domingo, diciembre 12, 2010

Clarice Lispector por María Esther Gilio

Las escolas de samba de Salgueiro y Portela, con toda la voz que tienen, más la que les suman los amplificadores, rivalizan desde dos disquerías separadas por veinte metros de asfalto cubiertos totalmente de VW. Un heladero grita “Kibon” batucando sobre la madera del carrito. “Kibon que é, foi e será bon”, y los termómetros marcan 36°, pero, ¿a quién le importa? Es domingo y el mar está allí nomás, verde y fresco. Andadas de muchachas sin zapatos y casi ninguna otra cosa saltan entre los autos, en camino hacia el agua. Mientras espera la luz verde una pareja se besa como si estuviera en el preludio de lo que las leyes púdicamente llaman la “conjunción carnal”. Con el verde que se enciende se apaga el beso. Toda la pasión se concentra en el acelerador y el auto arranca chillando. El aire está lleno de gritos de niños, romper de olas, ruido de motores, voces de pájaros, bocinas y ritmos de zambas. Con el carnaval que viene llegando las músicas recién nacidas invaden las calles de Río. “Vou morar no infinito, vou virar constelaçao”, repite una y otra vez entre dientes el taximetrista que me lleva. “Está realmente con ganas de volverse constelación”, le digo. Me mira riendo con su cara canela y brillante. “Me gustaría, allá nadie trabaja”, dice y se vuelve tamborileando con los dedos sobre el volante. “ ¿Usted busca el 300? Es aquí”.
Un edificio de color ceniciento, impersonal y antiguo. No era la casa colonial, rodeada de palmeras y cubierta de enredaderas que había, no sé por qué, imaginado. Atravesé corredores silenciosos y brillantes de cera, iluminados por una luz artificial, amarillenta y escasa. De la vitalidad agresiva de afuera no llegaba hasta allí más que una masa indiscernible de sonidos apagados. Clarice misma me abrió la puerta y me hizo pasar. La melancolía de los corredores se prolongaba adentro a pesar de la ventana grande, pero cerrada sobre la calle ruidosa. Todo hacía pensar en un pasado brillante y amado que no se deseaba olvidar. Los viejos sillones de estilo, las mesas y mesitas de madera labrada, los dibujos, las esculturas, los cofres y cajas de bronce o porcelana. Y ese color que da a las cosas el mucho tiempo y el cariño. Si no hubiera sido por los chillidos de los pájaros y la gran mancha de luz filtrándose a través de persianas y cortinas habría pensado en el living de una casa del norte de Europa, inolora y melancólica. Me senté en un sillón, preparé mis cosas y esperé que ella se sentara a su vez. Pero ella daba vueltas tras un perro viejo y consentido al que hablaba con tono pausado, monocorde y un poco ausente. Pensé que parecía muy cansada y desde hacía mucho tiempo. Finalmente se sentó y me miró con unos ojos grandes y fijos. Los mismos que reproducían varios retratos suyos colgados entre paisajes y naturalezas muertas. Las técnicas y la edad de las modelos variaban, pero los ojos enormes y fijos eran siempre los mismos. Tenían ya, hasta en sus días más lejanos, ese aire desdichado que hoy se mezclaba con el del tedio. Desde antes de empezar sabía que no hablaría fácilmente. Y así fue. Durante una larga media hora hilvanamos frases divagantes sobre Río, el calor, el carnaval, el perro, los perros. Buenos Aires, el frío y otra vez el perro; un fox terrier muy astuto que se complacía en manejarla. Una y otra vez volvía a mi memoria la historia de Eloy Martínez sobre los periodistas que luego de pasar dos horas con ella, llegaban a su mesa con una cinta donde sólo se escuchaba el sonido de sus propias voces. La primera pregunta, entonces, debía ser construida de manera tal que si ella no daba con la respuesta adecuada quedara entrampada, en mis manos.
—Su fama en Buenos Aires parece no coincidir con usted misma.
—¿Por qué? —dijo fijando en mí sus ojos castaños.
—Bueno, se dice que usted es evasiva, difícil, que no habla. A mí no me parece así—dije y esperé un bendito “No soy así, no, por supuesto, no soy así”.
—Evidentemente tenían razón.
—¿Entonces?
—¿Usted conoce mis libros? Todo está allí.
—Sus libros me han dejado llena de interrogantes.
—Seguramente yo no podré aclarárselos.
—Bueno, habrá algunos que sí podrá, cuándo empezó a escribir, por ejemplo. Me miró sonriendo.
—Esa pregunta no puede haberle surgido de la lectura de mis libros.
—No, en realidad, era una manera de entrar en materia.
—Encontraría la respuesta en cualquier biografía mía. Empecé a escribir a los 7 años.
—Me pregunto sobre qué escribía una niña de esa edad. ¿Hadas, brujas, piratas?
—No, no. Eran cuentos sin hadas, sin piratas. Y por eso ninguna revista quería publicarlos. Yo los enviaba, pero no los publicaban. Porque no se referían a hechos sino a sentimientos. Ellos no quería eso, querían historias donde ocurrieran cosas.
—¿Sentimientos? Pensando en la edad que tenía me cuesta imaginarlo. Deme un ejemplo.
—No, no puedo, no me acuerdo. A los nueve años escribí una pieza de teatro, pero sentí un gran pudor y la escondí.
—¿Cuál era el tema?
—El amor... Tuve vergüenza.
—Usted es rusa.
—Nací en Ucrania, llegué a Brasil cuando tenía dos meses.
—Estaba pensando en su acento, en las erres. Son muy extrañas. ¿Le viene del ruso? Aunque parecen francesas.
—Simplemente tengo frenillo. Podría solucionarlo con una operación bastante simple, peor tengo miedo. Por otra parte mis erres no me molestan; vivo con ellas desde que nací.
—Sus erres me parece que dan origen a algunas de las leyendas que la gente teje en torno suyo.
—Sí, muchos lectores me escriben preguntando si soy rusa o brasileña. Soy brasileña, claro, sólo que no nací en Brasil. Mi infancia transcurrió en Recife. 
—Es muy brasileña, entonces, es nordestina.
—Sí, eso es. Es muy importante para mí haberme criado en Recife. 
—¿En qué sentido?
—El nordeste es más profundamente brasileño que el sur: Río o San Pablo. Está más ajeno a influencias extranjeras —dijo, y volvió a fijar sus ojos en mí, aunque no como las otras veces, sino mirándome realmente.
—Le gusta pensar en Recife.
—Sí, de allí son mis canciones predilectas, las canciones que más amo.
—En una entrevista que le hicieron aquí, en Brasil...
—¿Una entrevista? Son tan escasas, casi no existen.
—Se trata de una especie de entrevista que prologa una selección de textos suyos.
—Sí, ya sé a qué se refiere —dijo y se levantó. A los pocos minutos me alcanzaba un libro. Allí, en un trabajo que Renato Carneiro Gómez denominaba Texto-Montaje, Clarice respondía a varias preguntas, al correr de la máquina. “Aquí tiene —dijo señalándome un párrafo— mi actitud frente a las entrevistas”. El párrafo era casi un acápite del trabajo. Decía: “No me gusta dar entrevistas; las respuestas me constringen, me cuesta responder y, todavía, sé que el entrevistador va a deformar fatalmente mis palabras”.
—Sí, eso ya lo sé ahora por experiencia. Las entrevistas no le gustan... pero yo querría hablarle de esta pregunta que le hace Carneiro aquí: “La gente nace para alguna cosa de la cual vamos tomando conciencia a medida que transcurre nuestra existencia. ¿Para qué naciste, Clarice? Usted responde largamente. Sintetizando, dice que nació para tres cosas: amar a los otros, escribir y criar a sus hijos. Recordaba esta respuesta suya y lo que quería preguntarle ahora es si considera que se relaciona bien con los demás.
—Más o menos. ¿Por qué?
—Pensaba cómo se conciliaría esa vocación suya de amar y “recibir algunas veces un poco de amor en cambio” y su reticencia en los contactos personales, por lo menos conmigo ahora y con otros periodistas otras veces. 
—Soy tímida, muy reservada.
—Y muy ajena al mundo que la rodea, ¿o no? Usted me mira fijamente cada vez que le hablo pero yo siempre pienso que no me ve, que más bien está asomada sobre sí misma.
—Puede ser. Pero no estoy ajena al mundo que me rodea. Llévese este libro, en él va a encontrar esa respuesta y otras.
Tomo el trabajo de Carneiro en el libro: “Soy una persona muy ocupada: cuido del mundo. Lúcidamente apenas hablo de las miles de cosas y personas de quienes cuido. Pero no se trata de un empleo, pues dinero no gano con eso. Quedo apenas sabiendo cómo es el mundo”. Y luego: “Es que yo nací así, incumbida. Y soy responsable por todo lo que existe, incluso por las guerras y por los crímenes de leso cuerpo y de lesa alma. Incluso soy responsable por el Dios que está en constante cósmica evolución para mejor”.
—Al leerla me he preguntado, muchas veces, si cuando escribía pensaba en sus lectores posibles.
—Cuando escribo no atiendo a los lectores ni a mí.
—No pretende, en definitiva, comunicarse con alguien concreto.
—No, sólo atiendo a lo que escribo.
—¿Y cuando la obra está terminada?
—Cuando está terminada y publicada entonces sí pienso en el lector. 
—Piensa en su relación con el lector.
—Aunque la obra ya no me parece mía. Aunque la siento separada, ajena.
—Tal vez por eso justamente puede pensar en esa relación. ¿Y cuál es en general su conclusión, considera que se comunicó con el lector?
—Creo que hay comunicación, que me comuniqué.
—Sin embargo una parte de su obra es bastante impenetrable, zonas de su obra. No los cuentos, en los cuentos usted es muy clara y tiene un gran poder de comunicación. Las zonas oscuras pertenecen fundamentalmente a las novelas. Por lo menos yo lo siento así.
—Sé que algunas veces exijo mucha cooperación del lector, sé que soy hermética. No querría, pero no tengo otra manera. Del trabajo de Carneiro: “Muchas veces tomo un aire involuntariamente hermético que me parece bien idiota en los otros. ¿Después que la obra está escrita podría fríamente tornarla menos hermética, más explicativa? Pero es que respeto cierto tono peculiar al misterio de la creación no sustituible (ese misterio) por claridad alguna?
—Vuelvo, entonces, a su necesidad o vocación de dar amor... Su lejanía, su natural misterio dificultan seguramente esa posibilidad. La mayor parte de lo que escribe es para élites, ¿no cree?
—Ya no. Durante mucho tiempo escribí para pocas personas. Ultimamente soy cada vez más popular. Creo que estoy de moda. Hay gente que me imita.
—¿Mujeres?
—¿Por qué mujeres?
—Su literatura es esencialmente femenina. Pensaba que sobre todo las mujeres se sentirían inclinadas a imitarla.
—Usted cree que mis libros no podría haberlos escrito un hombre.
—Como los de Emily Bronte o Carson McCullers o Katherine Mansfield.
—Yo también creo eso, pero no me imitan solamente las mujeres, sino escritores jóvenes en general dijo, y quedó un momento callada acariciando al perro. Y finalmente: “Ellos toman todos mis defectos”.
—¿Cuáles son sus defectos?
—Manierismos que me limitan y los limitan sin necesidad para ellos.
—¿Cuáles por ejemplo?
—Nooo.
—¿Por pereza? 
—Soy muy perezosa —dijo sonriendo apenas.
—Al leer sus novelas a veces siento que usted vive a través de ellas fantasías que le son muy entrañables. Experimento cierto pudor por la impresión de estarla espiando por una cerradura. 
Sin mirarme asintió con la cabeza. Insistí.
—¿Está de acuerdo? Fijó los ojos en mí y volvió a asentir con la cabeza.
—¿Está de acuerdo?
—En la primera parte que dijo estoy de acuerdo. En cuanto a la segunda...
—Hay cosas en sus libros de las que me gustaría hablar con usted. Cosas que usted dice de algún personaje femenino. Mire aquí en Manzana en lo oscuro. Escúcheme, página 119: “Lo que no quería decir que no fuera dueña de sí. Pero, como si ignorase imparcialmente la importancia del acontecimiento, tenía tiempo para tomar varias actitudes que parecían quitar esa importancia: arreglaba sus cabellos, como si su peinado fuera indispensable, hacía una boca pequeña y unos ojos grandes como en el dibujo de una mujer inocente y amada, recreando con mucha emoción amores célebres. Mientras tanto, por dentro, desfallecí perpleja. Es que sabía que estaba arriesgando mucho más de lo que superficialmente parecía: estaba jugando con lo que sería más tarde un pasado para siempre”. Dígame algo más de esto que dice aquí. 
Dijo “Yo no hablo”, con un aire tan desvalido, que me vinieron ganas de reírme.
—Dios mío, qué mezcla de cosas. Ahora parece una niña. Está bien.
—No sé criticar mis cosas. No soy autocrítica. No sé explicar.
—¿Se resiste?
—No me interesa. Un libro después de hecho, no me interesa. Estoy cansada de él.
—Como si no lo quisiera, como si no le importara perderlo.
—Una vez hecho ya no es más mío. No puedo perder lo que no me pertenece. Guardo en la memoria recuerdos: algunos recuerdos de mis sentimientos mientras lo escribía —dijo, y llamó al perro que giraba en torno a mi sillón y me olfateaba. Pero el perro era sordo a sus llamados y se escurría cuando ella extendía una mano para arrastrarlo a su lado. Esperé que llegaran a un acuerdo. Este se produjo finalmente cuando el perro se desinteresó de mí y, eludiendo la mano que intentaba apresarlo, volvió con ella voluntariamente.
—Me gustaría verla escribir. Me miró sorprendida pero no dijo nada.
—Quiero decir que me gustaría ver cómo va hilvanando tantas y tantas cosas. Se tiene la impresión de que las ideas no tuvieran ningún proceso de elaboración, de que le llegaran a la cabeza como un río.
—Cuando estoy trabajando escribo de mañana; de tarde tomo notas. De las ideas que se me van ocurriendo. Me viene una idea y la apunto. Al otro día la traspongo al libro. Pero, por supuesto, la mayoría a medida que escribo. Escribir, para mí es una manera de entender. Escribiendo comprendo. A veces tengo la sensación de que escribo por simple curiosidad intensa. Es que, al escribir yo me doy las más inesperadas sorpresas. Es en la hora de escribir que muchas veces me vuelvo consciente de cosas que no sabía que sabía.
—Daniel Moyano me dijo en una entrevista una cosa parecida: “Empecé a escribir para entender esa ciudad monstruosa que era para mí Córdoba” —le dije. Y esperé su respuesta complaciente: “¡Ah sí, a mí me ocurre lo mismo!” Pero ella no dijo nada. Ni siquiera sé si me oyó. Se puso de pie y dijo:
—Tal vez vaya a Buenos Aires este invierno. No olvide llevar el libro que le dí. Allí encontrará el material para su nota.
Muy alta, con el pelo y los ojos castaños, en mi recuerdo llevaba un vestido largo de seda marrón. Pero tal vez me equivoco. Cuando salíamos me detuve junto a un retrato al óleo de su rostro.
—De Chirico —dijo antes de que le preguntara. Y luego, junto al ascensor: “Discúlpeme, no me gusta hablar”.

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