jueves, marzo 31, 2011

Hisenda Miret Garnatxa

Me miro la sombra nocturna caminándose delante mía por Alcalá. En mi falda volandera bailándose en mi sombra me calibro balística el diámetro. Madrid de primavera me deja desabrochada y posible y con todos los edificios por lo alto. Hace dos días que me paseo Prim, Almirante, Barquillo al atardecer y me pregunto en qué otro Madrid he estado hibernando. Me subí al cielo del teatro y me enamoré del cachito de la humanidad que se disfraza y busca el artificio, toqué un timbre y me ofrecieron un trozo de sofá y me abrieron al vino y me acompañaron en los recovecos de buscarme. El miércoles y el jueves noche de los que llenan las mesas de los restaurancitos o de los que ponen un disco de June Christy para mí me desatan los pañuelos con los que me anduve atando el entendimiento y vendándome los ojos. Por una vez me medí la vida con el cazo de la sopa en vez de con la cucharita de café: mi oficio es la luz y cuánta momia anduve convocando. Ahora recién recordé que lo aclamable es lo bello y no triste y no el remuerdo, querida, no el remuerdo.

lunes, marzo 28, 2011

Hace siete años rompí un espejo

Estoy en el Passeig de Gràcia, sentada en uno de sus generosos bancos (Madrid se prodiga tan poco en su mobiliario), botas reposadas en las losas hexagonales que recordaba con motivos marinos y no, son espirales y estrellas y floripondios. Me recuerdo los pies que ahora andan ahí dentro del cuero de cuando esta tarde anduve probándome vestidos subida a unos tacones de esos que te crecen las piernas (mis piernas se prodigan tan poco en sus mostramientos). Me probé vestidos, decía, vestidos de celebrar y vestidos de ceñirse, vestidos de pretender y desesconderse, de enseñar espacios sabiamente, de brillarse por dentro y traslucir la tela. Y enfundada en los vestidos pretendí la reconquista de las ganas, esas ganas de estar presente en las calles que a veces te nacen solamente de caminar con una falda estrecha por encima de los solados magníficos deslumbradores de la Ruta del modernisme, bajo las luces tenues de las siempre mezquinas farolas barcelonesas, te salen de rezar bajito voz quebrada sacadme de la caracola espiralada retorcida sobre una vida que es como si se hubiese terminado para siempre, como si ya no fuera posible vivir con convencimiento o con ardor, como si ya sólo se pudiera ser en el desorden o el desastre, como si sólo el tumulto o el acabamiento fueran espacios protegidos para existir. Y así le doy la vuelta a los paradigmas de la felicidad, los dejo del lado del forro, el resguardo de raso para fuera, lo inabordable para dentro, y así veo entre las losas mis antiguos pasos devorados por mis nuevos pasos, y así, estoy en el Passeig de Gracia, y tengo con qué. 

sábado, marzo 26, 2011

El por qué de los exilios

Esto lo escribí en agosto del año pasado, pero parece que no he evolucionado mucho.
Quien no haya caminado arriba y abajo de su propia casa, mesándose mentalmente los cabellos, desesperándose y ahora qué, quien no haya hecho maletas peligrosas y cambiado de país cuatro veces en un año, quien no se haya revolcado en el fango de una canción para no morirse, no sabrá nunca, y eso que se lleva, el vacío o el definitivo descanso que es que haya mundo siempre adelante. Ciudades. Ciudades abandonadas. Ciudades desconocidas que no serían calles nuevas sino tumbas nuevas o aplazamientos poco nuevos. Tic tac. Y tic tac, ya se conoce ese tic tac en esta casa, el Gato lo huele, lo constata y lo mira. Cómo se vería nuestro pelo bajo la luz de Berlín. Cómo habría sido aquel despacho mío en Belgrado. En qué piel me estaré en Río. Porque sólo cambio la jaula, y siempre me quedo fuera, porque siempre me ahogo en la orilla, porque siempre me conozco, me tengo medida, me tengo medido el tic tac, llevo cosidos sus destrozos. Dicen. Que tengo talentos, dicen. Que los borde. Dicen. Malditos talentos, porque si son ciertos muerden, me tienen todo remordido, ni un cachito sano me dejan. Y la puertita del cuarto de atrás del pensamiento la cambié por una cortina de muselina que se ondea con el viento. Y la mano que se tiende siempre está igual de vacía o igual de llena de vacío. Mi corazón se choca con el pecho y con la jaula hueso. Yo te canto lo que quieras, corazón, pero deja de intentar salirte de mi dentro, afuera es aún más feo. Cualquier ciudad es buena para morirse.

miércoles, marzo 16, 2011

Denn die einen sind im Dunkeln und die andern sind im Licht

Cuando pasa cierto tiempo y ya me he olvidado de la noche madrileña, me disfrazo de diva y salgo a palparle un poco la sordidez a la ciudad levantándole la barbilla y mirándola fijamente a los ojos. Madrid me muestra a sus trompetistas tocadores de baladas tristes, sus hombres que aman a otros hombres y se empolvan la nariz en los cuartos de baño de azulejos celestes, rosas o amarillo crema de los bares, sus ingenieros y aparejadores creadores de mundos de día y torpes y desmañados en sus maneras de mirar a las mujeres que aletean disfrazadas con ropa carísima aunque aparentemente sacada del contenedor de la basura o a las que pintadas como puertas dejan asomar en sus escotes un hambre de sometimiento. Madrid me enseña sus travestis que en Fuencarral o Desengaño mandan a sus maridos calvos bajo amenazas celosas a dormir a casa y después cazan al vuelo la perversidad escondida de los señores respetables; sus prostitutas que vinieron de países lejanos hasta Montera para coleccionar botas imposibles de poner o quitar y un frío que nadie tiene tiempo de acariciarles. Cuando pasa cierto tiempo y ya me he olvidado salgo de noche por Madrid a perseguir a esas mariposas nocturnas que me llevan de tournée por el descacharre aficionado del Madrid nostálgico del lumpen clásico. Y presencio y disecciono sus perdiciones y sus caídas y sus brillos, sus distintas formas químicas del olvido, los abrazo con mi cariño institución hacia todos a los que alguna vez se les corrió el rímel del alma. Quizá sólo salgo para luego poder volverme a casa caminando sola la Gran Vía, con las manos en los bolsillos y tarareando la última canción que alguien haya cantado en esa antesala de los infiernos solitarios que es el Tony 2, la canción invariablemente triste de cada final de las noches de desapego así, noches de saberse afuera de la noche y de acorralarse las lentejuelas ajenas en la mejilla, noches a las que viajo como turista aficionada y en las nunca hago de ahogada o de capitán.

miércoles, marzo 02, 2011

Musica notturna della strade di Madrid


Hacía tantos meses que no me adentraba en la plaza. Hacía tantos meses que no veía así a Madrid, sobre su empedrado verdadero y su cielo encuadrado en el cuadrado de la plaza, hacía tantos meses que venía con los ojos vendados, rodeando la ciudad y su plaza. Y de pronto como una magia pequeñita sobre el ruido de mis pasos cuando me atrevo a cruzarle el arco, ella, sola, para mí, para que me oliera mi propio cuello levantado del jersey o me arrebujara cálida en el pico de crochet, para que me sintiera, ahí, yo, dentro de la plaza, dentro de Madrid, respiradora, capaz de los ojos, capaz de crecerme en mis piernas despacito y masticar estrellas en instante. Qué distinta plaza crece a mi espalda descubro quince minutos después cuando vuelvo a cruzarla del brazo de Azurza y de Castán, qué llena de gente y hueca de sentido, qué poco mía, qué verdaderamente ese otro Madrid grasiento y castellano, esa plaza con turistas y un clavo de tarde de domingo en el que me senté en el suelo exhausta de dolor, vestida de una mí misma difunta, contigo. Qué distinta crece de esa plaza de las madrugadas insomnes de verano, cuando bajaba de mi casa a guiñarle el ojo a los arcos e intentar resguardarme en la protección de la plaza, a esperar ese instante en que las farolas se apagaban al amanecer, mientras regaban lo que quedaba de la noche en el empedrado, las parejas cruzaban riéndose o en silencio lánguido comulgado, y los otros turistas volvían ruidosos de sus fiestas. Qué poco convocables, mi plaza y mi Madrid, que aparecen cuando quieren a llenarme los ojos y agacharme la cabeza y nunca, nunca, cuando las llamo.