martes, mayo 24, 2011

El mundo reverdece si sonríes comiendo una naranja en Cuernavaca

El sol incandescente de amarillo, saliente de una nube perfectamente celeste; los bichos del día que ceden el paso a los insectos malditos picadores de la noche; aún pájaros que a esta hora están en silbo, antes de que la cuajada estrellada noche de los grillos polifonía ocho mil voces aparezca; aquel colibrí que libaba las flores Palabras de hombre (porque cuando las coges se desbaratan) y que me daría suerte, me dijeron; la perra de esa raza de perros desnudos de los aztecas tumbada a mis pies; la alberca agua y verdín; las macetas y jícaras de barro cocido enormes; las sillas de hierro pintadas de blanco; cualquiera de los verdes de palmeras, helechos, ficus, laureles de la India; los dos fanales amarillos en la noche; la mecedora con cojín igual de amarillo donde acuné al bebé y le canté las nanas hasta el sueño; la papaya naranja arrancada del árbol para el desayuno; los palitos de canela color canela que desmenucé en el agua para cocer el café; las buganvillas moradas, fucsias y naranjas; algo en la yerba que extraña noches garden party y señoras introducidas en vestidos de cóctel de los colores mismos de las buganvillas; lo que quedó vestigio azul del esplendor de las vajillas y azulejos; los grabados colores de Leticia Tarragó que tantos años llevo viendo de lejitos, colgados en las paredes; el cuadro de Gustavo Montoya con la niña azul cuya postal llevo en el bolso; los volcanes grises del cónsul Firmin.

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