jueves, noviembre 18, 2010

Il faut tenter de vivre

A veces la vida se espesa como dulce de membrillo, y no hay forma de devolverle su hermosura, ni a las lágrimas ni a punta de pistola-corazón. Que un rayo nos parta en ese momento en el que la vida se concentra tanto en su disolución putrefacta, en ese instante en el que todo se para y ves en su delante y su detrás lo que sucede, lo inalterable del transcurso, el adiós desde lo bonito cadáver, desde la muerte metida en caja repujada bajo tierra. A veces la vida te da palmaditas en la espalda y te dice cínica Hay que seguir. A veces no le importa apestarte el salón, a la vida, con su actitud intento, con su facha sucia de desvergonzada ladrona, escalpelo cortatesoros en mano. A veces la vida desde el estribo de su tren te escupe mientras te abandona en tu tren en sentido contrario. Bon voyage, yo volveré y tú no, se te ríe. A veces fea desdentada la vida intenta enseñarte lecciones cuando de una guantada podemos devolverla muñeco a su caja mientras la amenazamos así: Espésate, puta, a tu afán, que yo tengo almíbar guardado de sobra para devolverte a tu estado de jalea cálida, a tu lomo gatito perteneciente. No te me pongas chula, vida, que no hace falta, ya nos vamos. Pero antes déjame aquí, vida, déjame cinco minutos para decirle adiós a esto que me vivió por dentro, déjame decir adiós adiós, hermoso muerto que anduviste en pie removiendo mis tierras y mi intención y creando al vuelo, dejándome sin cremalleras y sin hambre, comiéndose todo mi derroche, déjame decir adiós y darle la última paletada de arena antes de irme yo en el mismo trencito que tú, vida. Y lávate la cara.

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