domingo, octubre 23, 2011

Toda sangre llega al lugar de su quietud

Camino empedrado. Real de CatorceAcodada en el poyo mirando al cerro pienso en ese camino hasta aquí mientras me pregunto por qué ando trastornando este viaje (o quizá sea el viaje quien se trastorna solo), por qué ando poniéndole nombres a las cosas, quizá para que me conduzcan más tranquilas y me amansen el camino. ¿El camino adónde? Ningún camino lleva a ninguna parte, ni siquiera aquí adonde he llegado ahora. Puede que esta aseveración tan atrevida sea cierta, porque ese camino empedrado que no puedo saber si existe o no me trajo hasta este aquí que tampoco sé si existe o no; después del pueblo de nombre raro, Matehuala, giramos a la izquierda y de pronto aparecieron los adoquines azulados y a lo lejos la línea clara de las montañas contra el celeste y contra la luz y a los lados la nada y a lo lejos sí las montañas y a nuestros pies las piedras del camino dispuestas en cinco vías y seis líneas separándolas. Y ahí la irrealidad palpable, inmediata, la entrada en el sueño después de toda la autopista de México verdadero, de las cantinas de carretera donde me he comido unos muy reales tacos de barbacoa y de tripa, por donde he visto pasar veintenas de camiones del ejército mexicano llenos de soldados demasiado jóvenes con las caras tapadas con trapos negros y cargando esos fusiles de asalto serpiente de fuego con los que te apuntan para pedirte la documentación en el retén, como para que te midas la vida pasada y no contemples la futura, como para que mastiques la sapiencia de que ningún camino llega a ninguna parte; y luego ahí después de esa realidad mortuoria de pronto la irrealidad toqueteable, una especie de niebla en los ojos, esa entrada al sueño al doblar a la izquierda después de Matehuala, verdadero recodo, la confrontación con ese camino de piedra extraída y tallada y transportada por sabe dios qué manos y colocada en once filas sabe dios por qué otras manos, dispuesta para que rodemos nuestro centro por encima de los veintitantos kilómetros de Camino Real que se vuelven un tiempo interminable de años, que no importaría si llevasen a alguna parte o no, si no fuera porque alcanzan hasta el túnel de Ogarrio sosteniendo la montaña sobre su arco. Años después de entrar en el camino, años después, pasamos a la vieja chiquitita y renegrida que sin orillarse hasta nosotros, a más de 20 metros desde la retama florecida de amarillo con mi mismo corte de peinado a lo Bob pero de pelos blancos blancos, nos extiende la mano, pidiendo sin pedir o sin esperar que le diéramos; mi alma, era. Años después de entrar en el camino, años después, nos cruzamos al perro flaco y cuerpibajo que sin mirarnos por el arcén venía a paso ligero en sentido contrario, regresado vencido de algo; mi corazón, era. Y aquí, ahora, acodada en el poyo cara al desierto, después del túnel sujetador de montañas trozo antes de la luz del que no quise salir nunca, mientras pelo y me como una naranja que me parece imaginaria (sus gajos son tan irreales como este aquí, como las calles polvorientas del pueblo, como los caballerangos con sus camisas de vaquero de rancho y sus sombreros blancos que anhelé tanto hasta conseguir el mío, que quise tanto como haberme quedado para siempre en ese trayecto interminable y lento del túnel, oliendo el polvo viejo, oliendo el olor a piedra húmeda o podrida reconfortante de las casas antiguas que fueron muy habitadas y luego abandonadas a su sueño, oliendo el túnel en el que podría haberme acomodado por siempre de tan hogar y tan a salvo, tan poco el peso de la montaña más arriba), mientras intento convencerme de que realmente me estoy comiendo una naranja que realmente existe, recuerdo aquellos farolitos de luz amarillita y tranquila cada cinco metros en mi túnel empedrado y con cenefa, la única cosa realidad además del caballo que me llevó al desierto (pero ésa es otra historia) en ese camino hasta aquí. Ando desasosegando el viaje, pero quizá sólo sea porque aún ningún camino me llevó a ninguna parte.

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