pañuelitos en la boca de Coleman Hawkins.
Nica les hizo fotos con su Polaroid y les dijo “pide tres deseos” a todos los músicos locos que en vez de tocar a Tchaikovsky en las orquestas de los blancos compusieron sus propios Prokofiev sincopados. Qué deseó ella que cada noche iba a los clubs de jazz en su Bentley, ella cuyo nombre quedó junto al del gigante en el Thelonica de Flannagan o en el Nica's Dream de Horace Silver.
Yo deseo: cantar en una novela, ser luz, este libro.

martes, octubre 12, 2010

Pero el más hermoso fue mi amor por los espejos

Muchas veces pienso que nací para ser sola, que me he ido así construyendo y que cada vez que me arrimé a alguien fue como si atara el cabo a un estay para que luego el de tierra llegado el momento me desamarrase y me dejara ir. Hasta con Uno que era tan barco como yo y con el que quise hacer travesía circunvalación El Cano terminé siendo sola, una peor manera de ser sola. Muchas veces pienso que estoy a salvo mientras tenga a Calígula porque mientras necesite un techo que poner sobre su cabecita de gato no me dará por las singladuras estrafalarias o por dejarme caer hasta el Diógenes. Muchas veces pienso demasiado, incluso ahora drogada me quedan resabios de líneas de irrazonable razonamiento. No sé adónde o a quién pertenezco, de quién soy, de dónde soy, y aunque cuando camine por el malecón conozca perfectamente mi filiación, la Caleta es una despertenencia, es como si me dejaran respirar diez minutos mi DNI recién entintado y luego lo tirasen al mar. Y sin embargo sabiendo todo eso aquí ando, descuidando mi casa como si alguien más fuera a venir a cuidarse del polvo de los muebles o del cajón de las verduras, ociosa por un rato chiquito de ese nacimiento mío para ser sola, odiando por un rato esa cosa mía de erguirme y respirar con el hígado en vez de respirar con los pulmones, regalándome una tregua que sé perfectamente ficticia y transeúnte pero ¡
tan hermosa! Cuando sí que nací para ser sola, para espiar el mundo por la noche, cuando se queda callado y a mí me grita todo de hambre, para poder encontrarme con los majaras que andan sin norte y sin sur como yo y caminarnos un ratito las palabras y los ojos y seguir, seguir siempre buscando ciudades nuevas, buscando sentirlo todo desde todos sus lados, y al fondo a la derecha desear que todo nuestro convencimiento sea falso y pase algo que nos cambie la deriva en rumbo dentro del ahora de esas noches desde las que lo miramos todo.

domingo, octubre 10, 2010

Ese modo inquietante y diabólico de detener la tarde

El collage es de Artelena
Llovía tanto que no parecía Madrid. Ella se acuclilló y apoyó la espalda en una de las paredes más sucias del mundo, y miró la lluvia como si España fuera otro país. No duraría, pensó, pero duraba. Buscó en el bolso y no encontró la Moleskine. Encima de la mesa se la dejó, junto con los auriculares menos mordidos por el gato. Y allí estaba, chorreando agua, escuchando por un oído la lluvia y el ruido de la estación, incomprendiendo a los fumadores, escribiendo en la parte de atrás de las fotocopias de Cárdenas y Bolaño. Soy un estereotipo, pensó. ¿Soy un estereotipo, aquí, con mis escritores chilenos, mis vaqueros rotos, mis converse rotas y mi chaqueta negra París años sesenta? Pero allí estaba la promesa falsa de que iban a quererla, y entonces qué importaba el estereotipo y tener 40 minutos por delante clavada en Valium hasta el autobús. Había calculado tan mal que llegó antes que nunca y cuando subió las escaleras mecánicas arrastrando la maleta, como cada vez, como cada una de sus vidas, pensó en un atisbo de pensamiento, el único chiquito que le dejaban las pastillas, Señor, qué sino el mío del viajar en solitario. Pero no le importaba realmente, ni a ella ni a sus drogas de aficionada, en cualquier caso habría sido hermoso verla caminar por el andén ojos cerrados rendidos a la canción con su remera verde de cuello cisne y su chaqueta negra y su pelo recién colorado y la maleta belga que aún seguía viva. Y todavía llovía y era imposible saber por culpa del repeat cuántos minutos habrían pasado. Cuántas vidas me han pasado, pensó. Y cada vez que le tocaba que le pasara una vida nueva pensaba que sería la última aunque sabía que no era así. Quiero ir a cantar en el homenaje de Álvaro It never entered my mind, pensó. Y no iría, pensó también. Y le pesaron la droga y los pensamientos y la incapacidad de hacerle frente al mundo, a la estación, a la canción que le machacaba un solo oído, a la mentira de que la iban a querer, a su estereotipo, a ese modo inquietante y diabólico de detener la tarde.

sábado, octubre 09, 2010

Te concedo derecho de mirada sobre mí

Si pudiera elegir, elegiría verte. Salir corriendo para verte pero al llegar caminar despacito hasta verte y allí en el verte sólo verte. 

Once I laughed when I heard you saying

Anoche, volviendo a casa después de andar viendo a un amigo verdadero, caminando lento por la calle de Los Moros a causa de la droga, cantando lento por la calle Valdés a causa de la droga, me fui sopesando el empuje para ir a Cornellá al homenaje que le preparan a Álvaro, hasta que me llegó un momento carretera en el que empecé a cantar un poquito aquella canción que hacíamos siempre él y yo por las Ramblas o por cualquiera de las Barcelonas. Y no pude, porque se me rompió la voz y en vez de cantar lloré and wish that you were there again. Y cuando llegué a casa tuve que darle la vuelta al bloque para paralizarme ese estado antes de entrar en la casa de mis padres, y allí, frente a mi paso, en la chapa del cerrado, alguien había escrito con spray: Álvaro. De entre todos los nombres, Álvaro. Ahí me quedé, masticando sincronía, sabiendo todas esas cosas sabias que parece que hay que saber cuando alguien que quieres se muere, sabiendo al mismo tiempo que aunque podré no voy a poder cantar esa canción sin acordarme de él en carne viva y de todo lo suyo que he vivido y de todo lo suyo que me he perdido y de todo lo mío que me estoy perdiendo, sabiendo que hay que seguir, seguir capitalizando pérdida, seguir no soportando más pérdida, seguir viviendo con esa conciencia profunda del error que a veces no te deja respirar, seguir esperando que llegue un día en el que no me siga sintiendo uneasy in my easy chair y pueda hacerle honor a estar viva.

Amparo y defensa

Voy con mis padres en el coche, camino una vez más del hospital. A veces la vida es generosa y tú tienes ojos de treinta y cuatro años para poder apreciar su generosidad, y entonces el coche circula por la Alameda Apodaca y tienes a Cádiz y al océano viéndose entre los balaustres y toda la memoria de esas tardes del invierno en que me arrastré por aquí la gloria y unos cachitos de pena, y entonces tu padre y tu madre canturrean juntos Que son de piedra y no se nota las murallitas de Cádiz en un instante imprevisto de comunión y te da por sopesar la posibilidad de que aún queda algún espacio o algún cajón en el que guardar recuerdos buenos y que maldita sea maldita por siempre la mala vida que nos ha tocado vivir, pero que bendita sea bendita este migajita de momento en el que dentro de este coche puedo tener a mis padres cantándome una copla que nunca me aprendí. 

Soy de piedra y no se nota

Son de piedra y no se nota,
las murallitas de Cádiz,
son de piedra y no se nota,
pa qu'en Cádiz los franceses
se rompan la cabezota.
Con las bombas que tiran
los fanfarrones,
se hacen las gaditanas
tirabuzones.
Y las hembras cabales
de nuestra tierra
cuando nacen ya vienen
pidiendo guerra,
guerra, guerra.
Y se ríen alegres
de los mostachos
y de los morriones
de los gabachos.
Y hasta saben hacerse tirabuzones
con las bombas que tiran
los fanfarrones.

viernes, octubre 08, 2010

El Chamán y la Bruja

Yo te llamo y tú vienes y desde el Teatro Falla nos vamos a la Caleta y nos contamos cosas de iniciados y de majaretas y estás hermoso, te has salido de aquella sima, se te ha cerrado el agujero negro aterrador que llevabas puesto la última vez que te vi, te ha crecido grande la grandeza, te atreves a decirme y me atrevo a decirte cosas que no podemos decirle a mucha gente, como siempre que nos vemos, cosas que no diré aquí, y soplaba el levante y qué bonitas las barquitas y la verja cerrada y oxidada del castillo de San Sebastián, y qué cosa más grande cuando de pronto alguien que siempre fue cerca está más cerca y sea uno de esos de prontos en los que te sale una gana irrebatible de piel, como siempre que nos vemos, y tú y yo nos caminamos despacito el malecón y sabemos que nos estamos viendo de verdad, de vernos, como siempre que nos vemos. Y qué grande que cada vez que me encuentro contigo tengo que escribirlo luego, porque me abres todas las puertitas que llevo, que no son pocas. Quédate al alcance de la mano, quiero verte seguir vivo.

martes, octubre 05, 2010

La calle Arenal

Madrid, yo sé cómo estoy de verdad cuando te camino Arenal. Madrid, yo me mido los pasos en Arenal, yo me conozco el día según los centímetros de profundidad de bolsillo que busco con mi mano y según mi paso y mi caderamiento y la canción que tarareo, y si voy por la derecha o por la izquierda o por el centro. Madrid, me prestas el suelo de Arenal como termómetro, para que me vea bien en travelling y así me vea, y a veces me doy susto, y otras veces me doy orgullo, y otras me doy una especie de triste melancolía y otras hambre y otras me juro que me presto una mantita y me hago un té al llegar a casa y otras soy hoy, vestido recién estrenado y mis botas más usadas, mi chaqueta negra, y una canción que me grita tan alto que rompe los cristales del Teatro Real donde andan en mi honor con Rise and fall of the city of Mahagonny. Y, Madrid, por Arenal yo me sé más cosas de las que me sé siempre, como que nunca podré ser una falsaria aunque pueda llegar a ser una mentirosa, que sé caminar al ritmo exacto de mi alma, que ya he consumido todo el espacio arriba, más arriba, que sólo me queda el frente, que sigo amando, que adoro escuchar el ruidito que hacen mis pendientes, mi pulsera mapuche, las hebillitas de mis destrozadas Kickers, los titileos que me hacen las luces por dentro. Calle del Arenal, aquí sigo contra todo pronóstico volteándome hacia mí misma la mirada al verme pasar, deseándome suerte, deseándome ganas, maldiciéndome la fortaleza, esperando que esta tregua me dure para siempre.

domingo, octubre 03, 2010

Please do sex me up, please do tie me down

Me han ordenado los dottores que me drogue, y aquí estoy, drogada, con la mente al fin en blanco, incapaz de ningún pensamiento aunque lo intente. Todo me da, genuinamente química, lo mismo. Qué descanso. Mi amigo recuperado me dice que así es como es la vida para casi todo el resto de la humanidad. Me dice, mientras me atiborra de helado, que él nunca piensa en ninguna de esas cosas en las que yo pienso. Y al verme tan indiferente al medio y tan sonriente me dice que debería aprovechar él para llevarme al Parque de Atracciones o al Teleférico para que disfrute por una vez sin el empañamiento del devenir. Lo del empañamiento del devenir no es auténtico dixit, fue de otra manera que me lo dijo gritándome entre el ruido de un bar lesbiano que hemos encontrado en el barrio, pero así lo interpreté yo enmedio de esta deliciosa bruma drogadicta en la que Dancing Queen me parece la mejor canción de la historia, aunque me pase el día escuchando la Segunda de Mahler, los dos Clube da Esquina y las canciones que me gustan de Alanis en random. Llevo tres días almorzando y cenando huevos fritos con patatas (menos cuando mi amigo recobrado me ha preparado un almuerzo contrarrestador de futuras enfermedades coronarias). Calígula me mira con aprensión cuando bailoteo por la casa sorteando el desorden de ropa de invierno y de verano y libros por el suelo donde me tumbo a leer encima de su manta. Hace rato que sospecho que mi voz interna confundidora me confunde y ahora que no la oigo y que me parece que Joni Mitchell exagera, no la echo de menos y lo mejor es que tampoco echo de menos sospechar de ella. Ah, si pudiera vivir siempre en este clarificador encefalograma plano, que poco yo sería yo, qué chica encantadora y sutil, con ese flequillo inspirado que me corté anoche a las cuatro de la mañana, con ese primer concierto de cantante de boleros que daré el miércoles. Y tú, jazz, qué insufriblemente doliente me resultas, pianito crescente de dolores del minuto 4 y el segundo 7. Sea Alá por siempre alabado por regalarme este otro lado de la orilla en el que se vive y punto, en el que a la vida no le saltan las esquinas y las costuras a mi paso, en el que una rosa no es una rosa no es una rosa no es una rosa sino sólo una rosa, y el océano, una masa de agua salada que no tiene capacidad de llevarme traerme contenerme reclamarme desunirme asesinarme llorarme porque no sabe adónde se va ni adónde se tiene que ir.

God bless chemistry

Tengo la casa cerrada para todo lo que no sea el gato y nuestro desorden, el pan con Nutella, los amigos que pasan por aquí a comprobarme. Tengo mi casa cerrada a todo lo que no sea esta indiferencia supina por todo lo que no sea el desorden devastador de mi casa, las tardes pasadas por ahí, fuera de todo lo que no es la casa acomodo de desastre, y los litros y litros de zumo de naranja que ando bebiendo. Tengo la casa cerrada a todo lo que no sean llamadas telefónicas que me sacan de la casa y de los libros, de la tetera que nunca termina de entibiarse porque no le doy tiempo. Tengo la casa cerrada a todo ese ser malvado que de vez en cuando viene a dejarme corroborar que soy recta y que soy luz, que no necesito tumbarme en los infiernos, que desde mi casa cerrada resisto el embate empalagoso de esa manera podrida de vivir la vida. Desde mi casa en la que sé que hoy todo volverá a sus armarios y cajones antes de que el Gato se vuelva majara pensando que volvemos a mudarnos, abarco el mundo que ahora no me importa y sobre el que sólo quiero reinar y dejar que se enamore de mí al paso de mis botas. Desde Madrid, esa ciudad tan poco amenazante y aceptadora, tan mi barrio, tan mi casa cerrada a todo lo que no sean amor y valentías y personas que se quieren y se conocen las maneras de bailar, desde mi casa que soy yo, te cierro a ti, dolor, las puertas.

viernes, octubre 01, 2010

Putrefacto

Fuimos a Valladolid en tren compartiendo sandwiches vegetarianos con Raúl y las guitarrras y los teclados hasta la casa de una hermosa amiga Beatriz y en Valladolid, ciudad Cruzada, nos subimos al escenario a canturrear, me coloqué unas plumas coloradas en las botas, le busqué el pop a la vida, me convencí de que no había vida como la vida mía. Luego me pasé todo un sábado con mis amigas viendo la tele y comiendo chocolate, un sábado feliz rodeada de mujeres, en la calle pintadas y en la casa calcetineadas. Y el domingo bajo el sol y las calles empedradas y los pucelanos endomingados para sus misas, paseé con Aurora hasta la risa o la tragedia, comimos los tipismos de la ciudad, tuvimos frío, me agujerée más los vaqueros con la piedra arenisca restaurada del Registro Civil, quise, tanto, volver a verte. Y en Valladolid con cucharitas de café me desmedí la vida y anhelé sol y anhelé dejarme ser de una vez por todas eso que ya soy, yo.