martes, mayo 24, 2011

El mundo reverdece si sonríes comiendo una naranja en Cuernavaca

El sol incandescente de amarillo, saliente de una nube perfectamente celeste; los bichos del día que ceden el paso a los insectos malditos picadores de la noche; aún pájaros que a esta hora están en silbo, antes de que la cuajada estrellada noche de los grillos polifonía ocho mil voces aparezca; aquel colibrí que libaba las flores Palabras de hombre (porque cuando las coges se desbaratan) y que me daría suerte, me dijeron; la perra de esa raza de perros desnudos de los aztecas tumbada a mis pies; la alberca agua y verdín; las macetas y jícaras de barro cocido enormes; las sillas de hierro pintadas de blanco; cualquiera de los verdes de palmeras, helechos, ficus, laureles de la India; los dos fanales amarillos en la noche; la mecedora con cojín igual de amarillo donde acuné al bebé y le canté las nanas hasta el sueño; la papaya naranja arrancada del árbol para el desayuno; los palitos de canela color canela que desmenucé en el agua para cocer el café; las buganvillas moradas, fucsias y naranjas; algo en la yerba que extraña noches garden party y señoras introducidas en vestidos de cóctel de los colores mismos de las buganvillas; lo que quedó vestigio azul del esplendor de las vajillas y azulejos; los grabados colores de Leticia Tarragó que tantos años llevo viendo de lejitos, colgados en las paredes; el cuadro de Gustavo Montoya con la niña azul cuya postal llevo en el bolso; los volcanes grises del cónsul Firmin.

lunes, mayo 23, 2011

Nadie puede ser amigo del que hace vivir a todo

Por ahora el DF son árboles y plazas con fuentes y veredas destrozadas y la calle Tonalá arriba y abajo, de noche los taxis en los que desde el asiento de atrás veo pasar semáforos y avenidas sin orientarme, bares donde mezcales o tequila y gente que me llama por mi nombre Loulou, los pies sucios renegridos de andar por ahí y las manos manchadas de tinta de la Waterman, el gato Misha ojos abiertos y maullido cuando llego a la casa, el olor a libros cuando paso por delante de las librerías de viejo, el olor a tortillas, frijoles o salsas al pasar por delante de los puestitos de tacos o las cantinas, as gorditas envueltas en papeles de seda de colores, las señoras aindiadas que venden dulces enchilados, el submundo subterráneo del metro donde saco el abanico para no soponciarme de calor o de sulfuro, el intento de calcular las distancias en minutos, aprender palabras, manejar albures, las enormes casas de estilo californiano, los taxis Escarabajo pintados de granate y oro sin asiento de copiloto y con la portezuela amarrada con una cuerda, el estampado de las servilletas de El Péndulo, contar cuadras para no perder el camino de vuelta, andar sujeta a las perpendiculares y las paralelas, la falta incomprensible de persianas en las ventanas, el añil exacerbado de muchas paredes, el rosa mexicano de las oficinas de correos, los enrejados increíbles, el Tokio Polanco, el Criollo Coayacán, los crucifijos de madera colgados en las lunas de los autobuses, los altarcitos a pie de calle, los amarillos y rosas abigarrados de los bordados de los puestos, los aparcacoches uniformados (un día tres al sol, uniformados igual, sentados en sillitas de plástico), la mercería minúscula donde no vendían hilo negro pero sí granate y violeta, el modisto que me pidió que me probara el vestido de su maniquí alabándome la cintura de junco para amarrarme el lazo de raso negro alrededor en el nombre de todo México.

domingo, mayo 22, 2011

El jardín Pushkin

La casa añil y los columpios con forma de hipopótamo, el busto de Pushkin con la cabeza de lado, ofreciendo jocoso su perfil (nunca lo había visto tan contento ni tan mulato), los parterres descuidados como si el jardín hubiese sido jardín hace sesenta años y luego lo hubieran abandonado, la vitrina donde a la Virgen la cuidan San José y un campesino (por qué seguiré escribiendo estas cosas con mayúsculas), los hombres jugando a la pelota con la gorra puesta, la panadería enfrente sobre Cuauhtémoc donde compro levadura, los bancos colados inhabitables pero tan preciosura en sus colores devastados de construcción y en su barrido de hojitas caídas de los árboles, el mercado de hoy donde compré tortillas de maíz y tortillas de maíz azul y chicharrón frito y un señor que vendía yerbitas al pasar me dijo su bolsa va muy vacía y me alargó una ramita de algo que olía a verbena, que sea Álvaro Obregón hasta ahora la médula que me sostiene el México, que ande yo caminándome México bien sostenida la cadera por los vestidos con los que llené la maleta, que sea Пушкин el que me da la bienvenida.

domingo, mayo 15, 2011

La realidad sin pasar por el tamiz del celuloide

Los troncos torcidos de los árboles profusos, ese sentido de las cosas que están pasando mientras están pasando, esa vez de esta noche en la que dentro de una furgoneta el chófer asistente enfermero secretario amigo hermano del dueño del burdel nos recorre las calles del DF con la música muy alta (te vas te vas te vas pero de alguna manera me habrás de recordar) y apoyada en la luna obligatoriamente subida ves los puestitos abiertos en las veredas a cualquier hora del día o de la noche, ves ese mundo desordenado y sin reglas, sin permisos requeridos para colocar mesa, sombrilla y fiambreras para venderte comida innoble, las bombillas colgadas de los árboles salvajes, las calles muertas o ruidosas por cuadras, los hombres gordos y las mujeres entaconadas subidas a un vértigo, yo envasando los recuerdos para luego, cuando ya haya pagado el derecho de ciudad y sepa cuáles son mis calles y cuál la salsa de mis tacos, yo agarrándome a las cosas únicas que pasan sólo una vez, agarrando de los pelos al espacio México, llegando al burdel, sentándome en los sillones tapizados con una tela que es un horror, mirando a una hermosura deslavazada desnudarse despaciosamente agarrada a la barra metálica con un asombroso hasta las lágrimas Frente a frente de música de fondo, sorbiendo mi tequila, trepándome al vaivén del absurdo de estar ahí, en un poco convocador de sensualidad burdel mexicano, frente al dueño enfrascado en un sillón igual al mío, con su guayabera blanca y su cordón de plata al cuello, viéndolo cómo posa con actitud de propietario la palma de su mano en los muslos de las chicas que lo saludan y le cuchichean en el oído al pasar encima de sus tacones increíbles para luego ir a sentarse con los clientes a charlar durante horas cual geishas desvestidas muy venidas a menos. Y luego cuando salimos a la calle que arriba la luna gorda y amarilla entrevista a través de trescientas toneladas cúbicas de smog sea la luna que se encamina a ser mi primera luna llena mexicana, la vomitadora de promesas de posibilidad a manos llenas, de la vida de la única forma en que la entiendo: sensual y lenta subida al escenario mostrándose, queriendo que yo le coloque la mano en el muslo ganadera y la vuelva mansa para no tener que acompañarla en sus desmanes.

sábado, mayo 14, 2011

Loulou dans le métro

Estoy entrenada en el empeño, desde ese lugar me sonsaco mis agobios; en el centro del intento pataleo para dejarme escapar, no me dejo sin embargo, así que ahí voy, sujetada por mí misma, dentro de mi vestido Jackie O. azul cobalto y levantada once centímetros en mis tacones, subida al vagón de mujeres segregadas, sabiendo que seguramente estoy yendo en sentido contrario, siguiendo adelante hasta donde tenga que ser, pura rabia y de puritita rabia. Y como en todas las ciudades de la tierra conforme se va avanzando en las paradas cambia el pelaje de los pasajeros, yo, que voy disfrazada de lo que no soy, con la consciencia nacida de tener el color de piel que tengo, de ser la güera minoría, de parecer alta con mi cochino 1,62, llego a la Terminal Cuatro Caminos mordiendo una paleta de cereza y sabiendo que seguramente estoy en un lugar que no le corresponde a mi vestido. Le pido al policía que me susurra señorita cuidado con su bolso que me abra la verja para pasar al otro andén, entro a un vagón de hombres donde sólo somos mujeres otra mujer y yo, ella con una blusa desabrochada hasta el ombligo del mismo azul que mi vestido. De pie con la frente apoyada en la barra de aluminio dejo pasar las paradas con los ojos cerrados mientras sé que los hombres me miran, imposible no mirarme de tan azul, de tan poco la otra mujer, y siento esa oleada terrible de distancia entre ellos y yo; sé que ninguno me dirá nada ni se sobrepasará, mientras dentro de esa certeza me crece la equivocación, el anhelo de un escudo protector entre mí y todo esto que desconozco (los nombres de las estaciones de metro, la ciudad más arriba, las mujeres allá en el vagón de delante solas, maquillándose contra el reflejo de los cristales o haciendo crochet o limpiándole los mocos a los niños, contándose historias de hombres u horrores de las suegras, o sólo estando ahí, cansadas o felices o cargadas de bolsas), mientras yo le lloro a Europa tan recatada y recalcada en sus consignas, tan comme il faut, hasta que aterrizo en San Ildefonso donde esa misma Europa si evoluée, amarrada a sus trayectorias teminales, con la voz de Annette Messager asegura que en París los machos condescienden a su obra que llaman doméstica, y me pregunto, mirando frente a frente La Creación de Diego Rivera, pintor macho, hacia dónde destilar ese milagro del sexo por ocurrir, esa carnalidad que en el amor es asfixiante y en el no amor es asalvajadora y en los vagones de metro o en las calles desconocidas es un miedo a que te sonsaquen por la fuerza de la mujer acogedora que se entrega y que pide hasta transformarte por la fuerza en un guiñapo en un mundo aparte, el mundo infierno de la posesión por encima de tu voluntad, frente al mundo inquietantemente pedidor de sumisión de Messager o Klossowski. Dónde estamos. Dónde estamos cuando nos miran hambrientos los hombres desconocidos. Dónde estamos cuando nos mira hambriento nuestro bienamado. Cuál es la diferencia entre desconsentir y prenderse, cuál es la diferencia entre la voluptuosidad y la violencia. Oh, no, señores, no es el amor, es la alegría.

viernes, mayo 13, 2011

El verbo deparar sólo puede utilizarse en momentos así

Desde el avión fui llegando al DF encapotado; vi las montañas, me pregunté si alguna vez sabría sus nombres, si estaría aquí el tiempo suficiente, el adentro suficiente como para distinguir unas de otras. Vi casitas bajas de color cemento o de color colores, y ésa es la imagen que pudiera quedarme para siempre, junto con la de cada vez de aterrizar con mi maleta verde en otro aeropuerto y empezar a encajar idiosincrasia nacional desde los carteles o los señores que te sellan el pasaporte, desde la carretera que enfila hacia el amor de los que te acogen los primeros tiempos, desde el precio de la gasolina o del café, desde la forma de las tazas y de la forma de llamar a las tazas. Llego a México con alfombra extendida bajo los pies,con todo el espacio del mundo delante, con todo México adelante y por una vez con ninguna puerta cerrada detrás. Aterricé en México con todos mis arrebatos engrasados, pero en calma. Aterricé con todas las intenciones de no tener intenciones, pero volitiva. Montañas, aprenderé vuestros nombres. Lo mejor es que estoy segura de que vosotras os aprenderéis también el mío.

domingo, mayo 08, 2011

Los real visceralistas

Hay un sistema dramático mexicano en el que se entra de cabeza al aterrizar en el país, dicen, me imagino que fracasaría si intentara resistirme a esa corriente que algunos mexicanos se sacuden de los hombros diciendo que es heredada de Buñuel, más yendo yo cargadita de regalos trágicos. No sé qué me espera pero me imagino quizá demasiado color y cosas torrefactas, vidas que dejen perennemente dentro de su asombro a dios todopoderoso y a su hijo José Alfredo, un mundo Los detectives salvajes, horas de luz y ruido, un país entero nuevo para zapatear, carreteras y caminos y mares nunca en calma, mexicanos con los que voy a querer mucho, la religión del tequila y el mezcal, la muerte en cada calle. En el cambio no está el trastorno, está la decisión de dejar abandonado el trastorno dentro de las cajas de mudanza y buscarse un campo desastrado que arar y roturar y llenar de campanillas. El traslado es el post trastorno, y si me busco la ciudad más abrumadoramente ciudad quizá sea para convencerme de que si no muero en el intento de intentar que me entren todos los Méxicos por los ojos, después de mi vuelta al país en 150 días, me despediré del mundanal mundo y me dedicaré a cultivar mi jardincito y dejar que vengan a visitarme todos esos a los que yo llevo años yendo a visitar.

Entrego ao vento os meus ais

Es la hora en que las lagartijas salen al último solcito de la tarde, a mi paso por la acera barro cocido y mármol corren corren a esconderse entre los parterres de los chalets. Vengo de sal hasta la boca y el pensamiento, conforme se me va secando el pelo enredado al sol en mi paseo me caen en los hombros los granitos sílice que llevo de haberme acostado en la arena seca recién salida del agua. Helada. Nadie entre el celeste del cielo y el azul petróleo del mar, más que yo y el pescador con sus dos cañas, nadie en el límpido del viento cortante que me deja ver las cúpulas de la Catedral allí hasta Cádiz y la Alameda desde donde yo misma sentada en mi poyo de piedra podría estar mirándome. Éste siempre es mi sitio entre los paréntesis de mandarme cruzar los océanos o las europas, estas tardes de primavera u otoño que me paso sola ante el mar sin medir lo que vendrá o lo que fue, sólo quieta parada en la playa de cuando era chica, sin ver camino adelante y sin ver camino detrás, sólo acurrucándome ante esas aguas que me han revolcado o acogido calmas en todos mis años, sólo queriendo quedarme hasta que el sol empieza a ponerse para caminar todo ese paseo de vuelta hasta la casa de mis padres donde todo anda siempre en sombra, donde casi siempre me conservo en sal y arena hasta bien entrada la noche para recordarme en brazos y piernas mis horas de playa recogida detectives salvajes o fantasma de Harlot dentro, siempre los mismos libros para bucearme ahí sí los cambios de talante o el alcance profundidad de comprensión, siempre los mismos renglones y las mismas frases donde me reencuentro con la yo inalterable de siempre, siempre esos mazacotes que me pesan luego en el hombro los cuarenta minutos de camino hasta la casa, siempre yo con los anhelos tan acabados que da pena verme en mis arrastres enganchada a esos bueyes que desean por mí, que avanzan por mí, que me guardan de mis corrientes que laten por debajo de todo, que me protegen contra esa sangre que me ahogaría tranquilamente en el mar sujetándome la nuca. Siempre yo sola eligiendo mi manera de convertirlo todo en cachivache, siempre yo rescatadora de trocitos, luz que se mata, grandilocuente en mis valentías, minúscula como me vuelvo en lo cobarde cuando el miedo a estar torcida me puede, hasta que llegan mis bueyes y me enganchan a su yugo y tiran de mí y me llevan tierra adentro, a otros lugares donde el ruido me entretiene un rato, donde los fuegos artificiales decepcionantes que soy hermosean los cielos de los otros. Un rato. Ese rato. Una paz dentro de las hecatombes, una yo más yo que se deja vivir y se olvida de sus dolores y te regala el corazón crecido en trastorno. Yo, esa cosa que de tanto serla se me cuela entre las manos aunque me permanezca dentro densa como carne de membrillo o guirlache años adelante. Y mi pie camina sin cansarse, mi pie de esa yo que, contra todo pronóstico, quiere seguir siendo yo.