sábado, octubre 16, 2010

Panta rei

Cruzo un puente que nunca crucé, un puente madrileño que supera un cauce sin agua, sin río, sin nada, un puente que no hermosea la ciudad porque está ausentado de la ciudad aunque se dé ínfulas de praguense o parisino o mijita sevillano. Te cruzo, Madrid, hasta el otro lado de tu puente y como siempre me confundo de avenida y sigo caminando a marchas forzadas y a Rogers y Hart hasta rendirme en Carabanchel y darme la vuelta.  Se me hiela la sangre ante el invierno que se viene y que me atraviesa el otoño de malas intenciones y la rebeca londinense de viento serrano desagradable y agarrador. Luego le canto al micro y a la máquina recogevoces odiando mi voz. Luego canto sin poder creerme nada lo que canto porque me importa un carajo lo que canto: el amor, la gloria, la pérdida y las miserias dolorosas que atraviesan. Cuando vuelvo por el puente, ahora sola yo sobre todas sus piedras, me asomo tradicional a la parte de su pretil que viene ensanchada y ahí comprendo por qué Madrid es ese sitio acogedor y falto de drama: porque no tiene río que simbolice devenires o desregresos y cosas inevitables tránsitos nunca más sous le pont Mirabeau. Madrid, te falta trascendencia, por eso eres fácil, por eso me quedo, porque ya llevo yo puestos mis propios ríos running underground y tú no tienes caudales suficientes para echármelos en cara.

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