viernes, diciembre 23, 2011

J'aime le souvenir de ces époques nues

J'aime le souvenir de ces époque nues
Hay una calidad del mundo que está siempre apabullándose bajo la palma de la mano pero que es difícil de ver, porque el mundo tiene dos caras y las dos son el envés. La valía del momento vulnerado se puede transparentar si la deseas contemplar verdaderamente y si él, ciervo, no se percata de tus maneras de coleccionista; tampoco importa, no vamos a entrar en esto, porque de lo que quería hablar es de lo que nos conmueve y de la belleza que nos deja diferentes, de esas felicidades que si imaginadas incluyen siempre silencio, agua que se mueve, otro país con sus luces prendidas en la orilla de enfrente, palmeras y alguna barquita de madera desvencijada, esa felicidad imaginada de las noches cuajadas de estrellas (por qué el verbo cuajar, Corominas, por qué) y en el mejor de los casos un vino entre dos y en el mejor mejor de los casos que el otro de los dos sea el hombre con el que te estás queriendo. Entonces si estás atento debajo de la selva malvada de la realidad de pronto te encuentras con los pies enterrados en un escenario de felicidad asalvajada imaginada así, y el otro de los dos es alguien vulnerable sin serlo, alguien que se ha enajenado la debilidad hasta alcanzar el pedernal, alguien que te habla sin parar de sus maneras de ver y de su ver, alguien que en el fondo, lo presientes, intenta defenderse de ti y se afila el abandono, alguien con escudo, un escudo suyo que esgrime bajo la noche cuajada de estrellas que es perfecta porque podría ser una noche de felicidad imaginada a pesar de ti viviseccionando la maravilla del mundo en vez de solo sentir el Paraná por encima de su hombro, en vez de solo cerrar los ojos y sentir el vértigo por dentro de su hombro, como por la tarde en el saliente con el banquito pintado de colorado sobre el río, apoyados los dos en la baranda mientras él calibraba, lo sabías, la conveniencia de otro beso, mientras él medía, lo sabías, hasta qué falta de límite abrirte la mano y la palabra.
Hay un modo de ser del mundo que es el único modo por el que vale arrastrarse de tramo en tramo, y no es la revolución ni es la busca ni es el asombro ni es el quiero saber qué hay más allá, detrás detrás de las cosas y de las enredaderas que trepan la pared de las verdades y le tapan las verdades a la verdad, detrás detrás de la belleza que crece en el muro de las palabras y a la que solo le hacen sombra algunos espléndidos silencios, y es esto (no me discutáis): un hombre y una mujer hablando bajo las estrellas y un río que se navega a sí mismo y arrastra su fango y su valía; un hombre y una mujer besándose un poco, porque sí, sin prisa y con calidez, la posibilidad abierta de que la flor del tiempo se coma a bocados de corola el firmamento clareado a través de los árboles, las luciérnagas tembladoras (porque tiemblan, no me censuréis el verbo), son todas las noches nuestras que han pasado hasta que llegara esta noche en la que se abre la compuerta de esa verdad de que para este hombre yo soy una mujer y no un contrincante, de que hay un biombo entre nosotros y que es ese biombo frontera sin embargo el que nos abre un mundo transparente y solo para dos en el que yo no soy un rival sino una mujer. Hay un único modo posible de ser del mundo ahora que es él contándome su estirpe y su abolengo del abajo, es él siendo todavía una pasión de ser y de cambiar y de mover las cosas, su vibrante inteligencia, su habilidad de hilvanar palabras y reírse, sus manos que me rozan pero que de mí se guardan, sus ojos, su reserva construida en el silencio izquierdo de su vida. La calidad del mundo agazapada en el envés del mundo ahora es él siendo él sin remedio y preciosamente, soy yo intentando quedarme quieta y despierta a su lado esperando que venga nuestra noche sin que haya que empujarla a través de la puerta cerrada, soy yo siendo tan desconsideradamente destrozadora yo hasta que me recoloco la falda moral de agradecimiento al mundo o a mí misma después de todos los dolores y todas las cegueras o después de todos los dolores ciegos, es esto, esta tregua en el calor del norte, este rato de días que pasan sin más que pasar, días en los que se espera de nosotros que seamos buenos, días en los que me río y canto y estoy disponible cuando me llama el mundo, cuando el mundo se acalla, cercando la vía para lo posible del momento de felicidad en que la ola de su modo se crece bajo el pulso por dentro de la muñeca, alcanzando debidamente su horizonte y durmiéndonos en el ahogo consciente de que algo, algo está pasando entre el hombre al que estoy queriendo tanto y yo hasta que me vaya y se diluya en la corriente del mundo mi paso por Corrientes.

miércoles, diciembre 21, 2011

Fui al río


De Juan L. Ortiz

Regresaba.
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo el río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

lunes, diciembre 05, 2011

Viajar en la mayonesa

Nadar na maionese
El dibujo es de Odyr Bernardi
En Pelotas (imagino que también en el resto del país) las librerías de segunda mano se llaman sebos. Odyr me enseñó uno en General Telles y Gonçalo Álvares antes de irse a Belo Horizonte (qué prometedor que suena Belo Horizonte como nombre para un lugar) llamado Monquelat. Más medievocatalán no podría haber, pienso, acordándome de aquel libro del siglo XVII sobre las familias del valle de Arán que hubo siempre rodando por mi casa. Una tarde me acerco y allí me encuentro a unos señores de tertulia y chimarrão, que es como por aquí se llama el mate (en el resto del país no creo que lo llamen de ninguna manera porque no toman). Esta zona fronteriza ya sabía que comparte milongas con los vecinos y constato que también comparte calabazas: todos los tres mates presentes llevan grabado sello y anchura uruguaya. Gentilmente los señores me hacen hueco en su reunión vespertina y me atienden con primor. El dueño es Monquelat de herencia, me cuenta que el apellido es francés y al saber de dónde vengo me pregunta si sé algo de la exportación de sal desde las salinas de San Fernando (acá traían la sal para hacer charque, el oro fibroso culpable del esplendor momentáneo y pretérito de Pelotas, hasta que se hizo demasiado caro transportar la sal y se inventaron los frigoríficos). Reconozco mi ignorancia ignominiosa: en cuanto a salinas y a literatura brasileña sé tanto como de nudos marineros, maquinaria agrícola y cine finlandés. Sólo tengo a salvo el recuerdo de las marismas de Cádiz a San Fernando y a la Lispector, pero la sal va incluída en la gaditanería y la Lispector va metida en el mismo saco que Sara Gallardo, Silvina Ocampo y Karen Blixen, el saco de las escritoras sublimes (ser sublime es como no ser de ninguna parte). Le cuento a Monquelat que Guimarães Rosa me conquistó el corazón seguramente porque no lo entendí mucho. Él me dice que no me preocupe, que él tampoco entiende la mitad de lo que dice Guimarães Rosa, mientras me prepara una pila de libros de autores de Rio Grande que debería leer. No me atrevo con la extensión del Incidente em Antares de Verissimo aunque el título me exalte las ganas y a cambio me hago una pila de Machado de Assis que aprueban todos los señores presentes con los que chimarrão en mano me pongo a charlar hasta que se termina la tarde. Así conozco a un guitarrista veterinario que va a abandonar los choros y el samba por las ovejas, conozco a un señor señor que bautizo como profeta del Apocalipis, quien a propósito de esa absurda manía de los portugueses de esperar la vuelta del rey Sebastião me enseña la expresión “viajar na maionese” que repito por error como “nadar na maionese” (luego le cuento a Bitisa y quedamos de acuerdo en que mi versión es más terrible y hermosa y que he venido a revolucionar el léxico y la vida pelotense). A la tarde siguiente vuelvo ya adueñada de mi taburetito, Monquelat me presenta como fenómeno circense, conozco a un bailador de samba y a otro guitarrista, se decide mi futuro como contrabandista de vinos y encuentro una edición de Kim del año 41 que casi me arranca las lágrimas. Me quedo toda la tarde en el sebo de Monquelat presenciando las visitas de los que vienen a arreglar el mundo, a hablar de la nada y trazando intenciones de vida para cuando vuelva, pronto, a ser contrabandista de alcoholes en la frontera de Rio Grande do Sul.

domingo, diciembre 04, 2011

Si monumentum requiris circumspice

San Telmo de noche
Los trenes cada noche que parten y pierdes si los dudas sobre las calles que no existen sobre las calles, los botones que se cierran sobre las blusas con las que se viste la posibilidad, las coronas de gloria a la orilla de la mano, las ganas que de noche dan de que sea de noche, de que no termine nunca el trayecto empezado, de que bajo el pie no se acabe nunca el parapeto desequilibrador. Noche, dame los ojos que empezaron, anoche, acerca el tacto del mundo a mi mano, méteme en la boca la carnecita de tu nocturnidad, descúbreme bajo tus estrellas el lujo del ser, caliéntame la sopa del mar, entrégame a tus hilos, róbame la voz, súbeme al tren que salió rodando sin que sospecháramos que fuera un tren con trayecto sobre las vías que no se ven sobre las calles que cruzamos, amarrados al ruido de las hojas bailadas en los árboles. Noche con voz y con nombre donde caminan los aguerridos y descansan las guerreras, noche sin significado, envuélveme en tu colcha con brillitos, devuélveme a casa sana y salva y sin daño y sin tristeza, devuélveme a casa anochada y sin desnoche, déjame bajar intacta de ese tren sin forma de tren, déjame verlo marchar, sin mí, hacia lo inexistente.

Me darás mil hijos, Montevideo

Atardecer en la rambla
El primer día en otro país, el primer día en otra ciudad, algo que puede ser espléndido o maldito pero siempre es resaltado y colorado como día festivo en el calendario. Después de tanto viaje se me pasaron las ínfulas y casi también las pretensiones, podría vivir sólo de la intensa sensación de posibilidad que da llegar a una ciudad nueva y pasearla sin rumbo, a merced de los hambres (el hambre de comer y otras veces otros tipos de hambres más insaciables), a merced de los espacios públicos a veces tan acertados como esas cafeterías antiguas donde te adopta el camarero y hay tetera de verdad o este paseo salpicoteado de lo que llaman aquí mar y no es el mar, como la tibieza del granito donde me ando raspoteando los pies sentada en la costanera o el malecón o como quiera que se llame aquí ese paseo que rodea la orilla del río aquí llamado mar separándolo de la ciudad pero albergando la ciudad, la piedra menos ostionera que la piedra gaditana mía desde donde veo a los niños más negros que los niños gaditanos míos chapotear en el agua marrón entre las piedras, a las señoras tan señoras como las señoras mías que bajan de su casa con la silla plegable bajo el brazo para sentarse un rato al sol, desde donde envidio esa manera de vivir marítima que a veces tuve de gaditana chica; sentada en la rambla que es como aquí se llama el paseo alrededor del agua, con las piernas estiradas sobre el granito y dentro de la única falda que pude sacar de la maleta sin deshacerla, me siento por un rato dueña de un cachito de mi vida, sin un adónde tener que ir, con el único empuje de los hambres, aspirándome entero mi primer día en otra ciudad y en otro país hasta que en la noche el 116 me transita por calles desconocidas hasta Pocitos, por calles que en el tiempo por venir tal vez lleguen a ser mías, por los restaurantes llenados de sábado que veo a través de las ventanillas y me preguntan si cenaré ahí alguna vez; el 116 que me lleva hasta las primeras personas que conozco a las que quién sabe de qué manera o de qué ninguna manera me ligaré. Todas las preguntas de primer día en otra ciudad, en otro país, que me hago en el taxi de vuelta a Ciudad Vieja, la delicadeza de los señores que sin estar obligados me protegen del exterior malvado (el taxista, el conserje del hotel), las nuevas costumbres y manejos que tengo que aprender, la nueva inflexión de las palabras, que son paralelas Durazno y Canelones. El primer día en otra ciudad a la que no sabes si pertenecerás, ese día que puede ser conciliatorio o pesadilla o la nada misma pero que ya no se librará jamás jamás de la marca de su nombre.

Préstame un nido de luz

Préstame un nido de luz
Amo este tiempo umbral en el que aún no ha pasado malo ni ha pasado nada bueno, este llegar a las estaciones de autobuses latinoamericanas y pulsarle la locura, la nebulosa y el minutero a la ciudad que espera fuera. Ahora, aquí, en la latencia de las cosas, en la fealdad de la estación moderna, columnas al espacio, hombres con guitarras que bajan de los autobuses, cinco perros que cabalgan la estación inmensa y sin estrenar vacía, dos monjas que ni cabalgan ni se hallan, mi maleta mexicana manchada de mugre internacional tirada en el enlosado aún sin ensuciar y elegido entre lo menos acogedor de lo poco acogedor, este tiempo antes de entrar en esa ciudad construida sin amor, sin que después de su fundación haya tenido su renacimiento o su barroco, poco conmovedora en su arquitectura a pesar de las señas de identidad taxis amarillo nuevayork y trolebuses conducidos por mujeres y amarrados a su recorrido fijo por sus cables en el techo, a pesar de los cospeles que me divierte comprar en las casetitas de metal, a pesar de que te tropieces a veces con esos edificios construidos con cuidado y con piedra, a veces con alguna palmera altiva y grácil (las palmeras no siempre son altivas, hay que recordarlo), o con una veredita tapizada de árboles con el sol en juego, ahí donde te conmueves y bailas el paso hasta los carteles saturando las fachadas y las marquesinas no con kitsch sino solo con falta de delicadeza, hasta esa corriente de agua que se cruza por un puente tan poco asomable, adornado de farolas rebuscadas pintadas de plateado que dan luz naranja día y noche. Aquí, ahora, en el tiempo en el que aún no ingresé en la ciudad recuerdo Córdoba como la ciudad que en realidad es para mí, esa ciudad con placita para tomar mate con los amigos, las librerías de segunda mano desbordando tesoros, esos recorridos de amigo amable a amigo amable, ese pozo de luz en el medio de la geografía argentina, ese recodo de descanso, las tiendas de telas donde se gestan camisetas azules con el hombro descubierto que serán cosidas luego al resguardo de la casa bajo la tormenta implacable, la invitación perenne que me hace Córdoba a venir a dejarme caer en el amor de los buenos.

Arena, caimán y miedo sobre Buenos Aires

Arena, caimán y miedo sobre Buenos Aires
El cuadro es de Cristina Otamendi
La estructura secreta de lo escrito empieza en alguna frase del medio que le otorga el sentido a toda la palabrería. Cuando se empieza a escribir siempre hay leit motiv adorno pero no idea vertebral fraguadora, hay que encauzar el escrito hasta lo que él quiere significar. Quizá eso busco con tanto desorden en mi vida, como si estructurar unos párrafos pudiera compararse a vivir una vida. Ahora, por ejemplo, si quisiera meter en una burbuja algo como un momento contado, ese instante chiquito que se apresa en una red de palabras, como glosando una vida, o creando una vida, o recreando una vida, cazaría ese yo sola recorriendo la ciudad de un lado al otro, alargando los trayectos sobre las horas, calculando las posibilidades de cualquier atisbo de brillo que se pueda curtir al sol y convertir en prenda portátil (el olor a verde arrancado, el azul desesperado, los trenes entreverados). Soy la viajera aún aquí adentro, como si la ciudad fuese una gigantesca metáfora de mi viaje, ese intento de presenciar lugares-momentos bonitos, el mundo como conciencia de posibilidad. Ando sin norte y sin sur, se me clava la ciudad con sus edificios y sus secretos que yo conozco, esas cosas misteriosas de una punta a otra de la ciudad que nadie sabe a la vez como sé yo al mismo tiempo de todos los barrios, la más rica torta de ricota de Villa Luro, la mitad de la calzada en San Juan por la que camino cuando ya es demasiado de noche, el trozo de césped donde es mejor sentarse en Plaza Vicente López, esas esquinas de Rivadavia por Congreso que me gustan tanto de Buenos Aires y me reconcilian tanto con Buenos Aires. Cuando paso la tarde en el Británico comiéndome con los ojos las ventanas y las mesas y ese suelo con pintitas, o me siento en las escaleras del hall del San Martín esperando para entrar al cine, me gustaría que me dibujaran los trayectos, que alguien que viniera atrás mío desde Constitución por Juan de Garay donde amas de casa mal peinadas se prostituyen en chándal delante de las puertas de los albergues transitorios, alguien que me siguiera hasta Cochabamba y Catamarca y bocetara ese mientras me acuclillo a la vez de la calle del niño hipotenso que sangraba por la nariz, el mientras le doy un sobre de azúcar patagónica que llevo en mi bolso desde Río Gallegos. Me gustaría que alguien me viera en esa misma esquina subir al 8 y decirle 2,20 al conductor, y luego sentarme en el suelo del autobús al lado de la puerta, con el #Waltz 2 en el oído y mi bolsa de naranjas. Pienso que nadie trazará con lápiz sobre el mapa mi dibujo mientras pasa Buenos Aires por afuera mío. Buenos Aires, esa ciudad desalojada de cariño, esa ciudad desmontada y fea, esa ciudad hermosura de casas de Flores y de placitas plantadas de tipás altísimos de ramas retorcidas, esa ciudad que atravieso jabalina sin que nadie me registre cuando apoyo la frente en la barra de aluminio del vagón del subte una noche que lloro de Pueyrredón a Lacroze mordiéndome las lágrimas, o ese viernes en que desesperadamente sola cruzo la 9 de julio por Juncal bajo la lluvia y bajo mi chaqueta negra amiga de tantos años. Todos estamos solos, dicen las voces que me sirven de cronista sin dibujarme. Pero ustedes están solos al abrigo del tiempo, les digo, yo sola solo me dibujo como un alma insignificante que cruza a la Plaza Once para esperar el 41 mientras mordisquea unos alfajorcitos de maizena, dulcería que deshago entre los dientes igual que esos cachitos de tiempo bendecidos porque no hacen daño y conforman la estructura secreta de lo que no puede escribirse de mi vida.

martes, noviembre 29, 2011

Zapatos de tacón de alta montaña

Río de las vueltas
He visto la luz colorada sobre los picos nevados al atardecer. Y qué. Podría igualmente no haberla visto. He subido algunas montañas y he respirado el silencio antiguo al que le queda poco y caerá pisoteado por la modernidad. Y qué. Podría no haberlas subido. Vi el amanecer frío por entre la entrada al pueblo. Podría no haberlo visto. Subí un cachito de montaña para ver el desastre que están haciendo en el valle con tanta construcción, estaba todo nublado de nubes rosadas, naranjas y amarillas, y el mundo era de unos colores deslavazados e inexistentes en lo real que yo recuerdo: amarillos sin número Pantone, pajizos, verdes increíbles y ese celeste extraño hielo del río de las Vueltas. Un señor que corría sendero abajo, asfixiado y con reloj, al pasar por mi lado tan sentada en una piedra lejos de la droga de la vida, confrontando lo real que recuerdo con lo real de los que en una casita lejana crían caballos, me dijo que corría porque perdía el autobús para volver al Calafate. Le contesté que de vez en cuando es bueno perder la prisa y los autobuses a ver qué pasa y le regalé una piedrita verde. Podría no haberle dicho nada. Él corrió más rápido. Luego subí arriba del todo, puro capricho, podría no haber subido. En el silencio de la laguna vi el viento sobre el agua fabricando ojos de pluma de pavo real, vi otras nubes tapando el Fitz Roy, más blancas, más enfadadas, contemplé, así, en arrobo, un cachito del celeste del glaciar, me quité las botas y los calcetines y me mojé los pies para escándalo de los cuatro turistas que desde la otra orilla se abrazaban a sus cortavientos polares. Allá arriba con los pantalones remangados y los pies a temperatura de congelación me di cuenta como tantas otras veces de que todo da lo mismo, y de que esa sapiencia tampoco sirve de nada, porque podría no haberla tenido. Bajé la montaña. Aunque también podría perfectamente haberme quedado allá arriba.

Ciudades abiertas, ciudades cerradas

Beirut
Hay ciudades feas y horrorosas donde la gente vive incomprensiblemente porque la ciudad no los quiere ni los bientrata, pone a su paso feas calles y quita los árboles y llena todo de trasuntos inútiles como esas papeleras que tienen el fondo de rejilla, como para que todo lo que se tire dentro caiga al suelo o peor, para poner dentro una bolsa de plástico donde recoger las basuritas. Las ciudades son como la gente, algunas te acogen en su seno y te siembran sus calles de castaños de Indias que te den sombra y hacen crecer la brisa y las yerbitas entre los adoquines, te abren el embozo de la cama en la que te dejan descansar hasta bien entrada la mañana y los desayunos se hacen con mantel y sobremesa; otras ciudades te escupen sin recato y no te dejan entrar y se rodean de fosos e imposibilidades y malignidad, aunque estas ciudades son preferibles a las otras ciudades cocktail-party a las que la anfitriona que te invita con tarjeta de borde dorado sabes que no te quiere nada, ciudades que te engañan con sus amabilidades educadas durante años para luego dejarte caer en el pozo húmedo de la soledad con apariencia de chisporroteante sociabilidad; otras ciudades son pura fachada sin alma y se pasan la vida peinándose y parloteando sobre sí mismas sin nada encontrable que justifique su ombliguismo; están las ciudades que no le dan importancia a su aspecto porque por dentro son lo suficientemente buenas como para que su desaliño no parezca feo sino entrañable, esas ciudades llenas de casas viejas de grandes balconadas y patio con columnas y plantas, donde los vagabundos duermen al sol contra el viento (los vagabundos consiguen darle a las ciudades la impresión de ser pacíficas) y cafecitos y vecinos sentados en las veredas con sus sillas sacadas de casa al tardor; otras ciudades se dejan estar y a pesar de su derrumbe son voraces, dentro de su decadencia no tienen guata ni calor sino hambre, desastre y cólera; otras ciudades pretenden ser modernas y son sólo asquerosas y rastreras y amantes del plástico; y mis favoritas son sin duda las que crecen al lado del mar pero no le dan la espalda al mar sino las piernas, y se crecen alrededor de las aguas y de lo que cambia y de los que van y vienen en los barcos y traen tesoros o milagros o historias tenebrosas y lejanas, y están llenas de callecitas que hacia allá se encaminan y que te dejan ver a lo lejos la esperanza de lo azul. Y luego está Buenos Aires, que antes era un pirata seductor y ahora es como la nueva novia de tu mejor amigo: cascabelito amistoso por fuera, llena de bilis y con ganas de asesinarte por dentro, capaz de sutiles tejemanejes para sacarte de circulación y capaz de conseguirlo porque, al fin y al cabo, ella es el sexo y tú eres la cafetería.

viernes, noviembre 25, 2011

Concisão tem pátios pequenos onde o universo eu vi

Raúl Garré
La foto es de Raul Garré
Pelotas, esa ciudad de primeras yerma y arruinada y sin embargo de segundas bullicio y esplendor que te deja participar y te cede espacio para compartirte, esa ciudad de calles sopladas de noche por el viento gaúcho incombatible aunque vayas arropada en un pico de crochet mexicano, tapizada de suelos misteriosamente compuestos que no puedes dejar de mirar cuando caminas e imaginar las súbitas decisiones de los dueños de colocar acá y acullá una losa diferente a las demás, a veces de dibujo tan precioso que pataleas un poco sobre la acera porque sólo hay una, una única losa rosa, granate y crema, o amarilla y celeste y así no se puede apreciar el diseño geométrico completo que resultaría de cuatro, ocho, dieciséis cuadrados intrincados iguales a ése. Pelotas, esa ciudad de la que no puedes decir las plazas pobladas porque al menos dos de sus plazas están deshabitadas e inhóspitas, una llena de plantas crecidas sin tapujos a su amor y sin veredas y sin bancos y la otra con esa hermosura de depósito de agua tristemente pasado del óxido y del verde a la pintura rojo carreta. Luego Caboclo el ubicuo te cuenta que nadie va a pasearse ahí porque era donde castigaban y colgaban a los negros en los tiempos de la esclavitud, tiempos de los que no hace tanto tiempo, esos negros esclavos a los que antes y después de castigar enganchaban a una especie de esfera abierta flotante forrada con cuero a la que subían los patrones para que los transportaran por el agua y para que la ciudad pudiera tener un nombre de origen terrorífico. Pelotas, esa ciudad con casas pastelitos coloreados adornados de merengue unas, otras que por fuera son sólo una puerta y una ventana y por dentro un alargamiento interminable de cuartos y pasillos y patios donde llueve o desde donde mirar las estrellas, todas con contraventanas batientes y temibles rejas por dentro y por fuera de las puertas, seguridades que no se corresponden con la aparente apacibilidad de las calles al viento y al sol, calles que según cuentan se transforman por la noche en fuero de las hordas, noches que pese a eso también son campo de batalla de la música y de las voces espantosamente evocadoras, entonadas, profundas, felices, trastornadoras de almas y de suelos neumáticos de los músicos y cantantes pelotenses. Pelotas, esa ciudad de alegre melancolía si tal cosa pudiera existir, esa ciudad de cúpulas marítimas y pájaros marineros sin que haya mar cerca, esa ciudad de vocación fantasmagórica sacada de un sueño borroso, esa canción tocada en un instrumento de treinta y dos cuerdas, esa milonga.

martes, noviembre 15, 2011

Vuestras fronteras sólo existen en los mapas

Pelotas. Depósito de agua.
Todo lo que escribo sobre Pelotas me sale con aire tristonho, creo que es por culpa de Vitor Ramil. O quizá no. Esta ciudad llena de perros tristes que pasean solos por las aceras emparchadas de losas hidráulicas de distinto dibujo, mosaico del desgano, con sus casas abarrocadas pintadas de colores de una paleta envidiable e inencontrable en ningún otro sitio, intensamente imaginaria, con sus aguas podridas y marrones y sin embargo reverenciadas cada tarde por la visita de los pobladores, con ese aire decadente y abandonado de lo que tuvo un momento de fulgor y luego cayó en el olvido, con sus árboles salvajes, sus plazas de cualquier manera, su tristeza feliz, sus calles de adoquines del tiempo de la esperanza. Es difícil hablar de Pelotas porque pareciera una ciudad imaginada, como si muchos la hubiesen creado a su melancolía para usarla de fondo de retrato o de escenario para historias de viajeros de paso y de viento de frontera, famas revolcadas, letras de milongas. Pelotas es un poco portuguesa y un poco paraguaya y un poco brasileña y un poco uruguaya y un mucho su viento. Pelotas es tierra de nadie, es un lugar sin lugar verdadero, colgado en la niebla de lo que no se sabe si es o se soñó, como el sabor leve y sin color por fuera y amarillo dolor por dentro de los pasteizinhos de Santa Clara, como el sonido irreal y antiguo de los cascos de los mulos arrastrando carros que entra por las ventanas junto con los cantos de los pájaros raros. Pelotas es una literatura.

É sempre mais dificil ancorar um navio no espaço

Entre el anfiteatro escalonado con las hierbas crecidas a los pies de las gradas y el escenario horizonte, ese pool of mud como lo llama Alice. Entre el Quadrado y el mundo, un puente desnudo. El Quadrado, ese lugar de encuentro en la tarde (esa hora que yo llamo el tardor aunque tardor sea otoño en catalán) de espectadores que vienen todos a tomar chimarrão. Alrededor, casitas bajas con los depósitos de agua de ese color azul de la llama de gas colocados de cualquier manera en la azotea, y un bar de madera. Arriba, ese celeste siempre distinto de los cielos extranjeros, las nubes blanquísimas condensadas en gordura, bajas y extendidas, al alcance de la mano. Por todos lados, el viento que implacable me vuela el pelo y la rebeca menos azul increíble que el celeste del cielo o el añil de las caixas d'água, ese viento que sopla permanente y que espuma en verde fango las aguas donde bailan las barquitas pintadas de blanco, azul y naranja. Y el barco enorme y atracado y abandonado, acariciándose al óxido imperioso del tiempo que pareciera que hace que ningún barco zarpa o atraca aquí. Vidas pasadas cada tardinha (eso que yo llamo el tardor), esperando que sea éste verdaderamente el lugar de encuentro, cuando el sol se pone tras el puente y la luna sale del otro lado naranja como la cáscara de las bergamotas que es como se llaman aquí las clementinas, a no ser que haya nubes que tapen la línea de lo lejos, a no ser que el viento gaúcho haga insoportable el chimarrão, cebado con esa yerba color verde radioactivo que se toma en esta tierra fronteriza, a no ser que ya se hayan cantado todas las canciones sobre la luna que se recuerden mientras se la espera, redonda y brillante, a que cambie el color del mundo.

martes, noviembre 08, 2011

Cada lucero, un remanso del tiempo

Rivadavia 10000
Cada vez que cruzo Rivadavia al 10000 me esfuerzo por crear un cuadro plástico, como si en ese semáforo hubiese alguien esperándome con una cámara. No sé por qué para mí ese tramo de calle es un Rubicón estético, pero es; tal vez porque después de ratos de compañía reconcentrada ahí tengo que medirme la vida y el regreso a una casa que no es mía. Siempre sopla un viento que si no fuera por la geografía y la falta de salitre sería casi una brisa marina que me echa el pelo sobre la cara, a veces con piedad, otras con arrebato y furia. Cuadra rara, como con mucho espacio, desierta siempre de tráfico a la hora en la que la cruzo, fea a no ser que la mires con los ojos empañados, y pese a su fealdad a veces me queda tan bonita la trasversal que me dan ganas de cruzarme de nuevo al otro lado y repetir jugada. No miento, he mirado desde la parada del colectivo el paso de cebra planteándome si repetir mi gesto que pretendo fotografiable. Nunca he vuelto a cruzar, todavía no estoy tan loca. Dadme tiempo. Ah, sí, Rivadavia al 10000. Me la he cruzado sonriente y sosegada, arrastrada de la pena hasta las lágrimas, encaprichada y cantante, no sabiendo nada de nada, construyendo un momento importante recordable y bandera, pensando en si los lazos que creo son reales o ficticios, catastrófica pero festiva, concentrada en ese momento en el que estoy, efectivamente, cruzando Rivadavia al 10000, consciente del viento despeinador y del miedo a no llegar a ser ninguna, deseando que me quiten la razón de la boca y la rienda de la mano. Maldita cuadra que me dibuja siempre en tangente la evidencia de mi soledad. Maldita cuadra cinematográfica que me hace reír en su mitad de divertimento puro. Bendita cuadra inexplicable que en su medio justo me encapricha con seguir siendo la misma pero una misma totalmente diferente.

viernes, noviembre 04, 2011

Iluminarte el camino desde lo oscuro tuyo hasta mi luz

Cruz del sur
Nunca me había visto la sombra tan negra como esta noche delante mía, entre el cerro y yo, bajo las estrellas. Quise pensar que mi sombra era más negra porque estoy menos luminosa en este lugar al que hay que venir ex profeso en varios medios de transporte, más lejos que lo lejos, sin librerías ni mandarinas, pequeño de luz de sol, horrorosamente invernal en medio de la primavera. Mientras me reconcentraba en mi negrura subiendo por el camino pedregal, el perro de Hem Herhu me salió al encuentro, me reconoció olisqueándome y me hizo fiesta, y así me iluminé, en este sitio al que de tan lejos hay que elegir venir, donde las tres señoras que se juntan a hacer punto en la casita blanca que sirve de biblioteca del pueblo me prestan un ovillo y una aguja de crochet para que haga cadeneta mientras una de ellas lee en voz alta un cuento de Abelardo Castillo, donde la dueña de la cafetería donde vengo a tomar el té cada tarde me manda de acá para allá con su nombre como escudo protector para que me haga hueco, donde el Ruso cada día me espera para que le cebe unos mates. Aunque bajo las estrellas australes queda poco espacio para la esperanza de fructificar porque además de que la tierra patagónica sea árida dejó de ser para los que se cansaban de viajar y querían plantar sus huesos al viento, lejos del mundo recorrido, para los que querían bautizar algún accidente del terreno con su nombre, aunque sólo quede espacio para el lucro y no para la soledad escogida, aunque no se pueda querer estar tan solo como para venir hasta aquí, el perro de Hem Herhu y algunos otros conocen aquí ya mi nombre sin que haya tenido que ponérselo a un lago o una montaña. Nunca me había visto la sombra tan negra como esta noche bajo la luna vacía, y quiero pensar que quizá estoy más luminosa en este lugar al que vine desde tan lejos sin realmente haberlo elegido.

martes, noviembre 01, 2011

Fuentecilla que corre clara y sonora

Hoy tuve en los brazos a una niña que no era nada mío y la calmé. La abracé y le susurré una bendición secreta. La llevé del llanto al sueño. Y no era nada mío. Lo que yo me quedo como mío es lo que yo le construí: mis brazos para que ella se durmiera. ¿Se acordará de mí algún día? ¿Podré vivir yo alguna paz en esa memoria? Hoy una niña que no era nada mío me creció un sosiego entre los brazos.

domingo, octubre 30, 2011

Así me encuentran

losas de la Alhambra
puentes de Estrasburgo
vagón tren ventana
botines tacón puta
mujer bajo la nieve
poema por encima del mar
peine del viento
flor gris
niñas en el sofá
botones azules
cotorras que hablan
bereber blanco
óxido en una silla
viento en el magnolio
buceadores perdidos
calles con profundidad
procesión absurda
puerta de Kiev
noche estrellada Antofagasta

domingo, octubre 23, 2011

Toda sangre llega al lugar de su quietud

Camino empedrado. Real de CatorceAcodada en el poyo mirando al cerro pienso en ese camino hasta aquí mientras me pregunto por qué ando trastornando este viaje (o quizá sea el viaje quien se trastorna solo), por qué ando poniéndole nombres a las cosas, quizá para que me conduzcan más tranquilas y me amansen el camino. ¿El camino adónde? Ningún camino lleva a ninguna parte, ni siquiera aquí adonde he llegado ahora. Puede que esta aseveración tan atrevida sea cierta, porque ese camino empedrado que no puedo saber si existe o no me trajo hasta este aquí que tampoco sé si existe o no; después del pueblo de nombre raro, Matehuala, giramos a la izquierda y de pronto aparecieron los adoquines azulados y a lo lejos la línea clara de las montañas contra el celeste y contra la luz y a los lados la nada y a lo lejos sí las montañas y a nuestros pies las piedras del camino dispuestas en cinco vías y seis líneas separándolas. Y ahí la irrealidad palpable, inmediata, la entrada en el sueño después de toda la autopista de México verdadero, de las cantinas de carretera donde me he comido unos muy reales tacos de barbacoa y de tripa, por donde he visto pasar veintenas de camiones del ejército mexicano llenos de soldados demasiado jóvenes con las caras tapadas con trapos negros y cargando esos fusiles de asalto serpiente de fuego con los que te apuntan para pedirte la documentación en el retén, como para que te midas la vida pasada y no contemples la futura, como para que mastiques la sapiencia de que ningún camino llega a ninguna parte; y luego ahí después de esa realidad mortuoria de pronto la irrealidad toqueteable, una especie de niebla en los ojos, esa entrada al sueño al doblar a la izquierda después de Matehuala, verdadero recodo, la confrontación con ese camino de piedra extraída y tallada y transportada por sabe dios qué manos y colocada en once filas sabe dios por qué otras manos, dispuesta para que rodemos nuestro centro por encima de los veintitantos kilómetros de Camino Real que se vuelven un tiempo interminable de años, que no importaría si llevasen a alguna parte o no, si no fuera porque alcanzan hasta el túnel de Ogarrio sosteniendo la montaña sobre su arco. Años después de entrar en el camino, años después, pasamos a la vieja chiquitita y renegrida que sin orillarse hasta nosotros, a más de 20 metros desde la retama florecida de amarillo con mi mismo corte de peinado a lo Bob pero de pelos blancos blancos, nos extiende la mano, pidiendo sin pedir o sin esperar que le diéramos; mi alma, era. Años después de entrar en el camino, años después, nos cruzamos al perro flaco y cuerpibajo que sin mirarnos por el arcén venía a paso ligero en sentido contrario, regresado vencido de algo; mi corazón, era. Y aquí, ahora, acodada en el poyo cara al desierto, después del túnel sujetador de montañas trozo antes de la luz del que no quise salir nunca, mientras pelo y me como una naranja que me parece imaginaria (sus gajos son tan irreales como este aquí, como las calles polvorientas del pueblo, como los caballerangos con sus camisas de vaquero de rancho y sus sombreros blancos que anhelé tanto hasta conseguir el mío, que quise tanto como haberme quedado para siempre en ese trayecto interminable y lento del túnel, oliendo el polvo viejo, oliendo el olor a piedra húmeda o podrida reconfortante de las casas antiguas que fueron muy habitadas y luego abandonadas a su sueño, oliendo el túnel en el que podría haberme acomodado por siempre de tan hogar y tan a salvo, tan poco el peso de la montaña más arriba), mientras intento convencerme de que realmente me estoy comiendo una naranja que realmente existe, recuerdo aquellos farolitos de luz amarillita y tranquila cada cinco metros en mi túnel empedrado y con cenefa, la única cosa realidad además del caballo que me llevó al desierto (pero ésa es otra historia) en ese camino hasta aquí. Ando desasosegando el viaje, pero quizá sólo sea porque aún ningún camino me llevó a ninguna parte.

Glosarse la vida, crearse una vida, creerse una vida

En la sala de lecturas del Infierno En el club
de aficionados a la ciencia ficción
En los patios escarchados En los dormitorios de tránsito
En los caminos de hielo Cuando ya todo parece más claro
Y cada instante es mejor y menos importante
Con un cigarrillo en la boca y con miedo A veces
los ojos verdes Y 26 años Un servidor

viernes, octubre 21, 2011

Surge surge, amica mea, speciosa mea, et veni

El mundo. Chiquito. Sin límites. De viaje. Porque el viaje es una droga, igual que el amor, porque el viaje y el amor son lentes que se colocan sobre la vida para que todo se vea diferente. El mundo que se para a 20 km de Trelew, donde se nos rompe la suspensión. En medio de la nada, bajo las nubes tendidas horizontales a lo largo de los kilómetros, sobre los terrenos baldíos desiertos llenos de esos matojitos desolados, esperamos. La madre y la hija que juegan a las cartas, el niño que se mancha las manos con las onzas de chocolate con almendras que le regalo, el antiguo policía que no se ha callado la boca desde Gallegos y a quien nadie ahora le acepta los mates, el señor de Peguajó que se mudó a Santa Cruz, la correntina que dice cosas como “la mejor escuela es la vida”, “el trabajo es lo más principal” y el soldado mudo de Posadas. Ojalá el autobús siguiera viaje hasta China, hasta Cuba, podría recorrerme el continente aquí adentro, por amor del trayecto, días y días ocupados, que alrededor mía se conviertera el planeta en kilómetros. Quisiera. Seguir. Descansar ahí, en la falta de destino, en el trayecto. Per se. Llegar a Puerto Deseado, el lugar donde nunca estuve. Y hablo de un Puerto Deseado, no de un Destino Robado. Mientras el autobús sigue parado y viene subiendo el sol, aquí hablan de las toninas, del estrecho de Magallanes y de la punta San Julián, todas cosas que no he visto. Alguien dice: No sabía dónde estaba Puerto Deseado. Miré en el mapa y vi que estaba en la provincia de Santa Cruz. A 125 km de la ruta. Cuando bajé del micro: una terminal chiquitita, un frío de matarse. No me gustó el lugar. Pensé quedarme una semana y luego irme. Llevo siete años. El que se anima a entrar se da cuenta de que no es sólo un pueblo pesquero. El puerto. El pueblo. Hay tres semáforos. Te paras en rojo y pasan los cardos rodando. Hay que recorrer los cañadones subido y congelado en una moto. Una belleza inigualable. El mismo frío de matarse. Y esos pingüinos de penachos amarillos.
A veces me entra fastidio y esa tristeza profunda por andar viajando sola. Oscilo siempre entre la felicidad de mi soledad y la pataleta del por qué. No es pataleta, es una melancolía de dejar toda la vida hilvanada por piezas y saber que seguramente nunca coseré ninguno de esos trajes. A veces se me ocurre no seguir viajando porque me crece una esperanza, una esperanza de Puerto Deseado. Sin embargo, el monstruo que más miedo me da es la esperanza exacerbada. Veneno, la esperanza. De dónde surgirá. De dónde irá a buscarme, a bajarme la barrera, a darme la mano para ayudarme a descender de la carroza. De ahí. De un lugar que no me guste al llegar y luego me arrebate a esperanzas siete años. Un puerto que se haga desear solo, no un puerto robado a la fuerza ni domeñado según esa esperanza asesina que me susurra verbigracia que habría sido mejor  habernos quedado tirados en ese momento milagro para el que falta un día de kilómetros de pasar de la infructuosa Patagonia a la fecunda Pampa, en esa maravilla de las cosas que crecen, de los tilos en el atardecer, del empezar de la primavera, del olor de los mandarinos; que habría sido mejor haber aterrizado en un puerto dispuesto a ser deseado.

domingo, octubre 16, 2011

Las institutrices de la cumbia

Puebla
Llegamos bien noche, en un Estrella Roja, vimos una película rara en el camión, escuchamos un poquito a Javier Ruibal. Esperamos mucho rato en la estación a que viniera M. por nosotras y escogimos un hotel caro. M., ese poblano güero y alto que le regateó al taxista para que nos llevara a un hotel del centro. Luego buscamos un sitio para cenar, hacía mucho calor y estaban muy oscuras las calles. Comí carne y vomité como cerdo toda la noche. Tu primera ingesta de carne en años y tus posteriores vómitos. Sí, la pasé mal en la noche y después fuimos a Cholula también en taxi regateado a un bar todo feo. Primero a un bar feo, ahí tomamos un tequila infame, y luego a un bar chulísimo donde tocaba una banda de jazz y el baño estaba atiborrado de gente y mientras tú vomitabas yo canté una canción con un chico que estaba apoyado en el lavabo de señoras con una guitarra. Y dijiste que íbamos vestidas de institutrices de la cumbia. Íbamos con faldas con forma de trapecio, blusa y rebequita. Recuerdo que yo iba de malva, morado y colorado y tú de negro, verde y vomitado. En la planta de arriba ponían cumbia. Me sacó a bailar un señor autóctono con barba y aspecto de revolucionario. Y tú fuiste a mendigar hierba y no me diste ni un poquito. Y bailamos las dos juntas, nos miraban muchísimo, y me dieron más mota y nos regresamos. En el camino de regreso de Cholula me enseñasteis a decir echar el caldo y rico caldo amistoso y pasión sin arrime. Apenas fui a Cholula y es más bonito de día. Debe de ser, hay un poema famoso de ese lugar que dice Cuánto es bella la tierra que habitaban, los aztecas valientes. Y al otro día nos encontró casualmente M., después fuimos a comer cemitas y helado. Helado de mango con chile, casi me desmayo del gusto. Habíamos estado paseando por todo Puebla como turistas. Compramos muchísimas tazas. Yo me había comprado también ese vestido color madreselva tan bonito porque creía que iba a vivir en el campo. ¿Te acuerdas que antes de eso fuimos al cafecito? Café de Celia. Comimos cosas riquísimas, nos hicieron tortas con amor y aguacate. Estaban paiques. No podía pagar con tarjeta, menos mal, si no estaría cargando con aquellos malditos platos de Talavera. ¡Malditos y sensuales platos! Luego fuimos al hotelito. De ahí fuimos a la Terminal. No, no, fuimos al otro hotelito barato de las colchas con pagodas donde nos habíamos mudado y estuvimos tiradas en la cama después del helado. Y luego fuimos a comprar dulce de camote y albureamos con M. Y fuimos a las Pasitas a tomar licor de pasa. Sí. Tú mucho, yo poco. Y vimos una casa con garzas o algo así. Me había olvidado de esa casa abandonada con las garzas de piedra y las puertas claveteadas. Y luego sí fuimos a la Terminal, ahí tú seguiste vomitando y yo bebí tequila. Pero antes fuimos a cenar esas cosas fritas, cómo se llaman. Molotes. En Antojitos Acapulco, 5 Poniente, el único lugar que tengo apuntado en mi cuaderno para poder volver. Y ya cantaste en ese lugar y el mesero le coqueteó a M. y después vomité y alguien me prestó su bici y anduve en bici. Mientras tú ibas en bici yo me besuqueaba en el Zócalo. Sí, yo me di cuenta. M. no pudo andar en bici porque estaba muy borracho. ¿Cómo era aquella canción que cantabas en la ducha? El otro día la vi en el apartamento, el otro día la vi y me puse menso. Nadie tendrá mi suerte de conocer Puebla de la mano tuya. Al día siguiente fuimos a desayunar huevos rancheros y chocolate en jícara. ¿Te acuerdas de que sonaba todo el rato José José? Ajá. Y yo cantaba Espera, aún la nave del olvido no ha partido. Luego nos subimos a un autobús y sonaba cumbia y veíamos todo Puebla: sus casitas feas, su parte acabada. Me dio una fiebre americana, me quería cruzar todo el continente en autobús. Me acuerdo de una canción del camión con muchos metales, era salsa pero como con trompetas, saxofones, todo, muy de amor. Estuvimos moviendo los hombros con la canción, luego bajamos y había puestos de discos y zapatos y de todo y en cuanto te ayudé a bajar del camión aprovechamos las manos tomadas y bailamos.

lunes, octubre 10, 2011

Cuando yo vivía en Uzbekistán

¿Conoces el arroz Plov? Se hace con cordero. En Uzbekistán los que cocinan son los hombres, las mujeres hacen las faenas del campo. En un hoyo en el suelo preparan carbón de leña y ahí encima, a la distancia apropiada, colocan una olla de cobre donde cocinan el arroz con el cordero, cebollas, zanahorias y esa fruta naranja de la familia de la ciruela que no me acuerdo cómo se llama en español. Albaricoque. Damasco. Utilizan muchísimas especias. Todo cortado chiquito porque comen con los dedos. En Uzbekistán el dueño de casa al invitado le pone la comida en la boca, y como se bañan dos veces en la vida, cuando nacen y cuando se mueren, imagínate esas uñas. Eran tiempos de guerra y yo tenía hambre, pero cuando me vi aquella mano metiéndome la comida en la boca, estuve vomitando una semana. Pero era delicioso. Yo era chica y no entendía de cocina, no recuerdo bien cómo lo preparaban, sólo que me gustaba mucho. Recuerdo el olor de la grasa. Los corderos acumulan la grasa en la cola, esa bola blanca redonda es la que utilizan para cocinar el arroz Plov. Recuerdo aquellos dedos, como unas pincitas. En mi boca.

miércoles, octubre 05, 2011

El Ruso

El Ruso. Chaltén
Hay, siempre, en el camino, cuando uno se cae (lo cuento cada vez que me pasa), desconocidos que no sabes quiénes son ni de dónde salen que te salvan el alma en lo peor de los abismos, que se agachan a recogerte el pañuelo caído y te sostienen de la mano un rato hasta que puedes seguir, empotrada en ese desprendimiento gratis total escupido a la corriente del mundo. Cuando estás acompañada y te abandonan o cuando estás sola y te abandonas, llega la Verónica y estampa tu cara contra el paño, te sonríe y te convence de que se puede, aún se puede, seguir y encontrar pepitas de oro en el lecho del río que justo cruza el pueblo al que acabas de llegar. Y esta vez a mí me llegó el Ruso. El Ruso que te guarda la maleta, te deja que le cebes unos mates, te tachonea el plano de la ciudad, se encarga de abrirte el embozo de la fe en el mundo, te limpia las botas del corazón, te da tus veinte minutos de llanto y tu noche de sueño y luego te suena los mocos y te suelta al planeta de una nalgada. El Ruso al que cuando le pides que te desee suerte te contesta que a ti no te hace falta suerte. Ruso ex machina, bendito seas por interponerte en el camino en la manera contraria a esas nubes ramas que me taparon el bosque Fitz Roy.

jueves, septiembre 29, 2011

Erinnerung

Esperas, esperas lo único, lo grandioso
que enriquezca tu vida,
lo poderoso, lo fuerte
el despertar de las piedras
la profundidad abierta a tus ojos.
Sonámbulos en el estante,
los tomos en oro y marrón;
y piensas en los países atravesados,
en imágenes, en los vestidos
de mujeres ya desaparecidas.

Y de repente lo sabes: eso era.
Te levantas y delante de ti
está el miedo, la imagen y la oración
de un año pasado.

viernes, agosto 05, 2011

Como el agua también vuelvo si quiero con mi canto de siempre

Chaltén. Chocolatería
En los pueblos patagónicos aún es fácil ver cuáles son las casas de los que llegaron primero empeñando el alma, con sus tejados de chapa a dos aguas o de tejuelas de quebracho ennegrecidas, maderas cortadas a serrucho y clavadas clavo a clavo con un único martillo, casas con planta de arriba sustentada por troncos sin pulir clavados en la tierra y ventanas selladas con masilla, casas tan fáciles de distinguir en su primitivismo como los emprendimientos de los vivales que venden como auténticas las mismas tiras de bombillitas sofisticadas que cuelgan en sus locales desde los cerros de Valparaíso al Barrio Gótico de Barcelona pasando por San Telmo para que los que vienen de lejos se sientan a salvo y en lo limpio en teterías, restaurantes y cabañas de diseño, lejos de las carpas, las mesas de madera sin barnizar y las estufas a carbón de los que pagaron derecho de suelo para que existieran las Angosturas y los Chaltenes que ahora fotografían ufanos los que guardan en el cajón del cuarto de hotel su billete de vuelta a casa, esas casas sobre las que no soplan los vientos patagónicos ni las amenazas que soplaron sobre los que se atrevieron a vivir su vida sin seguro ni anclaje ni goretex.

sábado, julio 30, 2011

Mermelada de quinotos

Receta no apta para impacientes
Arrancamos quinotos de su árbol, aproximadamente unos dos kilos. Los lavamos bien con agua fría. Apartamos medio kilo para confitar en subsiguientes tardes invernales.
En una cacerola grande hacemos bullir una salmuera. Echamos los quinotos en ella durante un par de minutos para quitarle amargor a la cáscara y para darle el toque chic Brillat-Savarin. Colamos las frutas y las dejamos sobre un trapo limpio por favor para que se sequen. Luego habrá que cortarlos a rodajitas muy finas apartando las semillas y conservando el jugo.
Colocar estas rodajitas y su jugo en una cacerola junto con la mitad de su peso en azúcar más un puñadito de propina. Revolver y tapar. Dejar macerar unas cuantas horas.
Hay que calentar esta mezcla a fuego muy lento durante el tiempo necesario y desconocido para que se cueza la fruta y se espese el jarabe, revolviendo de cuando en vez y sacando de la cacerola las estrellas blancas que forma el mesocarpio cítrico y dejándolas soltar el dulce que se robaron sobre un colador.
Cuando esté hecha la mermelada guardar en botes bonitos de cristal. En la medida de lo posible, ingerir o regalar.

viernes, julio 29, 2011

Esto luego me lo escribes

Podría contar un montón de cosas. Tengo los cuadernos cargados de notitas, el corazón extenuado de notitas, la memoria muerta de miedo de no ser capaz de ser industria conservera de tanta notita. Tengo varios encargos de contar cosas que mientras nos estaban pasando me pedían "luego esto lo tienes que escribir". Tengo un México que abandoné esperándose detrás de la puerta a que yo lo pueda poner en palabras. Me tengo a mí, destrozada o anonadada o hecha cachitos, al otro extremo del continente, perdida como el barco del arroz, no sé si como siempre o más que nunca, centrada en el viaje que elegí como contrapartida a los desagües y sin querer el viaje, sin querer contar, sin querer hacerme bolita o no hacerme bolita. Pasaron cosas hermosas y pasaron cosas feas, como siempre en los viajes (y decir los viajes es ya decir mi vida). Me pasan las cosas así ya con estarme quietita sentada sobre la maleta, en las estaciones o en los aviones que me bajan en Panamá, en los bares y al caminar por las calles  desconocidas que sin embargo muy rápido me pertenecen porque me invento una de mis vidas posibles sobre ellas, porque en seguida me saco de la bolsa la arquitectura portátil de mi vida y la dispongo alrededor de mí y las ciudades, porque ya distingo a un golpe de vista dientes y colmillos y algodón, porque el miedo mío viene a ser que algún día tenga que desmontarme lo portátil y permanecer.
Pero sí, podría contar y contaré a borbotones, ornaré todas mis notitas mexicanas, intentaré encontrar en mi maleta ese mantelito mexicano por el que regateé para ponerlo debajo del Buenos Aires desde el que ahora invento de nuevo otra contable vida portátil.

jueves, julio 21, 2011

El mundo necesita que estés bien

Cuando te desmoronas los cachos por dentro porque aspiras a la excelencia y ni la tocas, ni la rozas; cuando no eres capaz de darte el permiso para dejarte caer y te atenazas el alma hasta lo alto; cuando te detestas las maneras y sin embargo en vez de enfangarte en tu cochinería buscas treparte hasta los campanarios. Cuando crees que te ganarías tu derecho de llorarte un poquito y sonarte en la batista si pudieras contar una historia y aún así ni la cuentas ni te deslizas hacia los fáciles olvidos químicos de los otros. En esta casa el hambre pureza lo conservamos a un lado del mantel y sólo lo sacamos cuando estamos al borde del peligro de muerte, cuando cada minuto que pasa se nos asfixia otra magia, y aún así en las urgencias tenemos el cuidado parsimonia y el amor detalle de tostarlo un poco y colocarlo en la panera con el mantelito ornado de encaje antes de masticarlo despacito y con él formar esa miga con la que nos atragantamos a solas. Recuerdo un tiempo en el que yo era una chispa, así me muriera por dentro. Y aseguro que en cada día de mi vida hubo al menos una muerte por abrasión dolorosa. Y maldigo ese cada día de mi vida en que hubo al menos un chisparazo asesino y un agachamiento mío de cabeza. Pero aún así yo era algo vibrante de mirar, ahora me ahogo mate. ¿Alguien sabe lo que es ser yo? Este día tras otro día sin paz, este día tras otro de vaivén y de infierno y cielos sucesivos. Ni un día completo sin daño, ni un día sin retorcerme el brazo con mi propia mano. Me muerdo todo, de un segundo al otro, me asesina mi incapacidad de juntarme con los otros, mi implacable implacabilidad. Dentro mía hay sudestada continua y grabada a fuego la obligación de seguir cueste lo que cueste, cuando lo que quiero es claudicar y dejarme descansar en el centro de la tierra, dentro muy dentro de un agujero cavado con la boca. Descanso, descanso, pido a los gritos, cuando el descanso bien sé que no lo encontraré en ninguna parte. ¿Cuál será la soga que nos salve del ahogo y del sin brillo? ¿Será verdad lo que dice Ernest de que con el trabajo bien hecho uno se puede dar un tregua en el abrume? Una tregua tan minúscula como un standard de escenario. Cuánto te puede durar un It's alright with me. Cuántos años te puede tardar un libro entre los dedos. Y aunque es bien de cierto que esos derrumbamientos previos al esfuerzo de decir cantado o por escrito son mucho más terribles y más hermosos (porque luego florecen por dentro y les salen los frutos para el afuera) que los otros, los de serie, los marejada de existir mucho para luego pudrirse, qué madrazos hasta llegar a esa bendita inercia de cambiar el dolor de ser por el dolor de crear. Que alguien me entregue el látigo Capote, se lo cambio por mis frozen daiquiris de vivir.

miércoles, julio 20, 2011

Lo que dice Manu que lea

Felisberto Hernández
Alberto Laiseca
Kjell Askildsen
Hebe Uhart
Marosa di Giorgio
Ana Cristina Cesar
Paulo Leminski
W. G. Sebald
Muriel Spark
Carson McCullers

miércoles, julio 13, 2011

Intento inútil de ennoblecer un pollo

Picar cinco dientes de ajo y mezclarlos con una cantidad generosa de estragón y romero, un puñado de sal gruesa, una cucharada grande de miel y medio vaso de vino de Oporto.
Disponer un pollo entero limpio y adobarlo con la mezcla anterior por fuera e introducirle en el interior medio puñadito de pimienta negra en grano, almendras picadas, unas tiras de panceta ahumada y dos cucharadas de miel.
Colocarlo en una fuente rodeado de cebollas y manzanas en cuartos y regado con aceite de oliva.
Introducir en el horno hasta que esté dorado por ambos lados. Echarle caldo de vez en cuando para que no se seque.
Comérselo con la íntima conciencia de estar estropeándose el alma por alimentarse de semejante animalucho inmundo. Para la próxima, repetir la receta con un faisán.

Esa hora desnuda de cantos en la ciudad

Cristián extrañaba secretamente sus amores confiados, distantes y distintos. Era tan fácil confiar en lo que no le importaba demasiado. Esos amores de confiterías, de esquinas de almacenes, de playas, que no le robaban nada, ni sus paseos por las mañanas al sol, ni sus horas vacías, ni la soledad que lo llevaba a tientas al lado de los demás seres, ni las visitas a casas de sus primas, ni la generosidad divina del tiempo, ni su desgracia de estar siempre solo.

Los trenes abiertos de Latinoamérica

Por qué aquí descubro una vocación verdadera de viajera. Por qué aquí en el último vagón del tren que va a Bahía Blanca, a oscuras de esas lámparas que tenues se encienden de cuando en vez y dejan ver el moho acumulado en la pantalla, con el olor a alcoholes pegados a la ropa y a hacinamiento y a sillón roto y a peleas a los gritos, con las ventanas que malcierran en pleno invierno bajo las persianas metálicas (yo llevo la mía subida para que entre el sentimiento campo y lo que entra es el frío de julio por el cristal roto), con las niñas despeinadas y sucias y los niños jugando en el piso como bultos en la sombra, Divididos sonando muy alto en el celular de mi compañero de banca (milagro bendito que no sea cumbia) mientras el viajero de delante, hermoso adolescente mugriento que ha aguantado estoico los embates de su madre borracha sentada al frente, le pide que lo ponga más alto. Y al recorrerme el tren pasando por las plataformas intermedias llenas de hombres que fuman y me dicen cosas, llegar al vagón supuestamente restaurante con sillas de madera verdaderamente de cocina para buscar al guarda y pedirle que me dejen bajar en Abbott y cambiarme a un vagón que tenga luz luz luz en el alma para poder leer los cuentos de Silvina, me conmueven estas cosas de estar viviendo lo inesperado, ese sentimiento de plebe, la cotidianeidad miserable de la que otros no pueden escapar y por la que yo ando de turista. Esta barrera que yo atravieso hasta otro vagón donde sí hay luz y no bancas corridas donde se sientan tres o cuatro personas o la madre borracha para reconciliarse con el hijo adolescente le pasa la botella de cerveza, este paso que puedo dar yo y no pueden dar los otros, la perra conciencia de clase que sólo te crece cuando te pasas al otro país del país, al país deterioro de lo pobre de Constitución, a esa arquitectura vestigio de lo que fue carcomida por el hambre y la estética del billete de dos pesos pegado con cinta. Y en el tren cochambre donde estoy y del que bajaré vuelta a ser Saulo, este tren donde los números de las butacas están pintados con rotulador sobre las paredes de madera, entre los percheros atornillados donde colgar los abrigos y las bolsas de plástico, donde los de clase preferente no saben que su preferencia es perfectamente risible y desde la que ignoran los vagones del fondo, donde pasa un mozo preguntando si quieres reserva para la cena, como si esto fuera el Orient Express y no Ferrobaires, sé, como siempre sé, que estoy del otro lado, aunque no llegue al otro país del país de Cabello y Canning, aunque viaje en este tren o recuerde el autobús mexicano que nos llevó con cumbia con banda de metales puesta a un volumen que nos hacía bailar en los asientos aún en contra de nuestra voluntad, las ventanillas bajadas al calor y al clima desnudo, Araceli y yo bajando los escalones empinados bailoteando hasta la calle siendo extranjeras, estoy de otro lado. Y eso duele. Y eso es un alivio.

sábado, junio 25, 2011

La cáscara pendiente

Hay hombres a los que realmente quiero mucho y me gusta que me acompañen todos los días de mi vida y que vengan conmigo de viaje y a quienes dejo perpetuos que me hablen. En ellos me mido la cordura y en ellos me mido la desesperación y en ellos me miro el daño y en ellos me mido el goce. Hay hombres que son los hombres a los que realmente quiero y ante los que me siento en secreto florecer; lo no compartible mío lo esparzo en ellos, y delante de ellos que son mi espejito mágico ante el que peinarme la hermosura me vuelvo espejo, y ante nadie que no sea ellos puedo sacarme mi hermetismo desnudo porque desde pequeña me acostumbré a que mi única patria fueran ellos, el sitio donde no tengo que verbalizar nada ni demostrar ser nada, porque ya ellos me notan las cosas en sus propias frases. No puedo serme comprendida en ninguna otra parte que no sean ellos, no puedo sentirme a salvo en ninguna otra parte que no sean ellos, los ojos que me crecen cuando camino por fuera de sus libros me crecen para servirme mejor dentro de sus libros. Y si no encajo en los días verdaderos de los otros es porque sólo encajo en los días falsos de los ellos, y si no soy capaz de no agotarme en la confrontación es porque nunca me exhausto de confrontarme a mis hombres que siempre de la misma distinta manera me cuentan las mismas distintas cosas porque cada vez es distinto el alcance de mis mismos distintos ojos, esos ojos que tengo para ver lo que ellos vieron. Hay hombres que siempre quise ser y no pude, y por eso me dedico a quererlos y procurarme un alma ensuciada pero alta para llegarles al pie. Quiero a Canetti de una manera muy parecida a la manera en la que quiero a Musil o a Thomas Mann. Quiero a Onetti y a Conrad de maneras contrarias y yuxtapuestas. Quiero a Hemingway y a Borges de maneras yuxtapuestas y contrarias. Quiero a Aleixandre y a Hernández y a Pessoa y a Tuñón y a Rimbaud y a Whitman. Quiero a Dostoyevski, a Bulgakov, a Pushkin y a Gogol, a Witkiewicz y a Schulz, quiero a Bolaño, quiero a Knut Hamsun. Y por encima de todas las cosas, amo a Kipling. Y todo eso que los quiero a ellos me impide querer a otro, encontrar en otro esa patria que encuentro siempre en los libros, ese sitio en el que ninguno de los hombres a los que quiero me pediría jamás que renunciara a ser siempre tan secreta.

domingo, junio 12, 2011

Lo apacible nunca desatormenta

Le doy la vuelta completa al Parque México de un extremo de Michoacán al otro porque de noche aún todas las calles me parecen pardas, le paso a la milonga primero por un costado y luego por el otro, me acojo a la extrañeza acogedora del tango sonando en el DF, refresca un poco bajo los árboles y me abrazo los brazos libres por fuera del vestido azul cobalto; y de pronto, realmente de repente, las luces chic de los restaurantes chic y el resto de las cuadras desiluminadas, o el verano americano o el puestito de los tacos me hacen acordarme de que verdaderamente estoy en México, de que tengo la llave de una casa mexicana como mía en el bolso, de que desayuno huevos rancheros o chilaquiles con café o chocolate caliente, de que pulvericé los límites después de andar llorándoles sus paredes, llanto peristalsis. México entero es el túnel de Real de Catorce, es mi propio parto de mí misma. Que venga derecho, me pido. O no le pido nada más que esté ahí afuera y que de cuando en vez yo me dé cuenta de contra qué veredas de qué país atentado contra sí mismo me ando, en las señales de los camellones de Nuevo León que advierten de los cables de alta tensión sobre tu cabeza como para que no disfrutes del paseo, o en los carteles del metro que enlistan con detalle los detalles de los abusos tocamientos a los que te pueden someter cuando entres al vagón, en esa continua ansia del país por anidarte al corazón una peligrosidad que luego sólo adviertes en los camiones del ejército apuntando metralletas en las carreteras de mucho más al norte o en los crímenes horrendos que llegan en eco desde ese mismo norte, mientras que el México mío son los mexicanos míos que cuando me saludan me dan un beso y me aprietan fuerte fuerte contra el pecho y después me llevan de paseo.

martes, mayo 24, 2011

El mundo reverdece si sonríes comiendo una naranja en Cuernavaca

El sol incandescente de amarillo, saliente de una nube perfectamente celeste; los bichos del día que ceden el paso a los insectos malditos picadores de la noche; aún pájaros que a esta hora están en silbo, antes de que la cuajada estrellada noche de los grillos polifonía ocho mil voces aparezca; aquel colibrí que libaba las flores Palabras de hombre (porque cuando las coges se desbaratan) y que me daría suerte, me dijeron; la perra de esa raza de perros desnudos de los aztecas tumbada a mis pies; la alberca agua y verdín; las macetas y jícaras de barro cocido enormes; las sillas de hierro pintadas de blanco; cualquiera de los verdes de palmeras, helechos, ficus, laureles de la India; los dos fanales amarillos en la noche; la mecedora con cojín igual de amarillo donde acuné al bebé y le canté las nanas hasta el sueño; la papaya naranja arrancada del árbol para el desayuno; los palitos de canela color canela que desmenucé en el agua para cocer el café; las buganvillas moradas, fucsias y naranjas; algo en la yerba que extraña noches garden party y señoras introducidas en vestidos de cóctel de los colores mismos de las buganvillas; lo que quedó vestigio azul del esplendor de las vajillas y azulejos; los grabados colores de Leticia Tarragó que tantos años llevo viendo de lejitos, colgados en las paredes; el cuadro de Gustavo Montoya con la niña azul cuya postal llevo en el bolso; los volcanes grises del cónsul Firmin.

lunes, mayo 23, 2011

Nadie puede ser amigo del que hace vivir a todo

Por ahora el DF son árboles y plazas con fuentes y veredas destrozadas y la calle Tonalá arriba y abajo, de noche los taxis en los que desde el asiento de atrás veo pasar semáforos y avenidas sin orientarme, bares donde mezcales o tequila y gente que me llama por mi nombre Loulou, los pies sucios renegridos de andar por ahí y las manos manchadas de tinta de la Waterman, el gato Misha ojos abiertos y maullido cuando llego a la casa, el olor a libros cuando paso por delante de las librerías de viejo, el olor a tortillas, frijoles o salsas al pasar por delante de los puestitos de tacos o las cantinas, as gorditas envueltas en papeles de seda de colores, las señoras aindiadas que venden dulces enchilados, el submundo subterráneo del metro donde saco el abanico para no soponciarme de calor o de sulfuro, el intento de calcular las distancias en minutos, aprender palabras, manejar albures, las enormes casas de estilo californiano, los taxis Escarabajo pintados de granate y oro sin asiento de copiloto y con la portezuela amarrada con una cuerda, el estampado de las servilletas de El Péndulo, contar cuadras para no perder el camino de vuelta, andar sujeta a las perpendiculares y las paralelas, la falta incomprensible de persianas en las ventanas, el añil exacerbado de muchas paredes, el rosa mexicano de las oficinas de correos, los enrejados increíbles, el Tokio Polanco, el Criollo Coayacán, los crucifijos de madera colgados en las lunas de los autobuses, los altarcitos a pie de calle, los amarillos y rosas abigarrados de los bordados de los puestos, los aparcacoches uniformados (un día tres al sol, uniformados igual, sentados en sillitas de plástico), la mercería minúscula donde no vendían hilo negro pero sí granate y violeta, el modisto que me pidió que me probara el vestido de su maniquí alabándome la cintura de junco para amarrarme el lazo de raso negro alrededor en el nombre de todo México.

domingo, mayo 22, 2011

El jardín Pushkin

La casa añil y los columpios con forma de hipopótamo, el busto de Pushkin con la cabeza de lado, ofreciendo jocoso su perfil (nunca lo había visto tan contento ni tan mulato), los parterres descuidados como si el jardín hubiese sido jardín hace sesenta años y luego lo hubieran abandonado, la vitrina donde a la Virgen la cuidan San José y un campesino (por qué seguiré escribiendo estas cosas con mayúsculas), los hombres jugando a la pelota con la gorra puesta, la panadería enfrente sobre Cuauhtémoc donde compro levadura, los bancos colados inhabitables pero tan preciosura en sus colores devastados de construcción y en su barrido de hojitas caídas de los árboles, el mercado de hoy donde compré tortillas de maíz y tortillas de maíz azul y chicharrón frito y un señor que vendía yerbitas al pasar me dijo su bolsa va muy vacía y me alargó una ramita de algo que olía a verbena, que sea Álvaro Obregón hasta ahora la médula que me sostiene el México, que ande yo caminándome México bien sostenida la cadera por los vestidos con los que llené la maleta, que sea Пушкин el que me da la bienvenida.

domingo, mayo 15, 2011

La realidad sin pasar por el tamiz del celuloide

Los troncos torcidos de los árboles profusos, ese sentido de las cosas que están pasando mientras están pasando, esa vez de esta noche en la que dentro de una furgoneta el chófer asistente enfermero secretario amigo hermano del dueño del burdel nos recorre las calles del DF con la música muy alta (te vas te vas te vas pero de alguna manera me habrás de recordar) y apoyada en la luna obligatoriamente subida ves los puestitos abiertos en las veredas a cualquier hora del día o de la noche, ves ese mundo desordenado y sin reglas, sin permisos requeridos para colocar mesa, sombrilla y fiambreras para venderte comida innoble, las bombillas colgadas de los árboles salvajes, las calles muertas o ruidosas por cuadras, los hombres gordos y las mujeres entaconadas subidas a un vértigo, yo envasando los recuerdos para luego, cuando ya haya pagado el derecho de ciudad y sepa cuáles son mis calles y cuál la salsa de mis tacos, yo agarrándome a las cosas únicas que pasan sólo una vez, agarrando de los pelos al espacio México, llegando al burdel, sentándome en los sillones tapizados con una tela que es un horror, mirando a una hermosura deslavazada desnudarse despaciosamente agarrada a la barra metálica con un asombroso hasta las lágrimas Frente a frente de música de fondo, sorbiendo mi tequila, trepándome al vaivén del absurdo de estar ahí, en un poco convocador de sensualidad burdel mexicano, frente al dueño enfrascado en un sillón igual al mío, con su guayabera blanca y su cordón de plata al cuello, viéndolo cómo posa con actitud de propietario la palma de su mano en los muslos de las chicas que lo saludan y le cuchichean en el oído al pasar encima de sus tacones increíbles para luego ir a sentarse con los clientes a charlar durante horas cual geishas desvestidas muy venidas a menos. Y luego cuando salimos a la calle que arriba la luna gorda y amarilla entrevista a través de trescientas toneladas cúbicas de smog sea la luna que se encamina a ser mi primera luna llena mexicana, la vomitadora de promesas de posibilidad a manos llenas, de la vida de la única forma en que la entiendo: sensual y lenta subida al escenario mostrándose, queriendo que yo le coloque la mano en el muslo ganadera y la vuelva mansa para no tener que acompañarla en sus desmanes.

sábado, mayo 14, 2011

Loulou dans le métro

Estoy entrenada en el empeño, desde ese lugar me sonsaco mis agobios; en el centro del intento pataleo para dejarme escapar, no me dejo sin embargo, así que ahí voy, sujetada por mí misma, dentro de mi vestido Jackie O. azul cobalto y levantada once centímetros en mis tacones, subida al vagón de mujeres segregadas, sabiendo que seguramente estoy yendo en sentido contrario, siguiendo adelante hasta donde tenga que ser, pura rabia y de puritita rabia. Y como en todas las ciudades de la tierra conforme se va avanzando en las paradas cambia el pelaje de los pasajeros, yo, que voy disfrazada de lo que no soy, con la consciencia nacida de tener el color de piel que tengo, de ser la güera minoría, de parecer alta con mi cochino 1,62, llego a la Terminal Cuatro Caminos mordiendo una paleta de cereza y sabiendo que seguramente estoy en un lugar que no le corresponde a mi vestido. Le pido al policía que me susurra señorita cuidado con su bolso que me abra la verja para pasar al otro andén, entro a un vagón de hombres donde sólo somos mujeres otra mujer y yo, ella con una blusa desabrochada hasta el ombligo del mismo azul que mi vestido. De pie con la frente apoyada en la barra de aluminio dejo pasar las paradas con los ojos cerrados mientras sé que los hombres me miran, imposible no mirarme de tan azul, de tan poco la otra mujer, y siento esa oleada terrible de distancia entre ellos y yo; sé que ninguno me dirá nada ni se sobrepasará, mientras dentro de esa certeza me crece la equivocación, el anhelo de un escudo protector entre mí y todo esto que desconozco (los nombres de las estaciones de metro, la ciudad más arriba, las mujeres allá en el vagón de delante solas, maquillándose contra el reflejo de los cristales o haciendo crochet o limpiándole los mocos a los niños, contándose historias de hombres u horrores de las suegras, o sólo estando ahí, cansadas o felices o cargadas de bolsas), mientras yo le lloro a Europa tan recatada y recalcada en sus consignas, tan comme il faut, hasta que aterrizo en San Ildefonso donde esa misma Europa si evoluée, amarrada a sus trayectorias teminales, con la voz de Annette Messager asegura que en París los machos condescienden a su obra que llaman doméstica, y me pregunto, mirando frente a frente La Creación de Diego Rivera, pintor macho, hacia dónde destilar ese milagro del sexo por ocurrir, esa carnalidad que en el amor es asfixiante y en el no amor es asalvajadora y en los vagones de metro o en las calles desconocidas es un miedo a que te sonsaquen por la fuerza de la mujer acogedora que se entrega y que pide hasta transformarte por la fuerza en un guiñapo en un mundo aparte, el mundo infierno de la posesión por encima de tu voluntad, frente al mundo inquietantemente pedidor de sumisión de Messager o Klossowski. Dónde estamos. Dónde estamos cuando nos miran hambrientos los hombres desconocidos. Dónde estamos cuando nos mira hambriento nuestro bienamado. Cuál es la diferencia entre desconsentir y prenderse, cuál es la diferencia entre la voluptuosidad y la violencia. Oh, no, señores, no es el amor, es la alegría.

viernes, mayo 13, 2011

El verbo deparar sólo puede utilizarse en momentos así

Desde el avión fui llegando al DF encapotado; vi las montañas, me pregunté si alguna vez sabría sus nombres, si estaría aquí el tiempo suficiente, el adentro suficiente como para distinguir unas de otras. Vi casitas bajas de color cemento o de color colores, y ésa es la imagen que pudiera quedarme para siempre, junto con la de cada vez de aterrizar con mi maleta verde en otro aeropuerto y empezar a encajar idiosincrasia nacional desde los carteles o los señores que te sellan el pasaporte, desde la carretera que enfila hacia el amor de los que te acogen los primeros tiempos, desde el precio de la gasolina o del café, desde la forma de las tazas y de la forma de llamar a las tazas. Llego a México con alfombra extendida bajo los pies,con todo el espacio del mundo delante, con todo México adelante y por una vez con ninguna puerta cerrada detrás. Aterricé en México con todos mis arrebatos engrasados, pero en calma. Aterricé con todas las intenciones de no tener intenciones, pero volitiva. Montañas, aprenderé vuestros nombres. Lo mejor es que estoy segura de que vosotras os aprenderéis también el mío.

domingo, mayo 08, 2011

Los real visceralistas

Hay un sistema dramático mexicano en el que se entra de cabeza al aterrizar en el país, dicen, me imagino que fracasaría si intentara resistirme a esa corriente que algunos mexicanos se sacuden de los hombros diciendo que es heredada de Buñuel, más yendo yo cargadita de regalos trágicos. No sé qué me espera pero me imagino quizá demasiado color y cosas torrefactas, vidas que dejen perennemente dentro de su asombro a dios todopoderoso y a su hijo José Alfredo, un mundo Los detectives salvajes, horas de luz y ruido, un país entero nuevo para zapatear, carreteras y caminos y mares nunca en calma, mexicanos con los que voy a querer mucho, la religión del tequila y el mezcal, la muerte en cada calle. En el cambio no está el trastorno, está la decisión de dejar abandonado el trastorno dentro de las cajas de mudanza y buscarse un campo desastrado que arar y roturar y llenar de campanillas. El traslado es el post trastorno, y si me busco la ciudad más abrumadoramente ciudad quizá sea para convencerme de que si no muero en el intento de intentar que me entren todos los Méxicos por los ojos, después de mi vuelta al país en 150 días, me despediré del mundanal mundo y me dedicaré a cultivar mi jardincito y dejar que vengan a visitarme todos esos a los que yo llevo años yendo a visitar.

Entrego ao vento os meus ais

Es la hora en que las lagartijas salen al último solcito de la tarde, a mi paso por la acera barro cocido y mármol corren corren a esconderse entre los parterres de los chalets. Vengo de sal hasta la boca y el pensamiento, conforme se me va secando el pelo enredado al sol en mi paseo me caen en los hombros los granitos sílice que llevo de haberme acostado en la arena seca recién salida del agua. Helada. Nadie entre el celeste del cielo y el azul petróleo del mar, más que yo y el pescador con sus dos cañas, nadie en el límpido del viento cortante que me deja ver las cúpulas de la Catedral allí hasta Cádiz y la Alameda desde donde yo misma sentada en mi poyo de piedra podría estar mirándome. Éste siempre es mi sitio entre los paréntesis de mandarme cruzar los océanos o las europas, estas tardes de primavera u otoño que me paso sola ante el mar sin medir lo que vendrá o lo que fue, sólo quieta parada en la playa de cuando era chica, sin ver camino adelante y sin ver camino detrás, sólo acurrucándome ante esas aguas que me han revolcado o acogido calmas en todos mis años, sólo queriendo quedarme hasta que el sol empieza a ponerse para caminar todo ese paseo de vuelta hasta la casa de mis padres donde todo anda siempre en sombra, donde casi siempre me conservo en sal y arena hasta bien entrada la noche para recordarme en brazos y piernas mis horas de playa recogida detectives salvajes o fantasma de Harlot dentro, siempre los mismos libros para bucearme ahí sí los cambios de talante o el alcance profundidad de comprensión, siempre los mismos renglones y las mismas frases donde me reencuentro con la yo inalterable de siempre, siempre esos mazacotes que me pesan luego en el hombro los cuarenta minutos de camino hasta la casa, siempre yo con los anhelos tan acabados que da pena verme en mis arrastres enganchada a esos bueyes que desean por mí, que avanzan por mí, que me guardan de mis corrientes que laten por debajo de todo, que me protegen contra esa sangre que me ahogaría tranquilamente en el mar sujetándome la nuca. Siempre yo sola eligiendo mi manera de convertirlo todo en cachivache, siempre yo rescatadora de trocitos, luz que se mata, grandilocuente en mis valentías, minúscula como me vuelvo en lo cobarde cuando el miedo a estar torcida me puede, hasta que llegan mis bueyes y me enganchan a su yugo y tiran de mí y me llevan tierra adentro, a otros lugares donde el ruido me entretiene un rato, donde los fuegos artificiales decepcionantes que soy hermosean los cielos de los otros. Un rato. Ese rato. Una paz dentro de las hecatombes, una yo más yo que se deja vivir y se olvida de sus dolores y te regala el corazón crecido en trastorno. Yo, esa cosa que de tanto serla se me cuela entre las manos aunque me permanezca dentro densa como carne de membrillo o guirlache años adelante. Y mi pie camina sin cansarse, mi pie de esa yo que, contra todo pronóstico, quiere seguir siendo yo.