miércoles, julio 13, 2011

Los trenes abiertos de Latinoamérica

Por qué aquí descubro una vocación verdadera de viajera. Por qué aquí en el último vagón del tren que va a Bahía Blanca, a oscuras de esas lámparas que tenues se encienden de cuando en vez y dejan ver el moho acumulado en la pantalla, con el olor a alcoholes pegados a la ropa y a hacinamiento y a sillón roto y a peleas a los gritos, con las ventanas que malcierran en pleno invierno bajo las persianas metálicas (yo llevo la mía subida para que entre el sentimiento campo y lo que entra es el frío de julio por el cristal roto), con las niñas despeinadas y sucias y los niños jugando en el piso como bultos en la sombra, Divididos sonando muy alto en el celular de mi compañero de banca (milagro bendito que no sea cumbia) mientras el viajero de delante, hermoso adolescente mugriento que ha aguantado estoico los embates de su madre borracha sentada al frente, le pide que lo ponga más alto. Y al recorrerme el tren pasando por las plataformas intermedias llenas de hombres que fuman y me dicen cosas, llegar al vagón supuestamente restaurante con sillas de madera verdaderamente de cocina para buscar al guarda y pedirle que me dejen bajar en Abbott y cambiarme a un vagón que tenga luz luz luz en el alma para poder leer los cuentos de Silvina, me conmueven estas cosas de estar viviendo lo inesperado, ese sentimiento de plebe, la cotidianeidad miserable de la que otros no pueden escapar y por la que yo ando de turista. Esta barrera que yo atravieso hasta otro vagón donde sí hay luz y no bancas corridas donde se sientan tres o cuatro personas o la madre borracha para reconciliarse con el hijo adolescente le pasa la botella de cerveza, este paso que puedo dar yo y no pueden dar los otros, la perra conciencia de clase que sólo te crece cuando te pasas al otro país del país, al país deterioro de lo pobre de Constitución, a esa arquitectura vestigio de lo que fue carcomida por el hambre y la estética del billete de dos pesos pegado con cinta. Y en el tren cochambre donde estoy y del que bajaré vuelta a ser Saulo, este tren donde los números de las butacas están pintados con rotulador sobre las paredes de madera, entre los percheros atornillados donde colgar los abrigos y las bolsas de plástico, donde los de clase preferente no saben que su preferencia es perfectamente risible y desde la que ignoran los vagones del fondo, donde pasa un mozo preguntando si quieres reserva para la cena, como si esto fuera el Orient Express y no Ferrobaires, sé, como siempre sé, que estoy del otro lado, aunque no llegue al otro país del país de Cabello y Canning, aunque viaje en este tren o recuerde el autobús mexicano que nos llevó con cumbia con banda de metales puesta a un volumen que nos hacía bailar en los asientos aún en contra de nuestra voluntad, las ventanillas bajadas al calor y al clima desnudo, Araceli y yo bajando los escalones empinados bailoteando hasta la calle siendo extranjeras, estoy de otro lado. Y eso duele. Y eso es un alivio.

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