domingo, febrero 27, 2011

Quedeshím Quedeshóth

Adiós, voz de Gonzalo Rojas
Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté
con una en Cádiz bellísima
y no supe de mi horóscopo hasta
mucho después cuando el Mediterráneo me empezó a exigir
más y más oleaje; remando
hacia atrás llegué casi exhausto a la
duodécima centuria: todo era blanco, las aves,
el océano, el amanecer era blanco.

Pertenezco al Templo, me dijo: soy Templo. No hay
puta, pensé, que no diga palabras
del tamaño de esa complacencia. 50 dólares
por ir al otro Mundo, le contesté riendo; o nada.
50, o nada. Lloró
convulsa contra el espejo, pintó
encima con rouge y lágrimas un pez: —Pez,
acuérdate del pez.

Dijo alumbrándome con sus grandes ojos líquidos de
turquesa, y ahí mismo empezó a bailar en la alfombra el
rito completo: primero puso en el aire un disco de Babilonia y
le dio cuerda al catre, apagó las velas: el catre
sin duda era un gramófono milenario
por el esplendor de la música; palomas, de
repente aparecieron palomas.

Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con
su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la
esculpían marmórea y sacra como
cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas
del puerto, o en Cartago
donde fue bailarina con derecho a sábana a los
quince; todo eso.

Pero ahora, ay, hablando en prosa se
entenderá que tanto
espectáculo angélico hizo de golpe crisis en mi
espinazo, y lascivo y
seminal la violé en su éxtasis como
si eso no fuera un templo sino un prostíbulo, la
besé áspero, la
lastimé y ella igual me
besó en un exceso de pétalos, nos
manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas
Cádiz adentro en la noche ronca en un
aceite de hombre y mujer que no está escrito
en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la
imaginación me alcanza.

Qedeshím qedeshóth, personaja, teóloga
loca, bronce, aullido
de bronce, ni Agustín
de Hipona que también fue liviano y
pecador en África hubiera
hurtado por una noche el cuerpo a la
diáfana fenicia. Yo
pecador me confieso a Dios.

domingo, febrero 13, 2011

Me muerden dos, aunque al primero le duelen sus propios mordiscos

Cómo se llama esa canción que suena atmosférica cuando te miran así. Así. Cuando estuvieron con reloj esperando que llegaras. Cuando cruzan las habitaciones o los bares o los salones para llegar a tu lado y decirte. Cuando te sientes hombros desnudos y fragantes aunque lleves jersey y bufanda. Esa canción a cuatro tiempos que sonar suena, la oyes, en los brillantitos de sus ojos y en esa apostura fingida de aquí no pasa nada, vine por casualidad. Tambaleo tembloroso debajo del esmoquin moral. Carcaj y flecha de nombre quiero y patrimonio de señor cegado contra la gacela despreocupada que lo ciega. Cuál es esa canción que suena cuando lo que más te gusta de un hombre es que le gustes tú a él. Así. Hambre. Así. Quisiera hacerte mía. Así. Te saco afuera y te aprisiono la boca debajo de la noche. Así. Con esa derrota suya aceptada de antemano, los ojos de mañana por la mañana, cuando cuerpo contra cuerpo él ya sepa que ha sido tocado, rendido y maltratado por tu manera y tu goce suyo de trasmano. Y siempre, él, sosteniendo la pose como gemelo en la manga, como flor en el ojal, como sombrero en la mano, hasta la próxima vez que se atreva a llamarte, cronometrados los días, hasta que se vuelva a permitir mirarte. Así. Dañado por tu sonrisa. Destrozado de deseo. En cuatro tiempos.

En el cielo las estrellas, en el campo las espinas

Desde acá que estoy tan lejos (y ojo que digo acá y no digo aquí), reconozco hambrienta cada signo que me llega tuyo, Argentina, y es un castigo sentirme tan de allá no siendo de allá (y ojo que digo allá y no allí), y aunque la mayoría del tiempo lo justifico diciendo que nadie, realmente nadie, es tan de allá como para ser de allá desde siempre, de generaciones y generaciones suficientes como para fabricarle mano blanca a la duquesa, siendo Buenos Aires ciudad de acogida y adopción de los perdidos del mundo, es injustificable bajo cualquier punto de vista ese amor desusado por las cosas argentinas y esa esponja interna que desde dentro me ha asimilado a la raviolada del domingo, a la prosa catastrófica y maravilla de Roberto Arlt o de Macedonio, o a ese primer gesto del día de poner la pava en el fuego para cebar mate. Vale que anduve con un argentino y que mi Gato es de Congreso, pero mi argentinidad viene de antes de que me cruzara el Atlántico, no sé de dónde, no sé si de ese pediatra porteño que en mis noches de alta fiebre infantil aparecía salvador para meterme en la bañera llena de hielo (método escandaloso en los ochenta para mi madre que me enterraba en mantas para que sudara) o de aquel bisabuelo del que heredé el azul del ojo y que después de yirar por Rosario, La Plata y Capital en la segunda década del siglo XX, se trajo para la sierra gaditana una nostalgia suspirante por el país que lo acogió que se nos trasluce en la familia en el uso de la palabra pibe. Lo que importa es que cuando Papic me dice que soy más argentina que el dulce de leche no puedo rebatirlo de ninguna manera: a los 20 años me paseaba por Europa con Tuñón en el bolsillo y quería que el Tata Cedrón fuera mi tío abuelo, copié a mano el cuento de la chica punk de Fogwill en unas hojas cochinas, he visto tocar a Charly en la Razmatazz de Barcelona y en el Gran Rex, lloré cuando murió la Negra Sosa, mis referencias a la pasión por el fútbol son robadas de Fontanarrosa, con una emoción indescriptible acompañé a Norita Cortiñas de Biarritz a Madrid en un viaje que algún día tendré que contar, sé del peso específico de divinidad que tiene el Diego, conocí París a través de Oliveira, el primer periódico que leo los domingos es el Página 12, hago chimichurri casero y las mejores tartas de jamón y queso del planeta, algunas de mis imágenes favoritas de la felicidad no pueden tener lugar en otra parte que no sea la Argentina: en la Pampa entre los trigos, encima de un auto en la ruta 40 cantando a voz en grito alguna canción de la Bersuit, saliendo del Museo en Defensa y Belgrano despeinadísima limpiándome las manos manchadas de tinta de imprimir en los Pampero, sentada al lado de las ventanas del Británico bajadas a cuenta de la primavera, en Confluencia Traful mojándome la nuca con el agua que cabe en mi mano ahuecada, en lo alto de una rama de un algarrobo cordobés. Para mí garantía de lo patricio es apellidarse Drago Mitre y no Gómez Acebo, y seguiré diciendo cordón de la vereda en vez de acera y siéndole fiel a Dolina a pesar de sus repeticiones hasta que me muera. Te evoco sin tango y sin folclore, Argentina, porque antes de verte ya eras otra cosa aunque también fueras Discépolo y Atahualpa, porque después de verte fuiste ese país enquilombado en el que aterricé y en el que tuve que hacerme un hueco sobre mi designación de gallega, y creo que no lo hice mal del todo. Yo que he tenido la presencia de ánimo o el atrevimiento o la truchez o el amor extinto por el que fuera mi marido suficientes para ser guía turística de Buenos Aires o mesera en Palermo Hollywood o escritora fantasma de cuentos infantiles, te digo que nos hemos querido mucho, Argentina, y nos hemos embroncado mucho, también, pero ahí seguimos, yo me sé tus fechas de floración de jazmines, amancays y jacarandás, los nombres de tus mejores vinos y las letras de Horacio Ferrer, y tú me tienes la Cruz del Sur para que le suspire debajo y a las familias Otegui, Franco, Valis y Otamendi que me acogieron como si yo fuera suya.
Los que vienen a casa y ven el Borges de Bioy sobre la mesa cual biblia anglicana, me miran ojipláticos siempre. Ellas porque piensan que mis inclinaciones argentinas son síntoma de que no superé mi ruptura, ellos calibrando si les servirá como marca de uno de los postes invisibles de la portería (los señores que me visitan no se caracterizan por su amor a la literatura sino por su amor a mí, eso lo digo en su descargo). Los que vienen a casa no saben lo que para mí significa cruzar Corrientes por Paraná, sentarme con Manu Obligado delante del club de pescadores de Mar del Plata, ser capaz de tirarle unas hermosas puteadas a un tachero que quiere pasearme de más a causa de mi acento o llegar a la una de la mañana a Castelar en el Sarmiento y que Gloria me esté esperando levantada.
No por haberme vuelto tilingamente argentina soy menos gaditana, al contrario, creo que me volví gaditana en mi exilio patagónico, amarrada a los pasodobles de Juan Carlos Aragón o al Ojos verdes de León, Quiroga y Valverde (que era porteño, por otra parte), o incluso a los discos viejos de Serrat que tanto escuchaba mi familia de allá. En Argentina extrañé España. Jamás, jamás sentí que echaba de menos lo que fuere, lo que hice fue extrañar, y en la adopción de esa palabra y de ese concepto de extrañamiento fue donde me volví argentina, y una vez de regreso a mi país verdadero me adueñé de esa nostalgia propia del porteño que se muere por volver con la frente marchita para poder seguir quejándose diciendo ¡qué país!

martes, febrero 08, 2011

Me gusta la gasolina

Suena. La cantata 6. Perro amor que explota. Mentirse. A la cara. Cruzar. La calle. Por el lado que no es. Morirse. En el metro. Deslumbrada. Por una frase. Apartarse el pelo. De la cara. Porque ya nos llega debajo de la barbilla. Desabrocharse. El abrigo. Que te abriguen. El jersey es tan azul. Arrastrar las botas. Sobre la gravilla. Mirar el busto. De Evita. Hace ya tres años. Aquí me vine a sentar. Cerrar. Los ojos. Que no nos los vean. Las cámaras. Amagar. Por la izquierda. Masticarse. Con esa intención. Abrir una puerta. Estilo His girl Friday. Perderse. Veinte segundos. Dentro del mundo. Afuera del mundo. Dentro del fuera del mundo. Tener boca. Bajo un dedo. Subirse. Al cordón de la vereda. El calcetín. Contenerse. Que te retengan. Sin embargo. Qué cielo hermoso. Sobre la estrechez de esta calle. Caminar despacito. Por el lado del sol. Rozar con la mano. La guardabarrera. Dame. Candela. Anchurarse. El adentro. Querer. Ser yo.

lunes, febrero 07, 2011

El amor, ese contrapunto a las muelas rotas, al hastío, al motor de gasoil

Un día tras otro día en que la fealdad del mundo te conmueve hasta el hueso. Un día tras otro día tras otro día en los que sólo ves pasar de los demás ante ti el desamor desinteresado desambicionado por vivir. Un día tras otro de raíces maléficas cavándote el cachito minúsculo de corazón que te quedó. Un día y otro día de mirarse en el espejo aquella mirada y no poder medirse la tristeza porque la tristeza se nos murió y hace rato que nos instalamos en la siesta de la indiferencia supina y hasta Madrid tierra de consuelo se nos vuelve feo. Y de pronto oh milagro, oh milagro repentino de dorados en el techo y butacas tapizadas de terciopelo, oh milagro de las palabras, oh milagro de gente que le mide al mundo la belleza en sus teclas semitonos y en la grandeza de las caídas y en el verbo. Oh milagro verbo. Oh milagro aria. Oh milagro Hemingway. Oh milagro Louise Brooks bailando y batiendo palmas. Oh milagro de tú mirándome hasta el fondo del ombligo de mi ojo, oh milagro de tú beso contra el diente, contra todas mis puertas y avenidas. Oh milagro de mandarina ofrecida a gajos. Oh milagro de las uñas de la luna sobre el Palacio Real. Oh milagro de manos y bondades y ganas de rajarse todas las telas. Oh milagro de los que son felices sobre un escenario o entre tus piernas. Un día tras otro de no encontrarse con la fuerza de seguir porque la fuerza de seguir sólo es capaz de alimentarse de pasos en falso y de cositas así, superfluas, caviares del alma, palabras, de otros que como tú desoportan los días tras otros días sin un arrancado de lágrima sensible, días sin paradas y sin fondas desde las que contemplar apoyados en la barandilla, hojas, unas piedritas, quince notas una detrás de otra que te arañan espalda abajo como tu mordida, como tu hambre de mirarme, como la cantata 6, como la Garbo en su fotograma, como una oscuridad que se hace antes de que todo empiece, en el teatro, una oscuridad promesa de otro lugar en el mundo, un lugar donde no existen los días tras otros días rellenos de lo feo de romperse de dolor porque nadie haya construido un biombo entre tú y el mundo que no te interesa, un lugar donde quede espacio para deshacernos y para que una catedral en si menor nos cambie el norte. Oh milagro tú.

Ven, hazme el día

Camino distinto Alcalá arriba debajo de mi abrigo, debajo de mi gorro, hacia a esa cafetería secuestrada de Buenos Aires y colocada en volandas en esta ciudad llena de bares y poco generosa con las cafeterías. Camino distinto debajo de mis guantes y entre todas mis caderas y mis botas hacia mi café expreso traído a la mesa con desgana, hacia mi tardecita de charla y muchacho inteligente y cálido, igual que caminé distinto Carretas abajo bajo distintos kilos de ropa sobre el vestido camino a ese bar secuestrado de Madrid y traído en volandas hasta Madrid su lugar de pertenencia, donde los fluorescentes y el horror del aluminio reinan sin recato a través de las grandes cristaleras, hacia mi bocadillo colocado en la barra con desgana, hacia mis calamares de turista y mi amigo preferidísimo, y sí, así caminé de distinto, igual que caminé distinto debajo de mi abrigo y mi leve vestidito Torrecilla del Leal abajo hacia ese bar lleno de espejos y sillas de madera y mesas de mármol con patas de hierro forjado en las que cuando metes las piernas te sientes encolegiada, enfundada en mis medias y del brazo del amigo hacia ese vino traído a la mesa con profusión de fingida felicidad camarerística, hacia la gloria del jazz que a veces está más en Ben Webster que en Dexter Gordon, hacia ese rato de estar contentos de verse, hacia esos ratos de señores a los que quieres y con los que hablas investigas buceas y por los que escalarías el Annapurna para conseguirles su antojo de fresas si lo tuvieren pero nunca lo tienen. Hombres sin competidores, hombres tuyos con los que te ofrendas horas o discos o enlaces o títulos y hacia los que caminas confiada y encaderada distinto muy distinto a como lo haces cuando vas hacia el patíbulo de la carne, entre los besos de los que te secuestran  te rompen las caderas te desvarían  atan desatan  dejan despeinada, hacia los que sería inconcebible arrastrar a cielo descubierto por Arenal, hombres competidores, hombres no tuyos pero tú sí suya en sus tiempos muertos, en sus orsais, mordida a los hombros de sus abrigos como perra ciega y desairada. Y me pregunto. Para cuándo. Para cuándo un hombre que me muerda y remuerda y hacia el que pueda caminar así, así de distinto.