jueves, abril 07, 2011

Roberto Docampo, titiritero

Cuando llegué a Buenos Aires la primera vez me abismaba en los enormes sillones de la casa de Recoleta a traducir libros de fisiología animal y, fuera de la editorial que me contrataba, no tenía un adónde ir que fuera sólo mío, así que me apunté a un curso en el Teatro San Martín para volverme hacedora de muñecos y tener un lugar hacia el que caminar calles desconocidas a encontrarme con compañeritos nuevos que me ampliaran el fuselaje porteño. Mi maestro titiritero fue el Negro Docampo, quien me adoptó inmediatamente bajo su ala al verme pajarito gaditano mojado y solo (gracias, tía Norica). En ese taller empecé a ser la gashega y camino a ese taller, cruzando Lavalle por el recodo extraño que se hace en Rodríguez Peña, empecé a hablarle a la ciudad al oído que le creció para escucharme sólo a mí. Al Negro Docampo lo quise mucho y enseguida mientras construía mis dragones de cartón y tela (dragones inacabados que terminaron ahogados en bolsas metidas en el ropero), y él me correspondió con esa bonhomía y hermosura que son su patrimonio. Fue padrino de mi boda el día que tuve una boda, su casita de madera de Villa Luro me acogió con mates y facturas en los años sucesivos,y el ruido del tren pasando a tres metros y las fiestas que le hace Roberto al mechón de pelo que me cae siempre sobre la cara son parte de la canción que le seguí cantando a Buenos Aires a su oído mío sólo mío. Siempre, desde lejos, sé que en el abrazo del Negro tengo un refugio. Siempre, desde lejos, cuando veo algún bichito de trapo me imagino a Roberto agarrándolo con sus manos de ternura y otorgándole vida. Siempre, desde lejos, lo extraño al Negro titiritero, mi padrino, y poder mirar desde el paso del Sarmiento los ventanales de su casa. Siempre, desde lejos, el Negro me cuida como si yo fuera uno de sus títeres.

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