domingo, abril 24, 2011

La amada luna leve, sacra, pasiva

Hay placeres que sólo se recuperan después de haber querido perderlo todo y haber encarado la pérdida. Hay placeres que sólo pueden disfrutarse si uno ha estado muerto, como dejarse caer por el malecón y mirar pescar a los que pescan y el mar siempre el mar. O tirarse sobre el césped cochambroso de la Alameda perdida descalza y con el libro abierto encima de la barriga. O suspirar tres versos. O quedarse en lo alto de la escalera mecánica de metro Pacífico escuchando al saxofonista de los miércoles por la mañana. O llegar a la playa y sentarse en la arena para cerrar los ojos. O instalarse al sol en el banco de la plazoleta de abajo de casa y cebar mate. O subirse al escenario y sacar el micrófono de su pie y cantar My funny valentine. O caminar por la Punta San Felipe una noche de luna gordísima con una prima. O echar una cáscara de limón, unos clavos de olor y un palo de canela en el agua para el arroz. O pasear por Gran Vía como si se vieran los edificios por primera o última vez. O verte, de lejos, a ti, y querer verte, de cerca, a ti. O mirar cómo el Gato sobre el ladrillo cocido de la terraza entorna los ojos cegado por el sol. O bajar con la bicicleta sin frenos hacia el espigón y más allá el agua. O apretar los dientes sobre el hojaldre y la cidra. O bajar las ventanillas del coche para que te despeine (más) el Poniente. O arrebujarse en un pico de ganchillo y andarse despacio la orilla del océano al atardecer o la explanada del Palacio de Oriente desierta a las dos de la mañana.

2 comentarios:

Empieza con L dijo...

Morir, dejarse morir para recuperar el oxígeno que nunca utilizamos.

Viejos placeres que se renuevan y que flotan en la vista de una sincera mirada.

Buen sitio, el tuyo, pasaré más seguido por acá, buenas letras buena escritura.

Loulou dijo...

Gracias. Tú pásate cuando quieras, esto está abierto siempre.