viernes, diciembre 17, 2010

Cómo no medirme en ti, ciudad, si soy tu espejo

Buenos Aires es el mundo. Donde él una noche me dice Madrid intoxicado, donde el sol me aplasta con cariño. Esta ciudad la sangré, lo recuerdo en Defensa y Alsina, cuando la casa de la esquina la encuentro remozada, encalada y balconeada. Pescaditos que se trenzan ahí en mis ojos o en mi boca en la parte del amargor y ya no hay remedio. Venir es remover y ponerme ante un espejo que no es el espejo picado de mosquitas de Madrid, aquí me mido sola en los anillos que lleva la gente en los dedos, aquí me mido al bajarme en el Bajo del 152 antes de tiempo para cruzar Plaza de Mayo en el anochecer y dejarme arrastrar por una ola aquí fui, donde le cuento a Buenos Aires los cambios en las rejas de Casa Rosada cambiadas de sitio, en las calles de Montserrat frontera con San Telmo lavoteadas en sus lo que que ve la suegra. Buenos Aires soy yo, la ciudad que sangré de calle a bondi y que bendije con mi amor irresoluble, donde me mido mi yo apuntalado frente al Congreso o en las seis cuadras Villa Luro del Sarmiento a los mates del Negro Docampo. Y mi memoria se abre florcita a los nombres de las paralelas y las perpendiculares, a los números de los colectivos, a las cafeterías en las que me pido lágrimas en jarrito y me recogen  al amor de sus vapores café tras sus ventanales de esa promesa que me hace la ciudad de que si vuelvo. Buenos Aires es mi mundo recogido, mi vocabulario, las garrapiñadas en la puerta del San Martín, los rincones recuerdo. Cómo no medirme en ti, ciudad, si soy tu espejo.

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