martes, noviembre 29, 2011

Ciudades abiertas, ciudades cerradas

Beirut
Hay ciudades feas y horrorosas donde la gente vive incomprensiblemente porque la ciudad no los quiere ni los bientrata, pone a su paso feas calles y quita los árboles y llena todo de trasuntos inútiles como esas papeleras que tienen el fondo de rejilla, como para que todo lo que se tire dentro caiga al suelo o peor, para poner dentro una bolsa de plástico donde recoger las basuritas. Las ciudades son como la gente, algunas te acogen en su seno y te siembran sus calles de castaños de Indias que te den sombra y hacen crecer la brisa y las yerbitas entre los adoquines, te abren el embozo de la cama en la que te dejan descansar hasta bien entrada la mañana y los desayunos se hacen con mantel y sobremesa; otras ciudades te escupen sin recato y no te dejan entrar y se rodean de fosos e imposibilidades y malignidad, aunque estas ciudades son preferibles a las otras ciudades cocktail-party a las que la anfitriona que te invita con tarjeta de borde dorado sabes que no te quiere nada, ciudades que te engañan con sus amabilidades educadas durante años para luego dejarte caer en el pozo húmedo de la soledad con apariencia de chisporroteante sociabilidad; otras ciudades son pura fachada sin alma y se pasan la vida peinándose y parloteando sobre sí mismas sin nada encontrable que justifique su ombliguismo; están las ciudades que no le dan importancia a su aspecto porque por dentro son lo suficientemente buenas como para que su desaliño no parezca feo sino entrañable, esas ciudades llenas de casas viejas de grandes balconadas y patio con columnas y plantas, donde los vagabundos duermen al sol contra el viento (los vagabundos consiguen darle a las ciudades la impresión de ser pacíficas) y cafecitos y vecinos sentados en las veredas con sus sillas sacadas de casa al tardor; otras ciudades se dejan estar y a pesar de su derrumbe son voraces, dentro de su decadencia no tienen guata ni calor sino hambre, desastre y cólera; otras ciudades pretenden ser modernas y son sólo asquerosas y rastreras y amantes del plástico; y mis favoritas son sin duda las que crecen al lado del mar pero no le dan la espalda al mar sino las piernas, y se crecen alrededor de las aguas y de lo que cambia y de los que van y vienen en los barcos y traen tesoros o milagros o historias tenebrosas y lejanas, y están llenas de callecitas que hacia allá se encaminan y que te dejan ver a lo lejos la esperanza de lo azul. Y luego está Buenos Aires, que antes era un pirata seductor y ahora es como la nueva novia de tu mejor amigo: cascabelito amistoso por fuera, llena de bilis y con ganas de asesinarte por dentro, capaz de sutiles tejemanejes para sacarte de circulación y capaz de conseguirlo porque, al fin y al cabo, ella es el sexo y tú eres la cafetería.

2 comentarios:

cuti dijo...

y sin embargo.

Loulou dijo...

Exacto.