martes, noviembre 29, 2011

Zapatos de tacón de alta montaña

Río de las vueltas
He visto la luz colorada sobre los picos nevados al atardecer. Y qué. Podría igualmente no haberla visto. He subido algunas montañas y he respirado el silencio antiguo al que le queda poco y caerá pisoteado por la modernidad. Y qué. Podría no haberlas subido. Vi el amanecer frío por entre la entrada al pueblo. Podría no haberlo visto. Subí un cachito de montaña para ver el desastre que están haciendo en el valle con tanta construcción, estaba todo nublado de nubes rosadas, naranjas y amarillas, y el mundo era de unos colores deslavazados e inexistentes en lo real que yo recuerdo: amarillos sin número Pantone, pajizos, verdes increíbles y ese celeste extraño hielo del río de las Vueltas. Un señor que corría sendero abajo, asfixiado y con reloj, al pasar por mi lado tan sentada en una piedra lejos de la droga de la vida, confrontando lo real que recuerdo con lo real de los que en una casita lejana crían caballos, me dijo que corría porque perdía el autobús para volver al Calafate. Le contesté que de vez en cuando es bueno perder la prisa y los autobuses a ver qué pasa y le regalé una piedrita verde. Podría no haberle dicho nada. Él corrió más rápido. Luego subí arriba del todo, puro capricho, podría no haber subido. En el silencio de la laguna vi el viento sobre el agua fabricando ojos de pluma de pavo real, vi otras nubes tapando el Fitz Roy, más blancas, más enfadadas, contemplé, así, en arrobo, un cachito del celeste del glaciar, me quité las botas y los calcetines y me mojé los pies para escándalo de los cuatro turistas que desde la otra orilla se abrazaban a sus cortavientos polares. Allá arriba con los pantalones remangados y los pies a temperatura de congelación me di cuenta como tantas otras veces de que todo da lo mismo, y de que esa sapiencia tampoco sirve de nada, porque podría no haberla tenido. Bajé la montaña. Aunque también podría perfectamente haberme quedado allá arriba.

Ciudades abiertas, ciudades cerradas

Beirut
Hay ciudades feas y horrorosas donde la gente vive incomprensiblemente porque la ciudad no los quiere ni los bientrata, pone a su paso feas calles y quita los árboles y llena todo de trasuntos inútiles como esas papeleras que tienen el fondo de rejilla, como para que todo lo que se tire dentro caiga al suelo o peor, para poner dentro una bolsa de plástico donde recoger las basuritas. Las ciudades son como la gente, algunas te acogen en su seno y te siembran sus calles de castaños de Indias que te den sombra y hacen crecer la brisa y las yerbitas entre los adoquines, te abren el embozo de la cama en la que te dejan descansar hasta bien entrada la mañana y los desayunos se hacen con mantel y sobremesa; otras ciudades te escupen sin recato y no te dejan entrar y se rodean de fosos e imposibilidades y malignidad, aunque estas ciudades son preferibles a las otras ciudades cocktail-party a las que la anfitriona que te invita con tarjeta de borde dorado sabes que no te quiere nada, ciudades que te engañan con sus amabilidades educadas durante años para luego dejarte caer en el pozo húmedo de la soledad con apariencia de chisporroteante sociabilidad; otras ciudades son pura fachada sin alma y se pasan la vida peinándose y parloteando sobre sí mismas sin nada encontrable que justifique su ombliguismo; están las ciudades que no le dan importancia a su aspecto porque por dentro son lo suficientemente buenas como para que su desaliño no parezca feo sino entrañable, esas ciudades llenas de casas viejas de grandes balconadas y patio con columnas y plantas, donde los vagabundos duermen al sol contra el viento (los vagabundos consiguen darle a las ciudades la impresión de ser pacíficas) y cafecitos y vecinos sentados en las veredas con sus sillas sacadas de casa al tardor; otras ciudades se dejan estar y a pesar de su derrumbe son voraces, dentro de su decadencia no tienen guata ni calor sino hambre, desastre y cólera; otras ciudades pretenden ser modernas y son sólo asquerosas y rastreras y amantes del plástico; y mis favoritas son sin duda las que crecen al lado del mar pero no le dan la espalda al mar sino las piernas, y se crecen alrededor de las aguas y de lo que cambia y de los que van y vienen en los barcos y traen tesoros o milagros o historias tenebrosas y lejanas, y están llenas de callecitas que hacia allá se encaminan y que te dejan ver a lo lejos la esperanza de lo azul. Y luego está Buenos Aires, que antes era un pirata seductor y ahora es como la nueva novia de tu mejor amigo: cascabelito amistoso por fuera, llena de bilis y con ganas de asesinarte por dentro, capaz de sutiles tejemanejes para sacarte de circulación y capaz de conseguirlo porque, al fin y al cabo, ella es el sexo y tú eres la cafetería.

viernes, noviembre 25, 2011

Concisão tem pátios pequenos onde o universo eu vi

Raúl Garré
La foto es de Raul Garré
Pelotas, esa ciudad de primeras yerma y arruinada y sin embargo de segundas bullicio y esplendor que te deja participar y te cede espacio para compartirte, esa ciudad de calles sopladas de noche por el viento gaúcho incombatible aunque vayas arropada en un pico de crochet mexicano, tapizada de suelos misteriosamente compuestos que no puedes dejar de mirar cuando caminas e imaginar las súbitas decisiones de los dueños de colocar acá y acullá una losa diferente a las demás, a veces de dibujo tan precioso que pataleas un poco sobre la acera porque sólo hay una, una única losa rosa, granate y crema, o amarilla y celeste y así no se puede apreciar el diseño geométrico completo que resultaría de cuatro, ocho, dieciséis cuadrados intrincados iguales a ése. Pelotas, esa ciudad de la que no puedes decir las plazas pobladas porque al menos dos de sus plazas están deshabitadas e inhóspitas, una llena de plantas crecidas sin tapujos a su amor y sin veredas y sin bancos y la otra con esa hermosura de depósito de agua tristemente pasado del óxido y del verde a la pintura rojo carreta. Luego Caboclo el ubicuo te cuenta que nadie va a pasearse ahí porque era donde castigaban y colgaban a los negros en los tiempos de la esclavitud, tiempos de los que no hace tanto tiempo, esos negros esclavos a los que antes y después de castigar enganchaban a una especie de esfera abierta flotante forrada con cuero a la que subían los patrones para que los transportaran por el agua y para que la ciudad pudiera tener un nombre de origen terrorífico. Pelotas, esa ciudad con casas pastelitos coloreados adornados de merengue unas, otras que por fuera son sólo una puerta y una ventana y por dentro un alargamiento interminable de cuartos y pasillos y patios donde llueve o desde donde mirar las estrellas, todas con contraventanas batientes y temibles rejas por dentro y por fuera de las puertas, seguridades que no se corresponden con la aparente apacibilidad de las calles al viento y al sol, calles que según cuentan se transforman por la noche en fuero de las hordas, noches que pese a eso también son campo de batalla de la música y de las voces espantosamente evocadoras, entonadas, profundas, felices, trastornadoras de almas y de suelos neumáticos de los músicos y cantantes pelotenses. Pelotas, esa ciudad de alegre melancolía si tal cosa pudiera existir, esa ciudad de cúpulas marítimas y pájaros marineros sin que haya mar cerca, esa ciudad de vocación fantasmagórica sacada de un sueño borroso, esa canción tocada en un instrumento de treinta y dos cuerdas, esa milonga.

martes, noviembre 15, 2011

Vuestras fronteras sólo existen en los mapas

Pelotas. Depósito de agua.
Todo lo que escribo sobre Pelotas me sale con aire tristonho, creo que es por culpa de Vitor Ramil. O quizá no. Esta ciudad llena de perros tristes que pasean solos por las aceras emparchadas de losas hidráulicas de distinto dibujo, mosaico del desgano, con sus casas abarrocadas pintadas de colores de una paleta envidiable e inencontrable en ningún otro sitio, intensamente imaginaria, con sus aguas podridas y marrones y sin embargo reverenciadas cada tarde por la visita de los pobladores, con ese aire decadente y abandonado de lo que tuvo un momento de fulgor y luego cayó en el olvido, con sus árboles salvajes, sus plazas de cualquier manera, su tristeza feliz, sus calles de adoquines del tiempo de la esperanza. Es difícil hablar de Pelotas porque pareciera una ciudad imaginada, como si muchos la hubiesen creado a su melancolía para usarla de fondo de retrato o de escenario para historias de viajeros de paso y de viento de frontera, famas revolcadas, letras de milongas. Pelotas es un poco portuguesa y un poco paraguaya y un poco brasileña y un poco uruguaya y un mucho su viento. Pelotas es tierra de nadie, es un lugar sin lugar verdadero, colgado en la niebla de lo que no se sabe si es o se soñó, como el sabor leve y sin color por fuera y amarillo dolor por dentro de los pasteizinhos de Santa Clara, como el sonido irreal y antiguo de los cascos de los mulos arrastrando carros que entra por las ventanas junto con los cantos de los pájaros raros. Pelotas es una literatura.

É sempre mais dificil ancorar um navio no espaço

Entre el anfiteatro escalonado con las hierbas crecidas a los pies de las gradas y el escenario horizonte, ese pool of mud como lo llama Alice. Entre el Quadrado y el mundo, un puente desnudo. El Quadrado, ese lugar de encuentro en la tarde (esa hora que yo llamo el tardor aunque tardor sea otoño en catalán) de espectadores que vienen todos a tomar chimarrão. Alrededor, casitas bajas con los depósitos de agua de ese color azul de la llama de gas colocados de cualquier manera en la azotea, y un bar de madera. Arriba, ese celeste siempre distinto de los cielos extranjeros, las nubes blanquísimas condensadas en gordura, bajas y extendidas, al alcance de la mano. Por todos lados, el viento que implacable me vuela el pelo y la rebeca menos azul increíble que el celeste del cielo o el añil de las caixas d'água, ese viento que sopla permanente y que espuma en verde fango las aguas donde bailan las barquitas pintadas de blanco, azul y naranja. Y el barco enorme y atracado y abandonado, acariciándose al óxido imperioso del tiempo que pareciera que hace que ningún barco zarpa o atraca aquí. Vidas pasadas cada tardinha (eso que yo llamo el tardor), esperando que sea éste verdaderamente el lugar de encuentro, cuando el sol se pone tras el puente y la luna sale del otro lado naranja como la cáscara de las bergamotas que es como se llaman aquí las clementinas, a no ser que haya nubes que tapen la línea de lo lejos, a no ser que el viento gaúcho haga insoportable el chimarrão, cebado con esa yerba color verde radioactivo que se toma en esta tierra fronteriza, a no ser que ya se hayan cantado todas las canciones sobre la luna que se recuerden mientras se la espera, redonda y brillante, a que cambie el color del mundo.

martes, noviembre 08, 2011

Cada lucero, un remanso del tiempo

Rivadavia 10000
Cada vez que cruzo Rivadavia al 10000 me esfuerzo por crear un cuadro plástico, como si en ese semáforo hubiese alguien esperándome con una cámara. No sé por qué para mí ese tramo de calle es un Rubicón estético, pero es; tal vez porque después de ratos de compañía reconcentrada ahí tengo que medirme la vida y el regreso a una casa que no es mía. Siempre sopla un viento que si no fuera por la geografía y la falta de salitre sería casi una brisa marina que me echa el pelo sobre la cara, a veces con piedad, otras con arrebato y furia. Cuadra rara, como con mucho espacio, desierta siempre de tráfico a la hora en la que la cruzo, fea a no ser que la mires con los ojos empañados, y pese a su fealdad a veces me queda tan bonita la trasversal que me dan ganas de cruzarme de nuevo al otro lado y repetir jugada. No miento, he mirado desde la parada del colectivo el paso de cebra planteándome si repetir mi gesto que pretendo fotografiable. Nunca he vuelto a cruzar, todavía no estoy tan loca. Dadme tiempo. Ah, sí, Rivadavia al 10000. Me la he cruzado sonriente y sosegada, arrastrada de la pena hasta las lágrimas, encaprichada y cantante, no sabiendo nada de nada, construyendo un momento importante recordable y bandera, pensando en si los lazos que creo son reales o ficticios, catastrófica pero festiva, concentrada en ese momento en el que estoy, efectivamente, cruzando Rivadavia al 10000, consciente del viento despeinador y del miedo a no llegar a ser ninguna, deseando que me quiten la razón de la boca y la rienda de la mano. Maldita cuadra que me dibuja siempre en tangente la evidencia de mi soledad. Maldita cuadra cinematográfica que me hace reír en su mitad de divertimento puro. Bendita cuadra inexplicable que en su medio justo me encapricha con seguir siendo la misma pero una misma totalmente diferente.

viernes, noviembre 04, 2011

Iluminarte el camino desde lo oscuro tuyo hasta mi luz

Cruz del sur
Nunca me había visto la sombra tan negra como esta noche delante mía, entre el cerro y yo, bajo las estrellas. Quise pensar que mi sombra era más negra porque estoy menos luminosa en este lugar al que hay que venir ex profeso en varios medios de transporte, más lejos que lo lejos, sin librerías ni mandarinas, pequeño de luz de sol, horrorosamente invernal en medio de la primavera. Mientras me reconcentraba en mi negrura subiendo por el camino pedregal, el perro de Hem Herhu me salió al encuentro, me reconoció olisqueándome y me hizo fiesta, y así me iluminé, en este sitio al que de tan lejos hay que elegir venir, donde las tres señoras que se juntan a hacer punto en la casita blanca que sirve de biblioteca del pueblo me prestan un ovillo y una aguja de crochet para que haga cadeneta mientras una de ellas lee en voz alta un cuento de Abelardo Castillo, donde la dueña de la cafetería donde vengo a tomar el té cada tarde me manda de acá para allá con su nombre como escudo protector para que me haga hueco, donde el Ruso cada día me espera para que le cebe unos mates. Aunque bajo las estrellas australes queda poco espacio para la esperanza de fructificar porque además de que la tierra patagónica sea árida dejó de ser para los que se cansaban de viajar y querían plantar sus huesos al viento, lejos del mundo recorrido, para los que querían bautizar algún accidente del terreno con su nombre, aunque sólo quede espacio para el lucro y no para la soledad escogida, aunque no se pueda querer estar tan solo como para venir hasta aquí, el perro de Hem Herhu y algunos otros conocen aquí ya mi nombre sin que haya tenido que ponérselo a un lago o una montaña. Nunca me había visto la sombra tan negra como esta noche bajo la luna vacía, y quiero pensar que quizá estoy más luminosa en este lugar al que vine desde tan lejos sin realmente haberlo elegido.

martes, noviembre 01, 2011

Fuentecilla que corre clara y sonora

Hoy tuve en los brazos a una niña que no era nada mío y la calmé. La abracé y le susurré una bendición secreta. La llevé del llanto al sueño. Y no era nada mío. Lo que yo me quedo como mío es lo que yo le construí: mis brazos para que ella se durmiera. ¿Se acordará de mí algún día? ¿Podré vivir yo alguna paz en esa memoria? Hoy una niña que no era nada mío me creció un sosiego entre los brazos.