viernes, agosto 05, 2011

Como el agua también vuelvo si quiero con mi canto de siempre

Chaltén. Chocolatería
En los pueblos patagónicos aún es fácil ver cuáles son las casas de los que llegaron primero empeñando el alma, con sus tejados de chapa a dos aguas o de tejuelas de quebracho ennegrecidas, maderas cortadas a serrucho y clavadas clavo a clavo con un único martillo, casas con planta de arriba sustentada por troncos sin pulir clavados en la tierra y ventanas selladas con masilla, casas tan fáciles de distinguir en su primitivismo como los emprendimientos de los vivales que venden como auténticas las mismas tiras de bombillitas sofisticadas que cuelgan en sus locales desde los cerros de Valparaíso al Barrio Gótico de Barcelona pasando por San Telmo para que los que vienen de lejos se sientan a salvo y en lo limpio en teterías, restaurantes y cabañas de diseño, lejos de las carpas, las mesas de madera sin barnizar y las estufas a carbón de los que pagaron derecho de suelo para que existieran las Angosturas y los Chaltenes que ahora fotografían ufanos los que guardan en el cajón del cuarto de hotel su billete de vuelta a casa, esas casas sobre las que no soplan los vientos patagónicos ni las amenazas que soplaron sobre los que se atrevieron a vivir su vida sin seguro ni anclaje ni goretex.