miércoles, abril 06, 2011

A stranger called the blues

Las cosas que me obligas a hacer: buscar, inventarme una vida que no me interesa y aparentar que sí, que me apasiona levantarme cada día cuando lo hago porque es obligatorio, igual que comer o bañarme o transportarme de un lugar a otro. Las cosas que me obligas a hacer: peinarme, besar un poco a otros, aceitar sartenes y cortar ingredientes para los demás como sí, como si tuviera ganas, porque es obligatorio relacionarse y agasajar a las visitas, cuidar del Gato, comprarme libros que no podré transportar cada vez que me mude porque es obligado que me mude buscando un cachito de tierra hasta que termine por infectarlo con mi desgana. Las cosas que me obligas a hacer: dejar de pronunciar algunos nombres, renunciar a mis casas y a mis hijos, morirme cada día, arreglarme el luto antes de salir a la calle para que no parezca que estoy de luto, vivir en chiquito y con toda la vida metida en cajas, no escuchar mis discos favoritos, no acordarme de mis maneras, borrar archivos y romper papeles, cincelarme escultora las piernas para que me miren como si quisiera que me miraran, apuntalarme la cara hasta la sonrisa y procurar no distraerme de las conversaciones dentro del dolor, contestar al teléfono cuando me llaman en vez de apagarlo para siempre, desear sin deseo algo que sea mío y sólo mío, ignorar la pena que me da seguir en pie, cantarle una canción a los de la plaza cuando vuelvo de madrugada tacones en mano, tener ojos, aún, para ver, para poder leer y no estar sola en las palabras, para poder escribir y no dejar a otros solos en las palabras. Las cosas que me obligas a hacer: seguir, seguir como si importara, ignorar los duelos y el daño, arrancarse un hueco donde aún tejerme en el encaje, sentarme en una plaza bajo el sol para que me crezcan los zarcillos, esperar sin tregua que me vuelva el sentido de la espera, coleccionar un día tras otro día de infierno sin tregua, una noche tras otra noche larga y negra hasta que llega el día que no queremos que llegue, anhelar el oasis chiquito que a veces nos regalan y que dura lo que charco en el desierto y que lejos de ser anestesia es agrande de lo feo de después, de volver a esas cosas que me obligas a hacer porque son obligatorias, esas cosas del vivir.

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