lunes, febrero 07, 2011

Ven, hazme el día

Camino distinto Alcalá arriba debajo de mi abrigo, debajo de mi gorro, hacia a esa cafetería secuestrada de Buenos Aires y colocada en volandas en esta ciudad llena de bares y poco generosa con las cafeterías. Camino distinto debajo de mis guantes y entre todas mis caderas y mis botas hacia mi café expreso traído a la mesa con desgana, hacia mi tardecita de charla y muchacho inteligente y cálido, igual que caminé distinto Carretas abajo bajo distintos kilos de ropa sobre el vestido camino a ese bar secuestrado de Madrid y traído en volandas hasta Madrid su lugar de pertenencia, donde los fluorescentes y el horror del aluminio reinan sin recato a través de las grandes cristaleras, hacia mi bocadillo colocado en la barra con desgana, hacia mis calamares de turista y mi amigo preferidísimo, y sí, así caminé de distinto, igual que caminé distinto debajo de mi abrigo y mi leve vestidito Torrecilla del Leal abajo hacia ese bar lleno de espejos y sillas de madera y mesas de mármol con patas de hierro forjado en las que cuando metes las piernas te sientes encolegiada, enfundada en mis medias y del brazo del amigo hacia ese vino traído a la mesa con profusión de fingida felicidad camarerística, hacia la gloria del jazz que a veces está más en Ben Webster que en Dexter Gordon, hacia ese rato de estar contentos de verse, hacia esos ratos de señores a los que quieres y con los que hablas investigas buceas y por los que escalarías el Annapurna para conseguirles su antojo de fresas si lo tuvieren pero nunca lo tienen. Hombres sin competidores, hombres tuyos con los que te ofrendas horas o discos o enlaces o títulos y hacia los que caminas confiada y encaderada distinto muy distinto a como lo haces cuando vas hacia el patíbulo de la carne, entre los besos de los que te secuestran  te rompen las caderas te desvarían  atan desatan  dejan despeinada, hacia los que sería inconcebible arrastrar a cielo descubierto por Arenal, hombres competidores, hombres no tuyos pero tú sí suya en sus tiempos muertos, en sus orsais, mordida a los hombros de sus abrigos como perra ciega y desairada. Y me pregunto. Para cuándo. Para cuándo un hombre que me muerda y remuerda y hacia el que pueda caminar así, así de distinto.

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