martes, noviembre 08, 2011

Cada lucero, un remanso del tiempo

Rivadavia 10000
Cada vez que cruzo Rivadavia al 10000 me esfuerzo por crear un cuadro plástico, como si en ese semáforo hubiese alguien esperándome con una cámara. No sé por qué para mí ese tramo de calle es un Rubicón estético, pero es; tal vez porque después de ratos de compañía reconcentrada ahí tengo que medirme la vida y el regreso a una casa que no es mía. Siempre sopla un viento que si no fuera por la geografía y la falta de salitre sería casi una brisa marina que me echa el pelo sobre la cara, a veces con piedad, otras con arrebato y furia. Cuadra rara, como con mucho espacio, desierta siempre de tráfico a la hora en la que la cruzo, fea a no ser que la mires con los ojos empañados, y pese a su fealdad a veces me queda tan bonita la trasversal que me dan ganas de cruzarme de nuevo al otro lado y repetir jugada. No miento, he mirado desde la parada del colectivo el paso de cebra planteándome si repetir mi gesto que pretendo fotografiable. Nunca he vuelto a cruzar, todavía no estoy tan loca. Dadme tiempo. Ah, sí, Rivadavia al 10000. Me la he cruzado sonriente y sosegada, arrastrada de la pena hasta las lágrimas, encaprichada y cantante, no sabiendo nada de nada, construyendo un momento importante recordable y bandera, pensando en si los lazos que creo son reales o ficticios, catastrófica pero festiva, concentrada en ese momento en el que estoy, efectivamente, cruzando Rivadavia al 10000, consciente del viento despeinador y del miedo a no llegar a ser ninguna, deseando que me quiten la razón de la boca y la rienda de la mano. Maldita cuadra que me dibuja siempre en tangente la evidencia de mi soledad. Maldita cuadra cinematográfica que me hace reír en su mitad de divertimento puro. Bendita cuadra inexplicable que en su medio justo me encapricha con seguir siendo la misma pero una misma totalmente diferente.

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