sábado, julio 30, 2011

Mermelada de quinotos

Receta no apta para impacientes
Arrancamos quinotos de su árbol, aproximadamente unos dos kilos. Los lavamos bien con agua fría. Apartamos medio kilo para confitar en subsiguientes tardes invernales.
En una cacerola grande hacemos bullir una salmuera. Echamos los quinotos en ella durante un par de minutos para quitarle amargor a la cáscara y para darle el toque chic Brillat-Savarin. Colamos las frutas y las dejamos sobre un trapo limpio por favor para que se sequen. Luego habrá que cortarlos a rodajitas muy finas apartando las semillas y conservando el jugo.
Colocar estas rodajitas y su jugo en una cacerola junto con la mitad de su peso en azúcar más un puñadito de propina. Revolver y tapar. Dejar macerar unas cuantas horas.
Hay que calentar esta mezcla a fuego muy lento durante el tiempo necesario y desconocido para que se cueza la fruta y se espese el jarabe, revolviendo de cuando en vez y sacando de la cacerola las estrellas blancas que forma el mesocarpio cítrico y dejándolas soltar el dulce que se robaron sobre un colador.
Cuando esté hecha la mermelada guardar en botes bonitos de cristal. En la medida de lo posible, ingerir o regalar.

viernes, julio 29, 2011

Esto luego me lo escribes

Podría contar un montón de cosas. Tengo los cuadernos cargados de notitas, el corazón extenuado de notitas, la memoria muerta de miedo de no ser capaz de ser industria conservera de tanta notita. Tengo varios encargos de contar cosas que mientras nos estaban pasando me pedían "luego esto lo tienes que escribir". Tengo un México que abandoné esperándose detrás de la puerta a que yo lo pueda poner en palabras. Me tengo a mí, destrozada o anonadada o hecha cachitos, al otro extremo del continente, perdida como el barco del arroz, no sé si como siempre o más que nunca, centrada en el viaje que elegí como contrapartida a los desagües y sin querer el viaje, sin querer contar, sin querer hacerme bolita o no hacerme bolita. Pasaron cosas hermosas y pasaron cosas feas, como siempre en los viajes (y decir los viajes es ya decir mi vida). Me pasan las cosas así ya con estarme quietita sentada sobre la maleta, en las estaciones o en los aviones que me bajan en Panamá, en los bares y al caminar por las calles  desconocidas que sin embargo muy rápido me pertenecen porque me invento una de mis vidas posibles sobre ellas, porque en seguida me saco de la bolsa la arquitectura portátil de mi vida y la dispongo alrededor de mí y las ciudades, porque ya distingo a un golpe de vista dientes y colmillos y algodón, porque el miedo mío viene a ser que algún día tenga que desmontarme lo portátil y permanecer.
Pero sí, podría contar y contaré a borbotones, ornaré todas mis notitas mexicanas, intentaré encontrar en mi maleta ese mantelito mexicano por el que regateé para ponerlo debajo del Buenos Aires desde el que ahora invento de nuevo otra contable vida portátil.

jueves, julio 21, 2011

El mundo necesita que estés bien

Cuando te desmoronas los cachos por dentro porque aspiras a la excelencia y ni la tocas, ni la rozas; cuando no eres capaz de darte el permiso para dejarte caer y te atenazas el alma hasta lo alto; cuando te detestas las maneras y sin embargo en vez de enfangarte en tu cochinería buscas treparte hasta los campanarios. Cuando crees que te ganarías tu derecho de llorarte un poquito y sonarte en la batista si pudieras contar una historia y aún así ni la cuentas ni te deslizas hacia los fáciles olvidos químicos de los otros. En esta casa el hambre pureza lo conservamos a un lado del mantel y sólo lo sacamos cuando estamos al borde del peligro de muerte, cuando cada minuto que pasa se nos asfixia otra magia, y aún así en las urgencias tenemos el cuidado parsimonia y el amor detalle de tostarlo un poco y colocarlo en la panera con el mantelito ornado de encaje antes de masticarlo despacito y con él formar esa miga con la que nos atragantamos a solas. Recuerdo un tiempo en el que yo era una chispa, así me muriera por dentro. Y aseguro que en cada día de mi vida hubo al menos una muerte por abrasión dolorosa. Y maldigo ese cada día de mi vida en que hubo al menos un chisparazo asesino y un agachamiento mío de cabeza. Pero aún así yo era algo vibrante de mirar, ahora me ahogo mate. ¿Alguien sabe lo que es ser yo? Este día tras otro día sin paz, este día tras otro de vaivén y de infierno y cielos sucesivos. Ni un día completo sin daño, ni un día sin retorcerme el brazo con mi propia mano. Me muerdo todo, de un segundo al otro, me asesina mi incapacidad de juntarme con los otros, mi implacable implacabilidad. Dentro mía hay sudestada continua y grabada a fuego la obligación de seguir cueste lo que cueste, cuando lo que quiero es claudicar y dejarme descansar en el centro de la tierra, dentro muy dentro de un agujero cavado con la boca. Descanso, descanso, pido a los gritos, cuando el descanso bien sé que no lo encontraré en ninguna parte. ¿Cuál será la soga que nos salve del ahogo y del sin brillo? ¿Será verdad lo que dice Ernest de que con el trabajo bien hecho uno se puede dar un tregua en el abrume? Una tregua tan minúscula como un standard de escenario. Cuánto te puede durar un It's alright with me. Cuántos años te puede tardar un libro entre los dedos. Y aunque es bien de cierto que esos derrumbamientos previos al esfuerzo de decir cantado o por escrito son mucho más terribles y más hermosos (porque luego florecen por dentro y les salen los frutos para el afuera) que los otros, los de serie, los marejada de existir mucho para luego pudrirse, qué madrazos hasta llegar a esa bendita inercia de cambiar el dolor de ser por el dolor de crear. Que alguien me entregue el látigo Capote, se lo cambio por mis frozen daiquiris de vivir.

miércoles, julio 20, 2011

Lo que dice Manu que lea

Felisberto Hernández
Alberto Laiseca
Kjell Askildsen
Hebe Uhart
Marosa di Giorgio
Ana Cristina Cesar
Paulo Leminski
W. G. Sebald
Muriel Spark
Carson McCullers

miércoles, julio 13, 2011

Intento inútil de ennoblecer un pollo

Picar cinco dientes de ajo y mezclarlos con una cantidad generosa de estragón y romero, un puñado de sal gruesa, una cucharada grande de miel y medio vaso de vino de Oporto.
Disponer un pollo entero limpio y adobarlo con la mezcla anterior por fuera e introducirle en el interior medio puñadito de pimienta negra en grano, almendras picadas, unas tiras de panceta ahumada y dos cucharadas de miel.
Colocarlo en una fuente rodeado de cebollas y manzanas en cuartos y regado con aceite de oliva.
Introducir en el horno hasta que esté dorado por ambos lados. Echarle caldo de vez en cuando para que no se seque.
Comérselo con la íntima conciencia de estar estropeándose el alma por alimentarse de semejante animalucho inmundo. Para la próxima, repetir la receta con un faisán.

Esa hora desnuda de cantos en la ciudad

Cristián extrañaba secretamente sus amores confiados, distantes y distintos. Era tan fácil confiar en lo que no le importaba demasiado. Esos amores de confiterías, de esquinas de almacenes, de playas, que no le robaban nada, ni sus paseos por las mañanas al sol, ni sus horas vacías, ni la soledad que lo llevaba a tientas al lado de los demás seres, ni las visitas a casas de sus primas, ni la generosidad divina del tiempo, ni su desgracia de estar siempre solo.

Los trenes abiertos de Latinoamérica

Por qué aquí descubro una vocación verdadera de viajera. Por qué aquí en el último vagón del tren que va a Bahía Blanca, a oscuras de esas lámparas que tenues se encienden de cuando en vez y dejan ver el moho acumulado en la pantalla, con el olor a alcoholes pegados a la ropa y a hacinamiento y a sillón roto y a peleas a los gritos, con las ventanas que malcierran en pleno invierno bajo las persianas metálicas (yo llevo la mía subida para que entre el sentimiento campo y lo que entra es el frío de julio por el cristal roto), con las niñas despeinadas y sucias y los niños jugando en el piso como bultos en la sombra, Divididos sonando muy alto en el celular de mi compañero de banca (milagro bendito que no sea cumbia) mientras el viajero de delante, hermoso adolescente mugriento que ha aguantado estoico los embates de su madre borracha sentada al frente, le pide que lo ponga más alto. Y al recorrerme el tren pasando por las plataformas intermedias llenas de hombres que fuman y me dicen cosas, llegar al vagón supuestamente restaurante con sillas de madera verdaderamente de cocina para buscar al guarda y pedirle que me dejen bajar en Abbott y cambiarme a un vagón que tenga luz luz luz en el alma para poder leer los cuentos de Silvina, me conmueven estas cosas de estar viviendo lo inesperado, ese sentimiento de plebe, la cotidianeidad miserable de la que otros no pueden escapar y por la que yo ando de turista. Esta barrera que yo atravieso hasta otro vagón donde sí hay luz y no bancas corridas donde se sientan tres o cuatro personas o la madre borracha para reconciliarse con el hijo adolescente le pasa la botella de cerveza, este paso que puedo dar yo y no pueden dar los otros, la perra conciencia de clase que sólo te crece cuando te pasas al otro país del país, al país deterioro de lo pobre de Constitución, a esa arquitectura vestigio de lo que fue carcomida por el hambre y la estética del billete de dos pesos pegado con cinta. Y en el tren cochambre donde estoy y del que bajaré vuelta a ser Saulo, este tren donde los números de las butacas están pintados con rotulador sobre las paredes de madera, entre los percheros atornillados donde colgar los abrigos y las bolsas de plástico, donde los de clase preferente no saben que su preferencia es perfectamente risible y desde la que ignoran los vagones del fondo, donde pasa un mozo preguntando si quieres reserva para la cena, como si esto fuera el Orient Express y no Ferrobaires, sé, como siempre sé, que estoy del otro lado, aunque no llegue al otro país del país de Cabello y Canning, aunque viaje en este tren o recuerde el autobús mexicano que nos llevó con cumbia con banda de metales puesta a un volumen que nos hacía bailar en los asientos aún en contra de nuestra voluntad, las ventanillas bajadas al calor y al clima desnudo, Araceli y yo bajando los escalones empinados bailoteando hasta la calle siendo extranjeras, estoy de otro lado. Y eso duele. Y eso es un alivio.