martes, enero 11, 2011

Matadero Liniers o los europeos os morís por esas cosas


Bajar del tren en Liniers y cruzar la galería, bajar la escalera, ingresar en Latinoamérica, ese lugar donde los carteles de cosas que se venden proliferan en las aceras y tapizan las tiendas de celulares de segunda mano y las parrillitas de apariencia inmunda aunque incomprensiblemente acogedora, ese lugar argentino en el que las agencias de remises tiene una puerta en la que se arremolinan los chóferes sin mangas y te miran y te dicen al pasar, ese lugar donde hay dieciocho mil ramales distintos del colectivo 21 que hay que tomarse para ir hasta Vicente López, ese lugar en el que puedes comprar cosas que se comen a los carritos que pasan con sus botes dudosos de salsas dudosas  y riquísimas si llegan las nueve de la noche y estás atrapado en el trayecto hacia alguna parte. Y el cielo arremolinado con sus nubes argentinas que pueden llover hasta el estruendo o quedarse tranquilas deshechas blancas sobre tu cabeza y bajo ese sol que nos trastorna la vida y nos devuelve la vida.Y la ventana del bondi en la que te apoyas para verte pasar sobre las calles, las cuatro chicas que explotaban de adolescencia en la trasera de la camioneta roja, los puentes sobre la General Paz, Buenos Aires sólo tuya en sus miles de kilómetros desde lugar hasta lugar, tú tuya desde ti hasta Buenos Aires, el matadero Liniers gentil en sus trasmallos hacia todas partes.

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