sábado, noviembre 27, 2010

Sin Dios y sin vos y mí

¿Te acuerdas de tu peor miedo? Pues aquí lo tienes, delante tuya, desnudo, desplumado de su adorno, cumplido, después de hacerse fuerte ante tu puerta se te adentró adentro de la casa y soberbio se presenta, seguro de que seguirá creciendo, pichón alimentado por tu mano. ¿Te acuerdas de tu peor miedo? Este miedo que presentiste hace años, ante el que meneaste la cabeza, segura de que no te llegaría y sin embargo segura de que ya estabas poseída de su estrella, aquí lo tienes, ya caminó el camino hacia tu encuentro, calle Corrientes; queda mucho tiempo para que suene su hora y sin embargo él está preparado, listo, ya. ¿Qué harás, con tu peor miedo? ¿Masticarlo, romperte la mandíbula contra él inalcanzable, ignorarlo y seguir, cadáver? O dejarlo equivocarse. O dejarlo envanecerse. O plantarle batalla (pero sabe que te derrotará). Tic tac, dice, mientras te los mira, los ojos. Tic tac, dice, mientras le calibras el calibre. Y sabes. Sabes que no lo sacarás a patadas, que lo invitarás a acostarse tras la puerta y le acariciarás la cabezota mientras le dices que sí, que es así como será, pero que no sea más miedo, que ahora ya puede estarse tranquilo de ser certeza y cambiarse en doméstica la apostura.

viernes, noviembre 19, 2010

The biggest lie

Qué tentación más grande pensar que se puede empezar todo de nuevo desde el principio, como si no se quedara empañada esa nada parecida al alma, como si no lleváramos por dentro las carretas cargadas de bueyes dolores y mentiras constatadas. Qué premura de huir hacia los brazos de la esperanza de que sí, se puede, llegar al lugar donde lavados y amortajados nos dejarán seguir en pie y bebernos cada día la anestesia nuestra de cada día. Qué estúpido pensar que el agua hervida se puede deshervir o lavotear para cebar buen mate. Qué ingenuos los bautismos: cuando nos echan el agua, no nos quitan la escafandra. Qué ternura esperar que en algún lado de la vida haya una lavadora en la que entremos manchados y salgamos redentos. Qué tentación más grande mentirnos bajito por detrás del oído la nana del mañana el monstruo no seguirá allí. Qué desconsiderado el mundo por dejarnos creer en las quintas oportunidades. Pero qué pequeños se hacen los dolores desde esa mentira de los mundos nuevos, qué fiesta el engaño, qué felicidad el recomienzo. Póngame una docena.

jueves, noviembre 18, 2010

Il faut tenter de vivre

A veces la vida se espesa como dulce de membrillo, y no hay forma de devolverle su hermosura, ni a las lágrimas ni a punta de pistola-corazón. Que un rayo nos parta en ese momento en el que la vida se concentra tanto en su disolución putrefacta, en ese instante en el que todo se para y ves en su delante y su detrás lo que sucede, lo inalterable del transcurso, el adiós desde lo bonito cadáver, desde la muerte metida en caja repujada bajo tierra. A veces la vida te da palmaditas en la espalda y te dice cínica Hay que seguir. A veces no le importa apestarte el salón, a la vida, con su actitud intento, con su facha sucia de desvergonzada ladrona, escalpelo cortatesoros en mano. A veces la vida desde el estribo de su tren te escupe mientras te abandona en tu tren en sentido contrario. Bon voyage, yo volveré y tú no, se te ríe. A veces fea desdentada la vida intenta enseñarte lecciones cuando de una guantada podemos devolverla muñeco a su caja mientras la amenazamos así: Espésate, puta, a tu afán, que yo tengo almíbar guardado de sobra para devolverte a tu estado de jalea cálida, a tu lomo gatito perteneciente. No te me pongas chula, vida, que no hace falta, ya nos vamos. Pero antes déjame aquí, vida, déjame cinco minutos para decirle adiós a esto que me vivió por dentro, déjame decir adiós adiós, hermoso muerto que anduviste en pie removiendo mis tierras y mi intención y creando al vuelo, dejándome sin cremalleras y sin hambre, comiéndose todo mi derroche, déjame decir adiós y darle la última paletada de arena antes de irme yo en el mismo trencito que tú, vida. Y lávate la cara.

miércoles, noviembre 17, 2010

Las noches

La noche cuando llega cada noche es otra noche, y su manera de llegar nunca es igual de definitiva aunque siempre sea definitiva. A veces cae encima, a veces se desploma, a veces no llega a tumbarse de tan velada, otras se posa lentitud y mariposa. Hay noches que te sorprenden traicioneras y noches que te regalan una luna para pertenecerte. Hay noches implacables puñales lentos en el pecho, hay noches gloriosas lazos lentos en el corazón. En la noche es cuando te das cuenta de si estás vivo o muerto, de hasta dónde te agarra la soledad, de desde dónde dispones de la compañía. En la noche respiras más hondo y más lejos o te ahogas cada vez más cerca de la orilla. De noche se nacen los recuerdos y se destruyen los dolores, se coquetean dolores nuevos, se canta lo que se pierde y se aúlla lo que se tiene. Sacrosanta noche que cada noche vienes y eres otra, bendita noche que a veces malogro y a veces ignoro de tanta fatiga que le tengo a la vida. Noches largas de charla, noches largas de calle, noches largas que terminan con mi voz maldiciendo los pájaros, noches largas que terminan con mi voz bendiciendo la claridad cuando la claridad llega; noches que compartí, noches que me bebo, noches que me beben, noches que quemo como papel sobre su propio cenicero, noches hambre, noches que me vomitan sus noches encima, horas oscuras a veces más oscuras, noches de esperar, noches de tenerte, noches de viajar y desear o no desear llegar, noches que ojalá tuviera aquí conmigo con sus nombres y apellidos. Ojalá cada noche que me llegue, noche distinta cada noche que me llega, tenga un escamado y un peligro y un signo diferente, ojalá pueda mirar a los ojos a cada noche cuando me llegue, ojalá alguna noche me abrigue encima, contigo a mi vera.

martes, noviembre 16, 2010

El miedo más profundo de escribir: no escribir

El miedo más profundo de escribir: no tener algo que decir, algo que alguien quiera leer. Escribir es buscar vetas de mineral y a quién le gusta rebuscarse pico y pala por dentro hasta encontrar carbón. Porque lo que escribe el que escribe nunca está afuera más que en trampolín, y es en una tripa invisible donde se agolpan los sentidos del que escribe, es en su manera única de mirarlo todo desde fuera, despertenecedor, animal solo, donde encuentra la forma de contar como si fuera el corazón y el jalador de la cola del mundo. El miedo de escribir: contar una historia, de un modo en el que las palabras tengan por el cuello, esclavicen a su cadencia o desaten el llanto o hagan la sonrisa; un modo de unir las palabras, de enzarzar las frases para que atrapen, cuerdas, y transporten, planeadoras. El miedo más profundo de escribir es no tener algo que decir o que cuando se tiene no se sea digno de la herramienta de trabajo, no vislumbrar, no ser capaz de llegar hasta esa luz que la palabra deja por dentro cuando la esculpes, cuando la escupes, esa luz que la palabra se deja por fuera cuando la acaricias barro hasta su canto de muerte: la grafía. El miedo más profundo de escribir: ser el que escribe y el que se pierde la vida, ser el cruel desmembrador palabra en ristre de lo que pasa, vivir de través. El miedo más profundo: ser tu propia literatura, descubrirte atada a la escritura y rogándole a la vida que vuelva. El daño más profundo de escribir: el peaje altísimo que hay que pagar para transitar la carretera de la verdad escrita. Quiero vivir, no quiero escribir. Volved, calles para ser cruzadas, que escriba el otro que me habita, que él se mastique ese miedo profundo, yo quiero estar respirando y no calibrando en balanza la palabra. Que escriban los demás, que los demás me cuenten la vida hasta dejarme exhausta de sentimiento, primero que me quede exhausta yo de tanto estar viva, por ahí, en cualquier lugar en el que no tenga que sentir la angustia del papel enfrente de la cara y tener que alcanzarlo alto tan alto en su altura, que no tenga que estar encontrando siempre razones para no escribir.

lunes, noviembre 15, 2010

Quémame cigarra

Los que caminamos como si la vida no tuviese un sentido a veces nos preguntamos ¿y si estamos equivocados? ¿Y si toda esta inversión en la descreencia fuese errónea? ¿Y si realmente la desesperanza fuera la que no acierta nunca la quiniela? A veces te ataca la conciencia profunda del error y se te desmorona la bandera. Caminar desabrochada, pecho descubierto como si no te importaran las heridas porque ya estás muerta de intenciones de antemano, en un paso se puede tornar pesadilla cuando te tienta el hambre de trascendencia. Qué caída si estuviera equivocada, que caída si realmente estuviésemos caminando hacia alguna parte, qué extravío si estuviese extraviada. Y llenar una vida de razones, explicaciones, correcciones, sentidos, cómo nos llama cuando todo lo que tenemos delante es lo que cargamos por dentro.