miércoles, abril 06, 2011

El mundo como voluntad y posibilidad

Todo oscuro oscuro hasta que se ensancha. Todo oculto y debajo de la manta hasta que te prenden la lucecita. Todas las persianas bajadas hasta que te llega la invitación al viaje. Una vida castigada y rodeada de cadenas cuando me empeño en vivir la vida de los otros. Una muerte tras otra cuando intento encajar de alguna de las maneras permitidas hasta que encuentro la llave inglesa que me desmonta del motor donde nunca, jamás, haré contacto. Trenes. Infiernos. Iluminaciones. Mías. Fuera. Ninguna aquí, en mis dolores de no ser la elegida, en mi tragedia griega o cartaginesa de que no me quieran. Mi yo Medea, mi yo Dido, laceradas y rabiosas hasta que nos ponen en la mano el billete hasta nuestra propia grandura, hasta nuestra propia altideza. Y me marcho. Hacia mi centro que son mis afueras, hacia cualquier otro mundo que sea distinto y en el que yo pueda desplegarme o desenrollarme como serpentina, un sitito en el que por un rato yo pueda comerme el universo con mis dientes de ser luz y mis maneras de creerme la posibilidad. Calles nuevas donde inspirar y ser una inspiración. Casas nuevas en las que sentarme en el suelo y sonreírte a cara llena y hacerte ver hermosuras de ti mismo en las que nunca te buceaste. Cocinas viejas en las que sentarme abrazando al gato y contarle que sí, que allá vamos, que no nos queda otra dirección más que hacia adelante o hacia la muerte, Calígula, que o nos metemos en la maleta del mundo ensanchado o nos enterramos en la tumba de nuestros muestros.

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