lunes, marzo 28, 2011

Hace siete años rompí un espejo

Estoy en el Passeig de Gràcia, sentada en uno de sus generosos bancos (Madrid se prodiga tan poco en su mobiliario), botas reposadas en las losas hexagonales que recordaba con motivos marinos y no, son espirales y estrellas y floripondios. Me recuerdo los pies que ahora andan ahí dentro del cuero de cuando esta tarde anduve probándome vestidos subida a unos tacones de esos que te crecen las piernas (mis piernas se prodigan tan poco en sus mostramientos). Me probé vestidos, decía, vestidos de celebrar y vestidos de ceñirse, vestidos de pretender y desesconderse, de enseñar espacios sabiamente, de brillarse por dentro y traslucir la tela. Y enfundada en los vestidos pretendí la reconquista de las ganas, esas ganas de estar presente en las calles que a veces te nacen solamente de caminar con una falda estrecha por encima de los solados magníficos deslumbradores de la Ruta del modernisme, bajo las luces tenues de las siempre mezquinas farolas barcelonesas, te salen de rezar bajito voz quebrada sacadme de la caracola espiralada retorcida sobre una vida que es como si se hubiese terminado para siempre, como si ya no fuera posible vivir con convencimiento o con ardor, como si ya sólo se pudiera ser en el desorden o el desastre, como si sólo el tumulto o el acabamiento fueran espacios protegidos para existir. Y así le doy la vuelta a los paradigmas de la felicidad, los dejo del lado del forro, el resguardo de raso para fuera, lo inabordable para dentro, y así veo entre las losas mis antiguos pasos devorados por mis nuevos pasos, y así, estoy en el Passeig de Gracia, y tengo con qué. 

1 comentario:

Ch. dijo...

Lindo bonito gracias.