domingo, abril 24, 2011

No dormía

Imposible llamarla. Yo no dormía.
Ella creyó que yo dormía.
Y la dejé hacer todo: ir quitándome
poco a poco la luz sobre los ojos.
Dominarse los pasos, el respirar,
cambiada en querencia de sombra
que no estorbara nunca
con el bulto o el ruido.
Y marcharse despacio,
despacio, con el alma,
para dejar detrás de la puerta al salir,
un ser que descansara.
Para no despertarme, a mí, que no dormía.
Y no pude llamarla.
Sentir que me quería,
quererme, entonces, era
irse con los demás, hablar fuerte, reír,
pero lejos, segura de que yo no la oiría,
liberada ya, alegre,
cogiendo mariposas de espuma,
sombras verdes de olivos,
toda llena del gozo de saberme
en brazos de aquellos a quien me entregó
—sin celos, para siempre, de su ausencia—
del sueño mío, que no dormía.
Imposible llamarla.
Su gran obra de amor
era dejarme solo.

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