domingo, febrero 13, 2011

En el cielo las estrellas, en el campo las espinas

Desde acá que estoy tan lejos (y ojo que digo acá y no digo aquí), reconozco hambrienta cada signo que me llega tuyo, Argentina, y es un castigo sentirme tan de allá no siendo de allá (y ojo que digo allá y no allí), y aunque la mayoría del tiempo lo justifico diciendo que nadie, realmente nadie, es tan de allá como para ser de allá desde siempre, de generaciones y generaciones suficientes como para fabricarle mano blanca a la duquesa, siendo Buenos Aires ciudad de acogida y adopción de los perdidos del mundo, es injustificable bajo cualquier punto de vista ese amor desusado por las cosas argentinas y esa esponja interna que desde dentro me ha asimilado a la raviolada del domingo, a la prosa catastrófica y maravilla de Roberto Arlt o de Macedonio, o a ese primer gesto del día de poner la pava en el fuego para cebar mate. Vale que anduve con un argentino y que mi Gato es de Congreso, pero mi argentinidad viene de antes de que me cruzara el Atlántico, no sé de dónde, no sé si de ese pediatra porteño que en mis noches de alta fiebre infantil aparecía salvador para meterme en la bañera llena de hielo (método escandaloso en los ochenta para mi madre que me enterraba en mantas para que sudara) o de aquel bisabuelo del que heredé el azul del ojo y que después de yirar por Rosario, La Plata y Capital en la segunda década del siglo XX, se trajo para la sierra gaditana una nostalgia suspirante por el país que lo acogió que se nos trasluce en la familia en el uso de la palabra pibe. Lo que importa es que cuando Papic me dice que soy más argentina que el dulce de leche no puedo rebatirlo de ninguna manera: a los 20 años me paseaba por Europa con Tuñón en el bolsillo y quería que el Tata Cedrón fuera mi tío abuelo, copié a mano el cuento de la chica punk de Fogwill en unas hojas cochinas, he visto tocar a Charly en la Razmatazz de Barcelona y en el Gran Rex, lloré cuando murió la Negra Sosa, mis referencias a la pasión por el fútbol son robadas de Fontanarrosa, con una emoción indescriptible acompañé a Norita Cortiñas de Biarritz a Madrid en un viaje que algún día tendré que contar, sé del peso específico de divinidad que tiene el Diego, conocí París a través de Oliveira, el primer periódico que leo los domingos es el Página 12, hago chimichurri casero y las mejores tartas de jamón y queso del planeta, algunas de mis imágenes favoritas de la felicidad no pueden tener lugar en otra parte que no sea la Argentina: en la Pampa entre los trigos, encima de un auto en la ruta 40 cantando a voz en grito alguna canción de la Bersuit, saliendo del Museo en Defensa y Belgrano despeinadísima limpiándome las manos manchadas de tinta de imprimir en los Pampero, sentada al lado de las ventanas del Británico bajadas a cuenta de la primavera, en Confluencia Traful mojándome la nuca con el agua que cabe en mi mano ahuecada, en lo alto de una rama de un algarrobo cordobés. Para mí garantía de lo patricio es apellidarse Drago Mitre y no Gómez Acebo, y seguiré diciendo cordón de la vereda en vez de acera y siéndole fiel a Dolina a pesar de sus repeticiones hasta que me muera. Te evoco sin tango y sin folclore, Argentina, porque antes de verte ya eras otra cosa aunque también fueras Discépolo y Atahualpa, porque después de verte fuiste ese país enquilombado en el que aterricé y en el que tuve que hacerme un hueco sobre mi designación de gallega, y creo que no lo hice mal del todo. Yo que he tenido la presencia de ánimo o el atrevimiento o la truchez o el amor extinto por el que fuera mi marido suficientes para ser guía turística de Buenos Aires o mesera en Palermo Hollywood o escritora fantasma de cuentos infantiles, te digo que nos hemos querido mucho, Argentina, y nos hemos embroncado mucho, también, pero ahí seguimos, yo me sé tus fechas de floración de jazmines, amancays y jacarandás, los nombres de tus mejores vinos y las letras de Horacio Ferrer, y tú me tienes la Cruz del Sur para que le suspire debajo y a las familias Otegui, Franco, Valis y Otamendi que me acogieron como si yo fuera suya.
Los que vienen a casa y ven el Borges de Bioy sobre la mesa cual biblia anglicana, me miran ojipláticos siempre. Ellas porque piensan que mis inclinaciones argentinas son síntoma de que no superé mi ruptura, ellos calibrando si les servirá como marca de uno de los postes invisibles de la portería (los señores que me visitan no se caracterizan por su amor a la literatura sino por su amor a mí, eso lo digo en su descargo). Los que vienen a casa no saben lo que para mí significa cruzar Corrientes por Paraná, sentarme con Manu Obligado delante del club de pescadores de Mar del Plata, ser capaz de tirarle unas hermosas puteadas a un tachero que quiere pasearme de más a causa de mi acento o llegar a la una de la mañana a Castelar en el Sarmiento y que Gloria me esté esperando levantada.
No por haberme vuelto tilingamente argentina soy menos gaditana, al contrario, creo que me volví gaditana en mi exilio patagónico, amarrada a los pasodobles de Juan Carlos Aragón o al Ojos verdes de León, Quiroga y Valverde (que era porteño, por otra parte), o incluso a los discos viejos de Serrat que tanto escuchaba mi familia de allá. En Argentina extrañé España. Jamás, jamás sentí que echaba de menos lo que fuere, lo que hice fue extrañar, y en la adopción de esa palabra y de ese concepto de extrañamiento fue donde me volví argentina, y una vez de regreso a mi país verdadero me adueñé de esa nostalgia propia del porteño que se muere por volver con la frente marchita para poder seguir quejándose diciendo ¡qué país!

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