domingo, octubre 30, 2011

Así me encuentran

losas de la Alhambra
puentes de Estrasburgo
vagón tren ventana
botines tacón puta
mujer bajo la nieve
poema por encima del mar
peine del viento
flor gris
niñas en el sofá
botones azules
cotorras que hablan
bereber blanco
óxido en una silla
viento en el magnolio
buceadores perdidos
calles con profundidad
procesión absurda
puerta de Kiev
noche estrellada Antofagasta

domingo, octubre 23, 2011

Toda sangre llega al lugar de su quietud

Camino empedrado. Real de CatorceAcodada en el poyo mirando al cerro pienso en ese camino hasta aquí mientras me pregunto por qué ando trastornando este viaje (o quizá sea el viaje quien se trastorna solo), por qué ando poniéndole nombres a las cosas, quizá para que me conduzcan más tranquilas y me amansen el camino. ¿El camino adónde? Ningún camino lleva a ninguna parte, ni siquiera aquí adonde he llegado ahora. Puede que esta aseveración tan atrevida sea cierta, porque ese camino empedrado que no puedo saber si existe o no me trajo hasta este aquí que tampoco sé si existe o no; después del pueblo de nombre raro, Matehuala, giramos a la izquierda y de pronto aparecieron los adoquines azulados y a lo lejos la línea clara de las montañas contra el celeste y contra la luz y a los lados la nada y a lo lejos sí las montañas y a nuestros pies las piedras del camino dispuestas en cinco vías y seis líneas separándolas. Y ahí la irrealidad palpable, inmediata, la entrada en el sueño después de toda la autopista de México verdadero, de las cantinas de carretera donde me he comido unos muy reales tacos de barbacoa y de tripa, por donde he visto pasar veintenas de camiones del ejército mexicano llenos de soldados demasiado jóvenes con las caras tapadas con trapos negros y cargando esos fusiles de asalto serpiente de fuego con los que te apuntan para pedirte la documentación en el retén, como para que te midas la vida pasada y no contemples la futura, como para que mastiques la sapiencia de que ningún camino llega a ninguna parte; y luego ahí después de esa realidad mortuoria de pronto la irrealidad toqueteable, una especie de niebla en los ojos, esa entrada al sueño al doblar a la izquierda después de Matehuala, verdadero recodo, la confrontación con ese camino de piedra extraída y tallada y transportada por sabe dios qué manos y colocada en once filas sabe dios por qué otras manos, dispuesta para que rodemos nuestro centro por encima de los veintitantos kilómetros de Camino Real que se vuelven un tiempo interminable de años, que no importaría si llevasen a alguna parte o no, si no fuera porque alcanzan hasta el túnel de Ogarrio sosteniendo la montaña sobre su arco. Años después de entrar en el camino, años después, pasamos a la vieja chiquitita y renegrida que sin orillarse hasta nosotros, a más de 20 metros desde la retama florecida de amarillo con mi mismo corte de peinado a lo Bob pero de pelos blancos blancos, nos extiende la mano, pidiendo sin pedir o sin esperar que le diéramos; mi alma, era. Años después de entrar en el camino, años después, nos cruzamos al perro flaco y cuerpibajo que sin mirarnos por el arcén venía a paso ligero en sentido contrario, regresado vencido de algo; mi corazón, era. Y aquí, ahora, acodada en el poyo cara al desierto, después del túnel sujetador de montañas trozo antes de la luz del que no quise salir nunca, mientras pelo y me como una naranja que me parece imaginaria (sus gajos son tan irreales como este aquí, como las calles polvorientas del pueblo, como los caballerangos con sus camisas de vaquero de rancho y sus sombreros blancos que anhelé tanto hasta conseguir el mío, que quise tanto como haberme quedado para siempre en ese trayecto interminable y lento del túnel, oliendo el polvo viejo, oliendo el olor a piedra húmeda o podrida reconfortante de las casas antiguas que fueron muy habitadas y luego abandonadas a su sueño, oliendo el túnel en el que podría haberme acomodado por siempre de tan hogar y tan a salvo, tan poco el peso de la montaña más arriba), mientras intento convencerme de que realmente me estoy comiendo una naranja que realmente existe, recuerdo aquellos farolitos de luz amarillita y tranquila cada cinco metros en mi túnel empedrado y con cenefa, la única cosa realidad además del caballo que me llevó al desierto (pero ésa es otra historia) en ese camino hasta aquí. Ando desasosegando el viaje, pero quizá sólo sea porque aún ningún camino me llevó a ninguna parte.

Glosarse la vida, crearse una vida, creerse una vida

En la sala de lecturas del Infierno En el club
de aficionados a la ciencia ficción
En los patios escarchados En los dormitorios de tránsito
En los caminos de hielo Cuando ya todo parece más claro
Y cada instante es mejor y menos importante
Con un cigarrillo en la boca y con miedo A veces
los ojos verdes Y 26 años Un servidor

viernes, octubre 21, 2011

Surge surge, amica mea, speciosa mea, et veni

El mundo. Chiquito. Sin límites. De viaje. Porque el viaje es una droga, igual que el amor, porque el viaje y el amor son lentes que se colocan sobre la vida para que todo se vea diferente. El mundo que se para a 20 km de Trelew, donde se nos rompe la suspensión. En medio de la nada, bajo las nubes tendidas horizontales a lo largo de los kilómetros, sobre los terrenos baldíos desiertos llenos de esos matojitos desolados, esperamos. La madre y la hija que juegan a las cartas, el niño que se mancha las manos con las onzas de chocolate con almendras que le regalo, el antiguo policía que no se ha callado la boca desde Gallegos y a quien nadie ahora le acepta los mates, el señor de Peguajó que se mudó a Santa Cruz, la correntina que dice cosas como “la mejor escuela es la vida”, “el trabajo es lo más principal” y el soldado mudo de Posadas. Ojalá el autobús siguiera viaje hasta China, hasta Cuba, podría recorrerme el continente aquí adentro, por amor del trayecto, días y días ocupados, que alrededor mía se conviertera el planeta en kilómetros. Quisiera. Seguir. Descansar ahí, en la falta de destino, en el trayecto. Per se. Llegar a Puerto Deseado, el lugar donde nunca estuve. Y hablo de un Puerto Deseado, no de un Destino Robado. Mientras el autobús sigue parado y viene subiendo el sol, aquí hablan de las toninas, del estrecho de Magallanes y de la punta San Julián, todas cosas que no he visto. Alguien dice: No sabía dónde estaba Puerto Deseado. Miré en el mapa y vi que estaba en la provincia de Santa Cruz. A 125 km de la ruta. Cuando bajé del micro: una terminal chiquitita, un frío de matarse. No me gustó el lugar. Pensé quedarme una semana y luego irme. Llevo siete años. El que se anima a entrar se da cuenta de que no es sólo un pueblo pesquero. El puerto. El pueblo. Hay tres semáforos. Te paras en rojo y pasan los cardos rodando. Hay que recorrer los cañadones subido y congelado en una moto. Una belleza inigualable. El mismo frío de matarse. Y esos pingüinos de penachos amarillos.
A veces me entra fastidio y esa tristeza profunda por andar viajando sola. Oscilo siempre entre la felicidad de mi soledad y la pataleta del por qué. No es pataleta, es una melancolía de dejar toda la vida hilvanada por piezas y saber que seguramente nunca coseré ninguno de esos trajes. A veces se me ocurre no seguir viajando porque me crece una esperanza, una esperanza de Puerto Deseado. Sin embargo, el monstruo que más miedo me da es la esperanza exacerbada. Veneno, la esperanza. De dónde surgirá. De dónde irá a buscarme, a bajarme la barrera, a darme la mano para ayudarme a descender de la carroza. De ahí. De un lugar que no me guste al llegar y luego me arrebate a esperanzas siete años. Un puerto que se haga desear solo, no un puerto robado a la fuerza ni domeñado según esa esperanza asesina que me susurra verbigracia que habría sido mejor  habernos quedado tirados en ese momento milagro para el que falta un día de kilómetros de pasar de la infructuosa Patagonia a la fecunda Pampa, en esa maravilla de las cosas que crecen, de los tilos en el atardecer, del empezar de la primavera, del olor de los mandarinos; que habría sido mejor haber aterrizado en un puerto dispuesto a ser deseado.

domingo, octubre 16, 2011

Las institutrices de la cumbia

Puebla
Llegamos bien noche, en un Estrella Roja, vimos una película rara en el camión, escuchamos un poquito a Javier Ruibal. Esperamos mucho rato en la estación a que viniera M. por nosotras y escogimos un hotel caro. M., ese poblano güero y alto que le regateó al taxista para que nos llevara a un hotel del centro. Luego buscamos un sitio para cenar, hacía mucho calor y estaban muy oscuras las calles. Comí carne y vomité como cerdo toda la noche. Tu primera ingesta de carne en años y tus posteriores vómitos. Sí, la pasé mal en la noche y después fuimos a Cholula también en taxi regateado a un bar todo feo. Primero a un bar feo, ahí tomamos un tequila infame, y luego a un bar chulísimo donde tocaba una banda de jazz y el baño estaba atiborrado de gente y mientras tú vomitabas yo canté una canción con un chico que estaba apoyado en el lavabo de señoras con una guitarra. Y dijiste que íbamos vestidas de institutrices de la cumbia. Íbamos con faldas con forma de trapecio, blusa y rebequita. Recuerdo que yo iba de malva, morado y colorado y tú de negro, verde y vomitado. En la planta de arriba ponían cumbia. Me sacó a bailar un señor autóctono con barba y aspecto de revolucionario. Y tú fuiste a mendigar hierba y no me diste ni un poquito. Y bailamos las dos juntas, nos miraban muchísimo, y me dieron más mota y nos regresamos. En el camino de regreso de Cholula me enseñasteis a decir echar el caldo y rico caldo amistoso y pasión sin arrime. Apenas fui a Cholula y es más bonito de día. Debe de ser, hay un poema famoso de ese lugar que dice Cuánto es bella la tierra que habitaban, los aztecas valientes. Y al otro día nos encontró casualmente M., después fuimos a comer cemitas y helado. Helado de mango con chile, casi me desmayo del gusto. Habíamos estado paseando por todo Puebla como turistas. Compramos muchísimas tazas. Yo me había comprado también ese vestido color madreselva tan bonito porque creía que iba a vivir en el campo. ¿Te acuerdas que antes de eso fuimos al cafecito? Café de Celia. Comimos cosas riquísimas, nos hicieron tortas con amor y aguacate. Estaban paiques. No podía pagar con tarjeta, menos mal, si no estaría cargando con aquellos malditos platos de Talavera. ¡Malditos y sensuales platos! Luego fuimos al hotelito. De ahí fuimos a la Terminal. No, no, fuimos al otro hotelito barato de las colchas con pagodas donde nos habíamos mudado y estuvimos tiradas en la cama después del helado. Y luego fuimos a comprar dulce de camote y albureamos con M. Y fuimos a las Pasitas a tomar licor de pasa. Sí. Tú mucho, yo poco. Y vimos una casa con garzas o algo así. Me había olvidado de esa casa abandonada con las garzas de piedra y las puertas claveteadas. Y luego sí fuimos a la Terminal, ahí tú seguiste vomitando y yo bebí tequila. Pero antes fuimos a cenar esas cosas fritas, cómo se llaman. Molotes. En Antojitos Acapulco, 5 Poniente, el único lugar que tengo apuntado en mi cuaderno para poder volver. Y ya cantaste en ese lugar y el mesero le coqueteó a M. y después vomité y alguien me prestó su bici y anduve en bici. Mientras tú ibas en bici yo me besuqueaba en el Zócalo. Sí, yo me di cuenta. M. no pudo andar en bici porque estaba muy borracho. ¿Cómo era aquella canción que cantabas en la ducha? El otro día la vi en el apartamento, el otro día la vi y me puse menso. Nadie tendrá mi suerte de conocer Puebla de la mano tuya. Al día siguiente fuimos a desayunar huevos rancheros y chocolate en jícara. ¿Te acuerdas de que sonaba todo el rato José José? Ajá. Y yo cantaba Espera, aún la nave del olvido no ha partido. Luego nos subimos a un autobús y sonaba cumbia y veíamos todo Puebla: sus casitas feas, su parte acabada. Me dio una fiebre americana, me quería cruzar todo el continente en autobús. Me acuerdo de una canción del camión con muchos metales, era salsa pero como con trompetas, saxofones, todo, muy de amor. Estuvimos moviendo los hombros con la canción, luego bajamos y había puestos de discos y zapatos y de todo y en cuanto te ayudé a bajar del camión aprovechamos las manos tomadas y bailamos.

lunes, octubre 10, 2011

Cuando yo vivía en Uzbekistán

¿Conoces el arroz Plov? Se hace con cordero. En Uzbekistán los que cocinan son los hombres, las mujeres hacen las faenas del campo. En un hoyo en el suelo preparan carbón de leña y ahí encima, a la distancia apropiada, colocan una olla de cobre donde cocinan el arroz con el cordero, cebollas, zanahorias y esa fruta naranja de la familia de la ciruela que no me acuerdo cómo se llama en español. Albaricoque. Damasco. Utilizan muchísimas especias. Todo cortado chiquito porque comen con los dedos. En Uzbekistán el dueño de casa al invitado le pone la comida en la boca, y como se bañan dos veces en la vida, cuando nacen y cuando se mueren, imagínate esas uñas. Eran tiempos de guerra y yo tenía hambre, pero cuando me vi aquella mano metiéndome la comida en la boca, estuve vomitando una semana. Pero era delicioso. Yo era chica y no entendía de cocina, no recuerdo bien cómo lo preparaban, sólo que me gustaba mucho. Recuerdo el olor de la grasa. Los corderos acumulan la grasa en la cola, esa bola blanca redonda es la que utilizan para cocinar el arroz Plov. Recuerdo aquellos dedos, como unas pincitas. En mi boca.

miércoles, octubre 05, 2011

El Ruso

El Ruso. Chaltén
Hay, siempre, en el camino, cuando uno se cae (lo cuento cada vez que me pasa), desconocidos que no sabes quiénes son ni de dónde salen que te salvan el alma en lo peor de los abismos, que se agachan a recogerte el pañuelo caído y te sostienen de la mano un rato hasta que puedes seguir, empotrada en ese desprendimiento gratis total escupido a la corriente del mundo. Cuando estás acompañada y te abandonan o cuando estás sola y te abandonas, llega la Verónica y estampa tu cara contra el paño, te sonríe y te convence de que se puede, aún se puede, seguir y encontrar pepitas de oro en el lecho del río que justo cruza el pueblo al que acabas de llegar. Y esta vez a mí me llegó el Ruso. El Ruso que te guarda la maleta, te deja que le cebes unos mates, te tachonea el plano de la ciudad, se encarga de abrirte el embozo de la fe en el mundo, te limpia las botas del corazón, te da tus veinte minutos de llanto y tu noche de sueño y luego te suena los mocos y te suelta al planeta de una nalgada. El Ruso al que cuando le pides que te desee suerte te contesta que a ti no te hace falta suerte. Ruso ex machina, bendito seas por interponerte en el camino en la manera contraria a esas nubes ramas que me taparon el bosque Fitz Roy.