sábado, junio 25, 2011

La cáscara pendiente

Hay hombres a los que realmente quiero mucho y me gusta que me acompañen todos los días de mi vida y que vengan conmigo de viaje y a quienes dejo perpetuos que me hablen. En ellos me mido la cordura y en ellos me mido la desesperación y en ellos me miro el daño y en ellos me mido el goce. Hay hombres que son los hombres a los que realmente quiero y ante los que me siento en secreto florecer; lo no compartible mío lo esparzo en ellos, y delante de ellos que son mi espejito mágico ante el que peinarme la hermosura me vuelvo espejo, y ante nadie que no sea ellos puedo sacarme mi hermetismo desnudo porque desde pequeña me acostumbré a que mi única patria fueran ellos, el sitio donde no tengo que verbalizar nada ni demostrar ser nada, porque ya ellos me notan las cosas en sus propias frases. No puedo serme comprendida en ninguna otra parte que no sean ellos, no puedo sentirme a salvo en ninguna otra parte que no sean ellos, los ojos que me crecen cuando camino por fuera de sus libros me crecen para servirme mejor dentro de sus libros. Y si no encajo en los días verdaderos de los otros es porque sólo encajo en los días falsos de los ellos, y si no soy capaz de no agotarme en la confrontación es porque nunca me exhausto de confrontarme a mis hombres que siempre de la misma distinta manera me cuentan las mismas distintas cosas porque cada vez es distinto el alcance de mis mismos distintos ojos, esos ojos que tengo para ver lo que ellos vieron. Hay hombres que siempre quise ser y no pude, y por eso me dedico a quererlos y procurarme un alma ensuciada pero alta para llegarles al pie. Quiero a Canetti de una manera muy parecida a la manera en la que quiero a Musil o a Thomas Mann. Quiero a Onetti y a Conrad de maneras contrarias y yuxtapuestas. Quiero a Hemingway y a Borges de maneras yuxtapuestas y contrarias. Quiero a Aleixandre y a Hernández y a Pessoa y a Tuñón y a Rimbaud y a Whitman. Quiero a Dostoyevski, a Bulgakov, a Pushkin y a Gogol, a Witkiewicz y a Schulz, quiero a Bolaño, quiero a Knut Hamsun. Y por encima de todas las cosas, amo a Kipling. Y todo eso que los quiero a ellos me impide querer a otro, encontrar en otro esa patria que encuentro siempre en los libros, ese sitio en el que ninguno de los hombres a los que quiero me pediría jamás que renunciara a ser siempre tan secreta.

2 comentarios:

virgen dijo...

Lo leo y me transmite tanta sensualidad que ya sólo soy capaz de quedarme arrullado ahí (me parecerá poco). Pero seguro que es porque soy altamente subjetivo, a la manera de la subjetividad romántica, la de los alemanes, esos tipos que cambiaban el clima en función de su estado de ánimo. Como un Werther de pacotilla.

Loulou dijo...

Si te transmite sensualidad esto, no vayas nunca a comerte una hamburguesa a Alfredo, temo por tu vida.