lunes, diciembre 20, 2010

El tormento está donde está el siempre

A veces entro dentro, traspaso un umbral y allí chapoteo en la ciénaga. Nunca sé ahí dentro qué es cierto y qué no lo es, qué cosas me imagino y que cosas son sin que las imagine, pero claras y distintas me leo las verdades que me dicto por dentro y es así y la ciénaga es no saber si es así o no es así o si sólo de mi alienación nace mi inteligencia. Me dejo hundir. Me da una única salida de matarme, al ver en perspectiva la vida así, deteriorada, el brillante torbellino de mis pasos de baile públicos, el andar incansable solitario de mi baile privado. Me entrego mi tristeza, hecha un bollo de la mano a la otra mano, como un escorpión dentro de un papelito, y entonces en cualquier lugar o el metro un dolor me sube y no me conmueve porque me asesina, desde el ojo hasta la gana, y todos los fangos son míos y no quiero a nadie. Mi vida me vomita su vida encima, y yo que me entrego a todos los volcanes me hago cueva en mi propia cueva. Yo no pertenezco, ni cronología tengo, toda la muñeca escacharrada llevo de atarme a esa forma de ser todas mis nadas o cualquier nada que no sea mía, me agoto el recurso, me avergüenzo de todas mis cosas, y de pronto me crece la rabia de lo feo que pasó, y de pronto me vuelve al hambre de ocupar espacio, y de pronto matadme, porque soy incapaz incapaz de tener por país un lugar que no esté debajo de una mesa.

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