viernes, noviembre 25, 2011

Concisão tem pátios pequenos onde o universo eu vi

Raúl Garré
La foto es de Raul Garré
Pelotas, esa ciudad de primeras yerma y arruinada y sin embargo de segundas bullicio y esplendor que te deja participar y te cede espacio para compartirte, esa ciudad de calles sopladas de noche por el viento gaúcho incombatible aunque vayas arropada en un pico de crochet mexicano, tapizada de suelos misteriosamente compuestos que no puedes dejar de mirar cuando caminas e imaginar las súbitas decisiones de los dueños de colocar acá y acullá una losa diferente a las demás, a veces de dibujo tan precioso que pataleas un poco sobre la acera porque sólo hay una, una única losa rosa, granate y crema, o amarilla y celeste y así no se puede apreciar el diseño geométrico completo que resultaría de cuatro, ocho, dieciséis cuadrados intrincados iguales a ése. Pelotas, esa ciudad de la que no puedes decir las plazas pobladas porque al menos dos de sus plazas están deshabitadas e inhóspitas, una llena de plantas crecidas sin tapujos a su amor y sin veredas y sin bancos y la otra con esa hermosura de depósito de agua tristemente pasado del óxido y del verde a la pintura rojo carreta. Luego Caboclo el ubicuo te cuenta que nadie va a pasearse ahí porque era donde castigaban y colgaban a los negros en los tiempos de la esclavitud, tiempos de los que no hace tanto tiempo, esos negros esclavos a los que antes y después de castigar enganchaban a una especie de esfera abierta flotante forrada con cuero a la que subían los patrones para que los transportaran por el agua y para que la ciudad pudiera tener un nombre de origen terrorífico. Pelotas, esa ciudad con casas pastelitos coloreados adornados de merengue unas, otras que por fuera son sólo una puerta y una ventana y por dentro un alargamiento interminable de cuartos y pasillos y patios donde llueve o desde donde mirar las estrellas, todas con contraventanas batientes y temibles rejas por dentro y por fuera de las puertas, seguridades que no se corresponden con la aparente apacibilidad de las calles al viento y al sol, calles que según cuentan se transforman por la noche en fuero de las hordas, noches que pese a eso también son campo de batalla de la música y de las voces espantosamente evocadoras, entonadas, profundas, felices, trastornadoras de almas y de suelos neumáticos de los músicos y cantantes pelotenses. Pelotas, esa ciudad de alegre melancolía si tal cosa pudiera existir, esa ciudad de cúpulas marítimas y pájaros marineros sin que haya mar cerca, esa ciudad de vocación fantasmagórica sacada de un sueño borroso, esa canción tocada en un instrumento de treinta y dos cuerdas, esa milonga.

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