domingo, diciembre 19, 2010

Me quedaré entre el sol y mi corazón

Son las once de la mañana y es domingo y en el Botánico hay gente que camina agarrada a su botellita de agua como sujetando la seguridad de poder ser y esa falta absoluta de confianza en la bondad de los otros y esa falta de hambre por lo inesperado, les reverbera el sol en el plástico en castigo. Dos muchachos toman mate en el banco de mi lado y daría mis vaqueros rotos por un convite. Dos señoras hablan de que el escalope les sale grasoso y en cambio la milanesa y la suprema. El tráfico de Plaza Italia le compite a los pájaros el ruido. La acacia holandesa se hace un verde muy parecido al verde provocado que vi anoche en el césped Thames y Paraguay. Hay un gato que camina confianzudo las vereditas y me mira directo a los ojos, pecho blanco, atigrado el lomo, ojos verdes como el trigo verde. Me voy de paseo y me siento en el suelo en la intersección de los caminos cerrados; me viene a ver de nuevo el mismo gato aunque pasa aparentemente indiferente por mi vera. Me tumbo al sol en un banco delante de la Pureza, frente a Las Heras, sueño tanto que soy linyera que lo soy en un banco al sol y despierto no pudiendo ser ni linyera ni nada, sólo una muchacha muy ensuciada y mal dormida que tiene que acicalarse para ir a almorzar rodeada de tapices tailandeses y estatuillas japonesas.

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