miércoles, diciembre 29, 2010

Sara Gallardo frente a Sara Gallardo

Revista La Nación, 11 de septiembre de 1977

Es difícil evitar la tentación de hablar de su belleza y de su simpatía. Mientras, inclinada sobre la baranda de su balcón, sigue dócilmente las indicaciones del fotógrafo, uno admira la gracia de un rostro de reminiscencias morunas. Para sustraerse a ese magnetismo, que va acompañado por una cordialidad honda, que nada tiene que ver con la simpatía deliberada, conviene concentrarse en el motivo de la entrevista; recordar que Sara Gallardo es autora de cuatro novelas: “Enero”, “Pantalones azules”, “Los galgos los galgos” y “Eisejuaz”, y que ahora acaba de publicar un volumen de cuentos, “El país del humo”.
El fotógrafo termina su tarea y la puerta del balcón se cierra. Sara se sienta. De cerca, se advierte que su figura está como gobernada desde los ojos oscuros, que brillan entre los pómulos muy marcados.
—Leí El país del humo y me llamó la atención la veracidad de todos sus personajes masculinos. Pareciera que su visión del mundo masculino no fuera la de una mujer, sino precisamente la de un hombre.
—Es la primera vez que me lo dicen. Pero creo que hay algo de razón en su comentario. Desde chica me quedó grabada una observación de papá acerca de la novela de una autora que no viene al caso mencionar. Dijo: “¡Que bueno es este libro, parece escrito por un hombre!”. No sé cuánto de machismo había en esa afirmación, pero desde entonces la bondad de las obras literarias quedó ligada para mí a su carácter “masculino”.
—Una impresión totalmente reñida con el feminismo.
—Hasta cierto punto. A las feministas no les gustan las muñequitas de lujo, ni las monerías supuestamente femeninas. Rechazo cierta imagen, o cierto aspecto de lo femenino. Siento horror por la histeria, la crueldad y la coquetería “femeninas”.
—¿Qué rasgos femeninos estima?
—Aprecio la hipersensibilidad. La literatura escrita por mujeres necesita de un vigor viril. Ese rigor debe estar al servicio de la hipersensibilidad, como lo está por ejemplo en Virginia Woolf, una autora exenta de afectación. Me gusta crear personajes masculinos. Por otra parte, ya de chica tenía un estilo de juego que no se avenía al tradicional de las mujercitas. Por supuesto, tenía muñecas, pero me atraía mucho más jugar a los pieles rojas, a los árabes, imaginar que las bicicletas eran las carpas en el desierto. Además, me encanta todo lo salvaje. Los caballos me apasionan. No me pierdo los desfiles y me emociono cuando pasan los granaderos. Me gusta lo épico en la vida y la literatura. Demás está decir que una de mis lecturas preferidas es La Ilíada.
—El título de su libro de cuentos no es el de ninguno de los relatos que lo componen. ¿Por qué lo llamó así?
—En realidad, escribí un cuento llamado El país del humo, que originariamente integraba el volumen, pero después lo retiré. Le puse ese nombre a mi libro porque mis cuentos tratan sobre América, sobre Latinoamérica. Y el país del humo es para mí la tierra americana. Es un continente que parece perdido en el tiempo, en el que las huellas, las personas, parecen borrarse ene extensiones tan vastas como desoladas.
—Esos relatos son muy tristes, desgarradores, por momentos.
—Parece que ésa es la impresión que les causan a todos los que los leen. En realidad, los escribí en una época bastante terrible de mi vida, entre los años 72 y 75. Después me fui a vivir transitoriamente a Córdoba, me mudé varias veces y perdí el original.
—¿Dónde estuvo viviendo?
—Pasé gran parte del tiempo en El Paraíso, la casa de Mujica Láinez, en una especie de pabellón de caza transformado en sala de esgrima, o al revés. De cualquier modo, allí vivíamos con mis hijos. Debo decir que este libro ha aparecido por la insistencia de Mujica. Por él busqué el libro perdido, lo encontré y lo corregí. Mujica me ayudó en las correcciones, me hizo comentarios, críticas, elogios.
—Uno de los cuentos, Georgette y el general, guarda el estilo de los cuentos de Mujica Láinez.
—Es cierto. Podría haberlo escrito él. Pero lo curioso es que lo escribí antes de ir a vivir a su casa. El país del humo ya estaba terminado cuando me fui a Córdoba. En cuanto a ese relato, me parece muy divertido.
—Seguramente debió documentarse en alguna fuente más oral que escrita, supongo.
—Vulgo, chisme. Es cierto. En cambio, sí debí documentarme en fuentes más eruditas para Una nueva ciencia, donde hablo de la influencia de las de las nubes en el destino. Leí unos cuantos libros sobre Risorgimiento. Estudié mucho para hacer El país del humo. Releí Kipling y, además, me sirvieron otras lecturas ocasionales como la de Spoon River Anthology, de Lee Master, que reconstruye la historia de un pueblo por medio de los epitafios del cementerio.
—En todos sus libros el campo y la vida animal ocupan un lugar muy importante. En cierta oportunidad Victoria Ocampo señaló que usted era una de las escritoras argentinas que mejor describía los árboles y los animales. Por supuesto, vivió en el campo.
—El campo, las plantas y los animales fueron siempre una pasión familiar. En mi familia abundan los naturalistas. El Museo Ángel Gallardo lleva el nombre de mi abuelo. Por otra parte, papá tiene un campo, cerca de Chascomús, donde, con mis hermanos, pasábamos largas temporadas durante los veranos. Arreábamos vacas, ensillábamos caballos, salíamos a hacer cabalgatas. Ése es el origen de muchos de mis relatos que tienen como escenario y como tema el campo legendario. En El país del humo un catequista se enfrenta con un caso de licantropía, con un lobizón. Se trata de una leyenda; pero, en cambio, no es leyenda que yo vi como catequizaban a los indios en el campo.
—Al mismo tiempo, se percibe en su obra cierto gusto por los mundos cerrados.
—Hasta cierto punto me atraen esos climas herméticos. Estoy acostumbrada a la soledad desde la niñez. De chica fui asmática. Y un chico asmático vive muchas horas de vigilia nocturna, solo. Entre las 2 y las 5 de la madrugada espera la asfixia, la teme, la combate. Mientras todos duermen el asmático libra una batalla contra la asfixia. Uno tiene un horario propio, el de la enfermedad. Los chicos no sufren tanto como los padres porque pueden pasarse esas horas contándose historias. Ahí debe haber nacido mi vocación literaria. Por otra parte, una enfermedad de este tipo tiene sus ventajas: me mimaban mucho, me compraban libros, me hacían regalos. Papá se pasaba horas leyendo junto a mi cama.
—Usted se ha referido a la soledad. El país del humo está dedicado a uno de los grandes solitarios de Buenos Aires, un solitario que ha muerto, Héctor Murena. Pero todos sus libros, éste más que ninguno, están poblados de solitarios, de marginados. Y, por si fuera poco, el último cuento de la serie se llama precisamente Un solitario.
—Necesito la soledad para pensar, para escribir. No se puede escribir rodeada de gente. Es cierto, no lo había notado, pero la unidad de este último libro está dada, entre otras cosas, por el hecho de que la mayoría de los personajes son solitarios o desterrados. El protagonista de Un solitario, casi ni es preciso que lo aclare, me fue inspirado por la figura de Murena. Es un hombre que lentamente se va hundiendo en la soledad, pero que necesita mantener un hilo de comunicación con los otros. Ese débil hilo lo encuentra primero en un restaurante, después en un café donde halla una camaradería viril con los parroquianos. Ese cuento lo leyó Murena antes de morir. No sé como pude dárselo a leer. Yo sabía que él estaba muy enfermo, él también lo sabía, pero yo me obstinaba en negarlo, en darle a leer esas páginas en las que refiriéndome a la soledad digo, por ejemplo: “Tocaba su muerte en aquel silencio”. A Murena le gustó mi cuento. Era casi una profecía. Un solitario termina con una frase que es el resumen del relato, pero también el anuncio de algo: “Algo estaba empezando”. Lo que iba a empezar, lo que iba a pasar fue la muerte de Murena.
—Pero su vida no es la de una solitaria.
—No, no lo es. Tengo cuatro chicos. Se ha producido un gran cambio en mí. Antes sólo lograba comunicarme con algunas personas, con las que más me interesaban, por ejemplo con Murena. Es como si antes hubiera contemplado la realidad a través de un vidrio que me permitía ver lo que pasaba detrás de él, pero que al mismo tiempo me separaba de la vida. Ahora es como si ese cristal se hubiera roto. En la adolescencia, y también en la juventud, vivía en un clima enrarecido. La soledad me gusta, pero también me da miedo. Porque la soledad puede terminar en la locura. Ser madre, ocuparse de los quehaceres de la casa, de la vida cotidiana, me vuelve al mundo de todos los días.
—Esa misma observación la hace Maurice Blanchot. Dice que el escritor se ve obligado a escribir un diario, o a ocuparse de cosas mínimas, para no perderse en el vértigo de la escritura, o quizás en el delirio.
—En mi caso ahora ya no hay peligro de que eso ocurra. Estoy trabajando en La Cumbre en una escuela para chicos que funciona en cuatro casas con varias chimeneas que llenan los edificios de humo, hasta el punto de que uno de mis hijos me preguntó el otro día: “Mamá, ¿El país del humo es el colegio, no?”. Pero por otra parte también escribo. Mi nuevo libro se va a llamar Las águilas. Estará integrado por retratos de artistas (de solitarios, otra vez). Las águilas son esos seres de fantasía, maravillosos, que pintan, escriben, componen, pero que para vivir deben trabajar en redacciones, encontrarse entre sí una hora al mediodía, entre dos horarios de diarios. En ese lapso hablan de temas espléndidos, con imaginación, inteligencia; pero nuevamente deben salir a la calle para encerrarse en las oficinas. Las águilas, como se ve, es un título irónico, un poco cruel. Las águilas se ven reducidas a eso.
Y mira de nuevo hacia la ventana, después hacia la máquina de escribir, porque probablemente deba redactar un artículo para una revista, o una charla. En verdad, las águilas también conceden entrevistas, pero las delata el súbito fulgor de los ojos, o el aura de soledad orgullosa con que las envuelve la noche.

martes, diciembre 28, 2010

Un amigo en las Ciudades

Para Nico
Nunca me había sentado en un banco del Parque Lezama a la tardecita a ver la gente pasar, a charlotear con los pies subidos al verde, a acariciar a los perros paseanderos, a descansar por unas horas del dolor que me da vivir y hacerme la ilusión de que pertenezco. Y a respirar bajo el calor de la primavera que se acaba palmeras, patas de buey, tipas, palos borrachos, jacarandás, ombús, ceibos, que dan sombra a los que juegan al ajedrez o al backgammon tejiendo sus recuerdos futuros, mirándose a los ojos confiados al cariño mutuo como yo ahora te miro a ti mientras cuentas tu comienzo de vida en Buenos Aires, tus ansias de tenerla entre los brazos a la Maru, los vestidos que miramos para ella, las calles hasta aquí desde Plaza de Mayo que buscas en la Guía T.
Desde una mesa al lado de las ventanas que dan a la calle Brasil en el Británico, miro en escorzo Mi Espejo y veo reflejada por detrás tu cabeza. Pienso. Cierro los ojos. Se me despedaza por dentro el párpado. Rezo. Desde una mesa del Británico, en el lado que da a la calle Brasil, que pudiera ver reflejada por detrás su cabeza en el Espejo.
Una ciudad y una vida son menos escupidoras, más amables, en la Ciudad con un amigo al que llevar a la Giralda y garabatear una servilleta con lo que quedó de ristretto en la punta de la cucharilla mientras él negocia sus horas de amor. Una ciudad y una esperanza de no odiarme son posibles en las Ciudades con un amigo que en moto nos cruza los puentes o nos lleva al Parque Sarmiento por la noche a ver las luces desparramadas de Córdoba mientras tras los árboles la cumbia es el verano de los otros y yo me siento más sola aunque esté más arropada sabiendo que para alguien esta vista será marco, recuadro y luz de noche trascendente y para mí es trascendentalmente un respiro dentro de la noche de mi mal. Con un amigo que me trepa por la cintura a la rama de un algarrobo es más fácil la Ciudad y es más fácil estar viva, a pesar de mi corazón maldecido a punto de estallar, es más apacible y menos sangre removida buscar en el fondo de la Cañada el agua cordobesa, caminar Corrientes abajo hasta el Luna Park, con sandalias y el mundo de dos días en el bolso, hacer la cola para Dolina. Y yo, que soy capaz de toda la maledicencia contra el mundo y de toda la piedad sobre el mundo, mientras me pides cuchilla en mano que te arregle la barbilla, vislumbro, al fondo de mi alma, algo que debo haber hecho bien en la vida para ganarme este afecto. Así, otras Ciudades me esperan allá abajo, gracias a ti que me prestas lo que te sobra de las ganas de estrenarte el mundo como sombrero de gala. Así, me doy tregua porque no tengo que caminarme Sola las ciudades, porque voy contigo.

domingo, diciembre 26, 2010

El cielo austral

Es todo terreno la aflicción: se sube a los aviones, se embarca hacia los mares, se trepa los escalones de los bondis y de los museos. Es derrotable, la aflicción: sólo hay que dejarle espacio al mundo, sola la mente sola se solaza y se consuela y se conmueve, se sienta en el peldaño de piedra hacia la luna llena, se gira hacia un Orión alto que aún no se inclinó sobre la montaña, se transmuta al encontrarse consigo misma en esa misma montaña, se santifica ahuecada por el amor de los otros. Este lugar, despojado de su carga, despojado de mi extravío, es otro lugar, bendecido por Betelgeuse y esta semana de luna llena sobre el camino, y ahora me puedo querer unos centímetros, y aquí sueño que dibujo un monstruo de la Vega y le pinto trazos verdes a las patas y hay un hombre que se sonríe al ver mi bicho y me quiere, cara al sol. Y al despertar y ver el techo inclinado de madera me agradezco el haber venido a reconciliarme conmigo misma, a terminar de destruir aquella yo enfermada que fui, a intoxicarme de perdón, a dejarme el pastel de mi mundo entero para mí. Pero es todo terreno la aflicción, y tiene colmillos, y me quiere mal. Tengo que mandar a Orión a que le persiga las Pléyades.

miércoles, diciembre 22, 2010

Macedonio

Desde que ella latió en mi luz todo hombre me parece una maquinita de vivir, un algo, esto, aquello, alguna cosa.
¡Y seré yo, hombre sin camino, quien rehaga tu luz y te haga otra la vida!

lunes, diciembre 20, 2010

El tormento está donde está el siempre

A veces entro dentro, traspaso un umbral y allí chapoteo en la ciénaga. Nunca sé ahí dentro qué es cierto y qué no lo es, qué cosas me imagino y que cosas son sin que las imagine, pero claras y distintas me leo las verdades que me dicto por dentro y es así y la ciénaga es no saber si es así o no es así o si sólo de mi alienación nace mi inteligencia. Me dejo hundir. Me da una única salida de matarme, al ver en perspectiva la vida así, deteriorada, el brillante torbellino de mis pasos de baile públicos, el andar incansable solitario de mi baile privado. Me entrego mi tristeza, hecha un bollo de la mano a la otra mano, como un escorpión dentro de un papelito, y entonces en cualquier lugar o el metro un dolor me sube y no me conmueve porque me asesina, desde el ojo hasta la gana, y todos los fangos son míos y no quiero a nadie. Mi vida me vomita su vida encima, y yo que me entrego a todos los volcanes me hago cueva en mi propia cueva. Yo no pertenezco, ni cronología tengo, toda la muñeca escacharrada llevo de atarme a esa forma de ser todas mis nadas o cualquier nada que no sea mía, me agoto el recurso, me avergüenzo de todas mis cosas, y de pronto me crece la rabia de lo feo que pasó, y de pronto me vuelve al hambre de ocupar espacio, y de pronto matadme, porque soy incapaz incapaz de tener por país un lugar que no esté debajo de una mesa.

domingo, diciembre 19, 2010

Me quedaré entre el sol y mi corazón

Son las once de la mañana y es domingo y en el Botánico hay gente que camina agarrada a su botellita de agua como sujetando la seguridad de poder ser y esa falta absoluta de confianza en la bondad de los otros y esa falta de hambre por lo inesperado, les reverbera el sol en el plástico en castigo. Dos muchachos toman mate en el banco de mi lado y daría mis vaqueros rotos por un convite. Dos señoras hablan de que el escalope les sale grasoso y en cambio la milanesa y la suprema. El tráfico de Plaza Italia le compite a los pájaros el ruido. La acacia holandesa se hace un verde muy parecido al verde provocado que vi anoche en el césped Thames y Paraguay. Hay un gato que camina confianzudo las vereditas y me mira directo a los ojos, pecho blanco, atigrado el lomo, ojos verdes como el trigo verde. Me voy de paseo y me siento en el suelo en la intersección de los caminos cerrados; me viene a ver de nuevo el mismo gato aunque pasa aparentemente indiferente por mi vera. Me tumbo al sol en un banco delante de la Pureza, frente a Las Heras, sueño tanto que soy linyera que lo soy en un banco al sol y despierto no pudiendo ser ni linyera ni nada, sólo una muchacha muy ensuciada y mal dormida que tiene que acicalarse para ir a almorzar rodeada de tapices tailandeses y estatuillas japonesas.

sábado, diciembre 18, 2010

El espejo del Británico

En cuántos espejos te busqué
espejo único del Británico
al que un barco nunca me acercó,
en el que las luces apagadas de ese barco
nunca me dolieron la mirada
ni el amor.

Primavera porteña

Alguna vez recordé una noche todavía sin verano pero con el calor en las plantas y las veredas de la Recoleta, los niños que vendían flores a las tres de la mañana, diciembre y Buenos Aires y un nosotros en el que tú aún estabas y me mostrabas la ciudad que te mordía y que odiabas. Alguna vez recordé una tarde de San Telmo con las orquestas típicas del día del tango, otra de Costanera en que bailamos o nos quisimos de la mano, al amor de mirarse, diciembre en Buenos Aires cuando nosotros mismos éramos niños y crecían salvajes las hojas de ese árbol gigante al lado del cartel Vicente López.
Cuántas veces olvidé nosotros una noche o mi primer jacarandá, mi primera alameda de ladrillo machacado, mi primera Avenida Alcorta, mi primer 60, nuestros nosotros estrenados bajo la Cruz del Sur. Es ahora en la ciudad desalojada de aquellos nosotros en la que se me lavan los recuerdos de sus olvidos y veo, limpísimo, seis años después, diciembre en Buenos Aires.

viernes, diciembre 17, 2010

Cómo no medirme en ti, ciudad, si soy tu espejo

Buenos Aires es el mundo. Donde él una noche me dice Madrid intoxicado, donde el sol me aplasta con cariño. Esta ciudad la sangré, lo recuerdo en Defensa y Alsina, cuando la casa de la esquina la encuentro remozada, encalada y balconeada. Pescaditos que se trenzan ahí en mis ojos o en mi boca en la parte del amargor y ya no hay remedio. Venir es remover y ponerme ante un espejo que no es el espejo picado de mosquitas de Madrid, aquí me mido sola en los anillos que lleva la gente en los dedos, aquí me mido al bajarme en el Bajo del 152 antes de tiempo para cruzar Plaza de Mayo en el anochecer y dejarme arrastrar por una ola aquí fui, donde le cuento a Buenos Aires los cambios en las rejas de Casa Rosada cambiadas de sitio, en las calles de Montserrat frontera con San Telmo lavoteadas en sus lo que que ve la suegra. Buenos Aires soy yo, la ciudad que sangré de calle a bondi y que bendije con mi amor irresoluble, donde me mido mi yo apuntalado frente al Congreso o en las seis cuadras Villa Luro del Sarmiento a los mates del Negro Docampo. Y mi memoria se abre florcita a los nombres de las paralelas y las perpendiculares, a los números de los colectivos, a las cafeterías en las que me pido lágrimas en jarrito y me recogen  al amor de sus vapores café tras sus ventanales de esa promesa que me hace la ciudad de que si vuelvo. Buenos Aires es mi mundo recogido, mi vocabulario, las garrapiñadas en la puerta del San Martín, los rincones recuerdo. Cómo no medirme en ti, ciudad, si soy tu espejo.

domingo, diciembre 12, 2010

Clarice Lispector por María Esther Gilio

Las escolas de samba de Salgueiro y Portela, con toda la voz que tienen, más la que les suman los amplificadores, rivalizan desde dos disquerías separadas por veinte metros de asfalto cubiertos totalmente de VW. Un heladero grita “Kibon” batucando sobre la madera del carrito. “Kibon que é, foi e será bon”, y los termómetros marcan 36°, pero, ¿a quién le importa? Es domingo y el mar está allí nomás, verde y fresco. Andadas de muchachas sin zapatos y casi ninguna otra cosa saltan entre los autos, en camino hacia el agua. Mientras espera la luz verde una pareja se besa como si estuviera en el preludio de lo que las leyes púdicamente llaman la “conjunción carnal”. Con el verde que se enciende se apaga el beso. Toda la pasión se concentra en el acelerador y el auto arranca chillando. El aire está lleno de gritos de niños, romper de olas, ruido de motores, voces de pájaros, bocinas y ritmos de zambas. Con el carnaval que viene llegando las músicas recién nacidas invaden las calles de Río. “Vou morar no infinito, vou virar constelaçao”, repite una y otra vez entre dientes el taximetrista que me lleva. “Está realmente con ganas de volverse constelación”, le digo. Me mira riendo con su cara canela y brillante. “Me gustaría, allá nadie trabaja”, dice y se vuelve tamborileando con los dedos sobre el volante. “ ¿Usted busca el 300? Es aquí”.
Un edificio de color ceniciento, impersonal y antiguo. No era la casa colonial, rodeada de palmeras y cubierta de enredaderas que había, no sé por qué, imaginado. Atravesé corredores silenciosos y brillantes de cera, iluminados por una luz artificial, amarillenta y escasa. De la vitalidad agresiva de afuera no llegaba hasta allí más que una masa indiscernible de sonidos apagados. Clarice misma me abrió la puerta y me hizo pasar. La melancolía de los corredores se prolongaba adentro a pesar de la ventana grande, pero cerrada sobre la calle ruidosa. Todo hacía pensar en un pasado brillante y amado que no se deseaba olvidar. Los viejos sillones de estilo, las mesas y mesitas de madera labrada, los dibujos, las esculturas, los cofres y cajas de bronce o porcelana. Y ese color que da a las cosas el mucho tiempo y el cariño. Si no hubiera sido por los chillidos de los pájaros y la gran mancha de luz filtrándose a través de persianas y cortinas habría pensado en el living de una casa del norte de Europa, inolora y melancólica. Me senté en un sillón, preparé mis cosas y esperé que ella se sentara a su vez. Pero ella daba vueltas tras un perro viejo y consentido al que hablaba con tono pausado, monocorde y un poco ausente. Pensé que parecía muy cansada y desde hacía mucho tiempo. Finalmente se sentó y me miró con unos ojos grandes y fijos. Los mismos que reproducían varios retratos suyos colgados entre paisajes y naturalezas muertas. Las técnicas y la edad de las modelos variaban, pero los ojos enormes y fijos eran siempre los mismos. Tenían ya, hasta en sus días más lejanos, ese aire desdichado que hoy se mezclaba con el del tedio. Desde antes de empezar sabía que no hablaría fácilmente. Y así fue. Durante una larga media hora hilvanamos frases divagantes sobre Río, el calor, el carnaval, el perro, los perros. Buenos Aires, el frío y otra vez el perro; un fox terrier muy astuto que se complacía en manejarla. Una y otra vez volvía a mi memoria la historia de Eloy Martínez sobre los periodistas que luego de pasar dos horas con ella, llegaban a su mesa con una cinta donde sólo se escuchaba el sonido de sus propias voces. La primera pregunta, entonces, debía ser construida de manera tal que si ella no daba con la respuesta adecuada quedara entrampada, en mis manos.
—Su fama en Buenos Aires parece no coincidir con usted misma.
—¿Por qué? —dijo fijando en mí sus ojos castaños.
—Bueno, se dice que usted es evasiva, difícil, que no habla. A mí no me parece así—dije y esperé un bendito “No soy así, no, por supuesto, no soy así”.
—Evidentemente tenían razón.
—¿Entonces?
—¿Usted conoce mis libros? Todo está allí.
—Sus libros me han dejado llena de interrogantes.
—Seguramente yo no podré aclarárselos.
—Bueno, habrá algunos que sí podrá, cuándo empezó a escribir, por ejemplo. Me miró sonriendo.
—Esa pregunta no puede haberle surgido de la lectura de mis libros.
—No, en realidad, era una manera de entrar en materia.
—Encontraría la respuesta en cualquier biografía mía. Empecé a escribir a los 7 años.
—Me pregunto sobre qué escribía una niña de esa edad. ¿Hadas, brujas, piratas?
—No, no. Eran cuentos sin hadas, sin piratas. Y por eso ninguna revista quería publicarlos. Yo los enviaba, pero no los publicaban. Porque no se referían a hechos sino a sentimientos. Ellos no quería eso, querían historias donde ocurrieran cosas.
—¿Sentimientos? Pensando en la edad que tenía me cuesta imaginarlo. Deme un ejemplo.
—No, no puedo, no me acuerdo. A los nueve años escribí una pieza de teatro, pero sentí un gran pudor y la escondí.
—¿Cuál era el tema?
—El amor... Tuve vergüenza.
—Usted es rusa.
—Nací en Ucrania, llegué a Brasil cuando tenía dos meses.
—Estaba pensando en su acento, en las erres. Son muy extrañas. ¿Le viene del ruso? Aunque parecen francesas.
—Simplemente tengo frenillo. Podría solucionarlo con una operación bastante simple, peor tengo miedo. Por otra parte mis erres no me molestan; vivo con ellas desde que nací.
—Sus erres me parece que dan origen a algunas de las leyendas que la gente teje en torno suyo.
—Sí, muchos lectores me escriben preguntando si soy rusa o brasileña. Soy brasileña, claro, sólo que no nací en Brasil. Mi infancia transcurrió en Recife. 
—Es muy brasileña, entonces, es nordestina.
—Sí, eso es. Es muy importante para mí haberme criado en Recife. 
—¿En qué sentido?
—El nordeste es más profundamente brasileño que el sur: Río o San Pablo. Está más ajeno a influencias extranjeras —dijo, y volvió a fijar sus ojos en mí, aunque no como las otras veces, sino mirándome realmente.
—Le gusta pensar en Recife.
—Sí, de allí son mis canciones predilectas, las canciones que más amo.
—En una entrevista que le hicieron aquí, en Brasil...
—¿Una entrevista? Son tan escasas, casi no existen.
—Se trata de una especie de entrevista que prologa una selección de textos suyos.
—Sí, ya sé a qué se refiere —dijo y se levantó. A los pocos minutos me alcanzaba un libro. Allí, en un trabajo que Renato Carneiro Gómez denominaba Texto-Montaje, Clarice respondía a varias preguntas, al correr de la máquina. “Aquí tiene —dijo señalándome un párrafo— mi actitud frente a las entrevistas”. El párrafo era casi un acápite del trabajo. Decía: “No me gusta dar entrevistas; las respuestas me constringen, me cuesta responder y, todavía, sé que el entrevistador va a deformar fatalmente mis palabras”.
—Sí, eso ya lo sé ahora por experiencia. Las entrevistas no le gustan... pero yo querría hablarle de esta pregunta que le hace Carneiro aquí: “La gente nace para alguna cosa de la cual vamos tomando conciencia a medida que transcurre nuestra existencia. ¿Para qué naciste, Clarice? Usted responde largamente. Sintetizando, dice que nació para tres cosas: amar a los otros, escribir y criar a sus hijos. Recordaba esta respuesta suya y lo que quería preguntarle ahora es si considera que se relaciona bien con los demás.
—Más o menos. ¿Por qué?
—Pensaba cómo se conciliaría esa vocación suya de amar y “recibir algunas veces un poco de amor en cambio” y su reticencia en los contactos personales, por lo menos conmigo ahora y con otros periodistas otras veces. 
—Soy tímida, muy reservada.
—Y muy ajena al mundo que la rodea, ¿o no? Usted me mira fijamente cada vez que le hablo pero yo siempre pienso que no me ve, que más bien está asomada sobre sí misma.
—Puede ser. Pero no estoy ajena al mundo que me rodea. Llévese este libro, en él va a encontrar esa respuesta y otras.
Tomo el trabajo de Carneiro en el libro: “Soy una persona muy ocupada: cuido del mundo. Lúcidamente apenas hablo de las miles de cosas y personas de quienes cuido. Pero no se trata de un empleo, pues dinero no gano con eso. Quedo apenas sabiendo cómo es el mundo”. Y luego: “Es que yo nací así, incumbida. Y soy responsable por todo lo que existe, incluso por las guerras y por los crímenes de leso cuerpo y de lesa alma. Incluso soy responsable por el Dios que está en constante cósmica evolución para mejor”.
—Al leerla me he preguntado, muchas veces, si cuando escribía pensaba en sus lectores posibles.
—Cuando escribo no atiendo a los lectores ni a mí.
—No pretende, en definitiva, comunicarse con alguien concreto.
—No, sólo atiendo a lo que escribo.
—¿Y cuando la obra está terminada?
—Cuando está terminada y publicada entonces sí pienso en el lector. 
—Piensa en su relación con el lector.
—Aunque la obra ya no me parece mía. Aunque la siento separada, ajena.
—Tal vez por eso justamente puede pensar en esa relación. ¿Y cuál es en general su conclusión, considera que se comunicó con el lector?
—Creo que hay comunicación, que me comuniqué.
—Sin embargo una parte de su obra es bastante impenetrable, zonas de su obra. No los cuentos, en los cuentos usted es muy clara y tiene un gran poder de comunicación. Las zonas oscuras pertenecen fundamentalmente a las novelas. Por lo menos yo lo siento así.
—Sé que algunas veces exijo mucha cooperación del lector, sé que soy hermética. No querría, pero no tengo otra manera. Del trabajo de Carneiro: “Muchas veces tomo un aire involuntariamente hermético que me parece bien idiota en los otros. ¿Después que la obra está escrita podría fríamente tornarla menos hermética, más explicativa? Pero es que respeto cierto tono peculiar al misterio de la creación no sustituible (ese misterio) por claridad alguna?
—Vuelvo, entonces, a su necesidad o vocación de dar amor... Su lejanía, su natural misterio dificultan seguramente esa posibilidad. La mayor parte de lo que escribe es para élites, ¿no cree?
—Ya no. Durante mucho tiempo escribí para pocas personas. Ultimamente soy cada vez más popular. Creo que estoy de moda. Hay gente que me imita.
—¿Mujeres?
—¿Por qué mujeres?
—Su literatura es esencialmente femenina. Pensaba que sobre todo las mujeres se sentirían inclinadas a imitarla.
—Usted cree que mis libros no podría haberlos escrito un hombre.
—Como los de Emily Bronte o Carson McCullers o Katherine Mansfield.
—Yo también creo eso, pero no me imitan solamente las mujeres, sino escritores jóvenes en general dijo, y quedó un momento callada acariciando al perro. Y finalmente: “Ellos toman todos mis defectos”.
—¿Cuáles son sus defectos?
—Manierismos que me limitan y los limitan sin necesidad para ellos.
—¿Cuáles por ejemplo?
—Nooo.
—¿Por pereza? 
—Soy muy perezosa —dijo sonriendo apenas.
—Al leer sus novelas a veces siento que usted vive a través de ellas fantasías que le son muy entrañables. Experimento cierto pudor por la impresión de estarla espiando por una cerradura. 
Sin mirarme asintió con la cabeza. Insistí.
—¿Está de acuerdo? Fijó los ojos en mí y volvió a asentir con la cabeza.
—¿Está de acuerdo?
—En la primera parte que dijo estoy de acuerdo. En cuanto a la segunda...
—Hay cosas en sus libros de las que me gustaría hablar con usted. Cosas que usted dice de algún personaje femenino. Mire aquí en Manzana en lo oscuro. Escúcheme, página 119: “Lo que no quería decir que no fuera dueña de sí. Pero, como si ignorase imparcialmente la importancia del acontecimiento, tenía tiempo para tomar varias actitudes que parecían quitar esa importancia: arreglaba sus cabellos, como si su peinado fuera indispensable, hacía una boca pequeña y unos ojos grandes como en el dibujo de una mujer inocente y amada, recreando con mucha emoción amores célebres. Mientras tanto, por dentro, desfallecí perpleja. Es que sabía que estaba arriesgando mucho más de lo que superficialmente parecía: estaba jugando con lo que sería más tarde un pasado para siempre”. Dígame algo más de esto que dice aquí. 
Dijo “Yo no hablo”, con un aire tan desvalido, que me vinieron ganas de reírme.
—Dios mío, qué mezcla de cosas. Ahora parece una niña. Está bien.
—No sé criticar mis cosas. No soy autocrítica. No sé explicar.
—¿Se resiste?
—No me interesa. Un libro después de hecho, no me interesa. Estoy cansada de él.
—Como si no lo quisiera, como si no le importara perderlo.
—Una vez hecho ya no es más mío. No puedo perder lo que no me pertenece. Guardo en la memoria recuerdos: algunos recuerdos de mis sentimientos mientras lo escribía —dijo, y llamó al perro que giraba en torno a mi sillón y me olfateaba. Pero el perro era sordo a sus llamados y se escurría cuando ella extendía una mano para arrastrarlo a su lado. Esperé que llegaran a un acuerdo. Este se produjo finalmente cuando el perro se desinteresó de mí y, eludiendo la mano que intentaba apresarlo, volvió con ella voluntariamente.
—Me gustaría verla escribir. Me miró sorprendida pero no dijo nada.
—Quiero decir que me gustaría ver cómo va hilvanando tantas y tantas cosas. Se tiene la impresión de que las ideas no tuvieran ningún proceso de elaboración, de que le llegaran a la cabeza como un río.
—Cuando estoy trabajando escribo de mañana; de tarde tomo notas. De las ideas que se me van ocurriendo. Me viene una idea y la apunto. Al otro día la traspongo al libro. Pero, por supuesto, la mayoría a medida que escribo. Escribir, para mí es una manera de entender. Escribiendo comprendo. A veces tengo la sensación de que escribo por simple curiosidad intensa. Es que, al escribir yo me doy las más inesperadas sorpresas. Es en la hora de escribir que muchas veces me vuelvo consciente de cosas que no sabía que sabía.
—Daniel Moyano me dijo en una entrevista una cosa parecida: “Empecé a escribir para entender esa ciudad monstruosa que era para mí Córdoba” —le dije. Y esperé su respuesta complaciente: “¡Ah sí, a mí me ocurre lo mismo!” Pero ella no dijo nada. Ni siquiera sé si me oyó. Se puso de pie y dijo:
—Tal vez vaya a Buenos Aires este invierno. No olvide llevar el libro que le dí. Allí encontrará el material para su nota.
Muy alta, con el pelo y los ojos castaños, en mi recuerdo llevaba un vestido largo de seda marrón. Pero tal vez me equivoco. Cuando salíamos me detuve junto a un retrato al óleo de su rostro.
—De Chirico —dijo antes de que le preguntara. Y luego, junto al ascensor: “Discúlpeme, no me gusta hablar”.