viernes, octubre 21, 2011

Surge surge, amica mea, speciosa mea, et veni

El mundo. Chiquito. Sin límites. De viaje. Porque el viaje es una droga, igual que el amor, porque el viaje y el amor son lentes que se colocan sobre la vida para que todo se vea diferente. El mundo que se para a 20 km de Trelew, donde se nos rompe la suspensión. En medio de la nada, bajo las nubes tendidas horizontales a lo largo de los kilómetros, sobre los terrenos baldíos desiertos llenos de esos matojitos desolados, esperamos. La madre y la hija que juegan a las cartas, el niño que se mancha las manos con las onzas de chocolate con almendras que le regalo, el antiguo policía que no se ha callado la boca desde Gallegos y a quien nadie ahora le acepta los mates, el señor de Peguajó que se mudó a Santa Cruz, la correntina que dice cosas como “la mejor escuela es la vida”, “el trabajo es lo más principal” y el soldado mudo de Posadas. Ojalá el autobús siguiera viaje hasta China, hasta Cuba, podría recorrerme el continente aquí adentro, por amor del trayecto, días y días ocupados, que alrededor mía se conviertera el planeta en kilómetros. Quisiera. Seguir. Descansar ahí, en la falta de destino, en el trayecto. Per se. Llegar a Puerto Deseado, el lugar donde nunca estuve. Y hablo de un Puerto Deseado, no de un Destino Robado. Mientras el autobús sigue parado y viene subiendo el sol, aquí hablan de las toninas, del estrecho de Magallanes y de la punta San Julián, todas cosas que no he visto. Alguien dice: No sabía dónde estaba Puerto Deseado. Miré en el mapa y vi que estaba en la provincia de Santa Cruz. A 125 km de la ruta. Cuando bajé del micro: una terminal chiquitita, un frío de matarse. No me gustó el lugar. Pensé quedarme una semana y luego irme. Llevo siete años. El que se anima a entrar se da cuenta de que no es sólo un pueblo pesquero. El puerto. El pueblo. Hay tres semáforos. Te paras en rojo y pasan los cardos rodando. Hay que recorrer los cañadones subido y congelado en una moto. Una belleza inigualable. El mismo frío de matarse. Y esos pingüinos de penachos amarillos.
A veces me entra fastidio y esa tristeza profunda por andar viajando sola. Oscilo siempre entre la felicidad de mi soledad y la pataleta del por qué. No es pataleta, es una melancolía de dejar toda la vida hilvanada por piezas y saber que seguramente nunca coseré ninguno de esos trajes. A veces se me ocurre no seguir viajando porque me crece una esperanza, una esperanza de Puerto Deseado. Sin embargo, el monstruo que más miedo me da es la esperanza exacerbada. Veneno, la esperanza. De dónde surgirá. De dónde irá a buscarme, a bajarme la barrera, a darme la mano para ayudarme a descender de la carroza. De ahí. De un lugar que no me guste al llegar y luego me arrebate a esperanzas siete años. Un puerto que se haga desear solo, no un puerto robado a la fuerza ni domeñado según esa esperanza asesina que me susurra verbigracia que habría sido mejor  habernos quedado tirados en ese momento milagro para el que falta un día de kilómetros de pasar de la infructuosa Patagonia a la fecunda Pampa, en esa maravilla de las cosas que crecen, de los tilos en el atardecer, del empezar de la primavera, del olor de los mandarinos; que habría sido mejor haber aterrizado en un puerto dispuesto a ser deseado.

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