miércoles, octubre 05, 2011

El Ruso

El Ruso. Chaltén
Hay, siempre, en el camino, cuando uno se cae (lo cuento cada vez que me pasa), desconocidos que no sabes quiénes son ni de dónde salen que te salvan el alma en lo peor de los abismos, que se agachan a recogerte el pañuelo caído y te sostienen de la mano un rato hasta que puedes seguir, empotrada en ese desprendimiento gratis total escupido a la corriente del mundo. Cuando estás acompañada y te abandonan o cuando estás sola y te abandonas, llega la Verónica y estampa tu cara contra el paño, te sonríe y te convence de que se puede, aún se puede, seguir y encontrar pepitas de oro en el lecho del río que justo cruza el pueblo al que acabas de llegar. Y esta vez a mí me llegó el Ruso. El Ruso que te guarda la maleta, te deja que le cebes unos mates, te tachonea el plano de la ciudad, se encarga de abrirte el embozo de la fe en el mundo, te limpia las botas del corazón, te da tus veinte minutos de llanto y tu noche de sueño y luego te suena los mocos y te suelta al planeta de una nalgada. El Ruso al que cuando le pides que te desee suerte te contesta que a ti no te hace falta suerte. Ruso ex machina, bendito seas por interponerte en el camino en la manera contraria a esas nubes ramas que me taparon el bosque Fitz Roy.

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