miércoles, abril 13, 2011

Speaking Daiquiri

Los que tenemos en la trastienda una barra de bombero deslizadora directa hasta el infierno, cuando conseguimos repecharnos de vuelta hasta la gloria nos agarramos a las crines del goce y cerramos los ojos lo que dure el galope contra el viento, sentados en las baldosas del suelo donde nos atrape el ratito de paz, con la espalda contra la primera pared que nos encontremos para recibir a corazón completo el embate de la tranquilidad, con la frente apoyada en los cristales de los transportes para poder masticar belleza adentro el momento quieto en el que el mundo nos presta su ternura, encima de los tacones con los que le redoblamos las apuestas a lo bonito y que acabará, lo sabemos, en un minuto, tres horas, dos días. Hasta entonces nos bailamos la canción que nos retira del dolor incomprensible de ser, de los dientes y las espadas que nos tocaron en suerte con los ojos y las ganas y los pies, hasta entonces te perseguimos, lucecita, dentro tuya nos quedamos hasta que nos expulse cualquier signo, hasta que se nos olvide la estrella sonrisa que nos pertenece, hasta que nos revuelque la misma ola que nos prometió calma desde la orilla. Los que no sabemos en qué oleada nos toca ahogarnos, cuando nos llega la meseta de estar vivos nos caminamos lo que haga falta para susurrarle al oído al mundo nuestra oración: déjame, déjame que aquí me quede, sólo un poquito chiquito, tú que sabes que dentro de un rato volveré a caerme abismo abajo. Y el mundo nos oye y lo bueno es que nunca hace oídos sordos y nos regala lo bonito cuando tenemos puestos los ojos para verlo.

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