martes, octubre 12, 2010

Pero el más hermoso fue mi amor por los espejos

Muchas veces pienso que nací para ser sola, que me he ido así construyendo y que cada vez que me arrimé a alguien fue como si atara el cabo a un estay para que luego el de tierra llegado el momento me desamarrase y me dejara ir. Hasta con Uno que era tan barco como yo y con el que quise hacer travesía circunvalación El Cano terminé siendo sola, una peor manera de ser sola. Muchas veces pienso que estoy a salvo mientras tenga a Calígula porque mientras necesite un techo que poner sobre su cabecita de gato no me dará por las singladuras estrafalarias o por dejarme caer hasta el Diógenes. Muchas veces pienso demasiado, incluso ahora drogada me quedan resabios de líneas de irrazonable razonamiento. No sé adónde o a quién pertenezco, de quién soy, de dónde soy, y aunque cuando camine por el malecón conozca perfectamente mi filiación, la Caleta es una despertenencia, es como si me dejaran respirar diez minutos mi DNI recién entintado y luego lo tirasen al mar. Y sin embargo sabiendo todo eso aquí ando, descuidando mi casa como si alguien más fuera a venir a cuidarse del polvo de los muebles o del cajón de las verduras, ociosa por un rato chiquito de ese nacimiento mío para ser sola, odiando por un rato esa cosa mía de erguirme y respirar con el hígado en vez de respirar con los pulmones, regalándome una tregua que sé perfectamente ficticia y transeúnte pero ¡
tan hermosa! Cuando sí que nací para ser sola, para espiar el mundo por la noche, cuando se queda callado y a mí me grita todo de hambre, para poder encontrarme con los majaras que andan sin norte y sin sur como yo y caminarnos un ratito las palabras y los ojos y seguir, seguir siempre buscando ciudades nuevas, buscando sentirlo todo desde todos sus lados, y al fondo a la derecha desear que todo nuestro convencimiento sea falso y pase algo que nos cambie la deriva en rumbo dentro del ahora de esas noches desde las que lo miramos todo.

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