sábado, mayo 14, 2011

Loulou dans le métro

Estoy entrenada en el empeño, desde ese lugar me sonsaco mis agobios; en el centro del intento pataleo para dejarme escapar, no me dejo sin embargo, así que ahí voy, sujetada por mí misma, dentro de mi vestido Jackie O. azul cobalto y levantada once centímetros en mis tacones, subida al vagón de mujeres segregadas, sabiendo que seguramente estoy yendo en sentido contrario, siguiendo adelante hasta donde tenga que ser, pura rabia y de puritita rabia. Y como en todas las ciudades de la tierra conforme se va avanzando en las paradas cambia el pelaje de los pasajeros, yo, que voy disfrazada de lo que no soy, con la consciencia nacida de tener el color de piel que tengo, de ser la güera minoría, de parecer alta con mi cochino 1,62, llego a la Terminal Cuatro Caminos mordiendo una paleta de cereza y sabiendo que seguramente estoy en un lugar que no le corresponde a mi vestido. Le pido al policía que me susurra señorita cuidado con su bolso que me abra la verja para pasar al otro andén, entro a un vagón de hombres donde sólo somos mujeres otra mujer y yo, ella con una blusa desabrochada hasta el ombligo del mismo azul que mi vestido. De pie con la frente apoyada en la barra de aluminio dejo pasar las paradas con los ojos cerrados mientras sé que los hombres me miran, imposible no mirarme de tan azul, de tan poco la otra mujer, y siento esa oleada terrible de distancia entre ellos y yo; sé que ninguno me dirá nada ni se sobrepasará, mientras dentro de esa certeza me crece la equivocación, el anhelo de un escudo protector entre mí y todo esto que desconozco (los nombres de las estaciones de metro, la ciudad más arriba, las mujeres allá en el vagón de delante solas, maquillándose contra el reflejo de los cristales o haciendo crochet o limpiándole los mocos a los niños, contándose historias de hombres u horrores de las suegras, o sólo estando ahí, cansadas o felices o cargadas de bolsas), mientras yo le lloro a Europa tan recatada y recalcada en sus consignas, tan comme il faut, hasta que aterrizo en San Ildefonso donde esa misma Europa si evoluée, amarrada a sus trayectorias teminales, con la voz de Annette Messager asegura que en París los machos condescienden a su obra que llaman doméstica, y me pregunto, mirando frente a frente La Creación de Diego Rivera, pintor macho, hacia dónde destilar ese milagro del sexo por ocurrir, esa carnalidad que en el amor es asfixiante y en el no amor es asalvajadora y en los vagones de metro o en las calles desconocidas es un miedo a que te sonsaquen por la fuerza de la mujer acogedora que se entrega y que pide hasta transformarte por la fuerza en un guiñapo en un mundo aparte, el mundo infierno de la posesión por encima de tu voluntad, frente al mundo inquietantemente pedidor de sumisión de Messager o Klossowski. Dónde estamos. Dónde estamos cuando nos miran hambrientos los hombres desconocidos. Dónde estamos cuando nos mira hambriento nuestro bienamado. Cuál es la diferencia entre desconsentir y prenderse, cuál es la diferencia entre la voluptuosidad y la violencia. Oh, no, señores, no es el amor, es la alegría.

4 comentarios:

La Piedra Imán dijo...

Versos viejos: "Ah, la chica del bar/ furtivos la miramos / hombres acostumbrados a la ausencia de lo hermoso"

Perdonadnos, sufrimos tanto, pobrecitos de nosotros, obligados al deseo...

Loulou dijo...

Deseen, deseen. Pero no toquen sin permiso.

La Piedra Imán dijo...

Jo, si casi nunca lo dan...Es broma, pero que conste que también hay toconas, y con el descaro de hacerlo como si te estuvieran concediendo algo. Vale, los hombres más, sí.

Loulou dijo...

Esto (hombres acostumbrados a la ausencia de lo hermoso) me dejó pensando.