miércoles, marzo 02, 2011

Musica notturna della strade di Madrid


Hacía tantos meses que no me adentraba en la plaza. Hacía tantos meses que no veía así a Madrid, sobre su empedrado verdadero y su cielo encuadrado en el cuadrado de la plaza, hacía tantos meses que venía con los ojos vendados, rodeando la ciudad y su plaza. Y de pronto como una magia pequeñita sobre el ruido de mis pasos cuando me atrevo a cruzarle el arco, ella, sola, para mí, para que me oliera mi propio cuello levantado del jersey o me arrebujara cálida en el pico de crochet, para que me sintiera, ahí, yo, dentro de la plaza, dentro de Madrid, respiradora, capaz de los ojos, capaz de crecerme en mis piernas despacito y masticar estrellas en instante. Qué distinta plaza crece a mi espalda descubro quince minutos después cuando vuelvo a cruzarla del brazo de Azurza y de Castán, qué llena de gente y hueca de sentido, qué poco mía, qué verdaderamente ese otro Madrid grasiento y castellano, esa plaza con turistas y un clavo de tarde de domingo en el que me senté en el suelo exhausta de dolor, vestida de una mí misma difunta, contigo. Qué distinta crece de esa plaza de las madrugadas insomnes de verano, cuando bajaba de mi casa a guiñarle el ojo a los arcos e intentar resguardarme en la protección de la plaza, a esperar ese instante en que las farolas se apagaban al amanecer, mientras regaban lo que quedaba de la noche en el empedrado, las parejas cruzaban riéndose o en silencio lánguido comulgado, y los otros turistas volvían ruidosos de sus fiestas. Qué poco convocables, mi plaza y mi Madrid, que aparecen cuando quieren a llenarme los ojos y agacharme la cabeza y nunca, nunca, cuando las llamo.

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