martes, noviembre 15, 2011

É sempre mais dificil ancorar um navio no espaço

Entre el anfiteatro escalonado con las hierbas crecidas a los pies de las gradas y el escenario horizonte, ese pool of mud como lo llama Alice. Entre el Quadrado y el mundo, un puente desnudo. El Quadrado, ese lugar de encuentro en la tarde (esa hora que yo llamo el tardor aunque tardor sea otoño en catalán) de espectadores que vienen todos a tomar chimarrão. Alrededor, casitas bajas con los depósitos de agua de ese color azul de la llama de gas colocados de cualquier manera en la azotea, y un bar de madera. Arriba, ese celeste siempre distinto de los cielos extranjeros, las nubes blanquísimas condensadas en gordura, bajas y extendidas, al alcance de la mano. Por todos lados, el viento que implacable me vuela el pelo y la rebeca menos azul increíble que el celeste del cielo o el añil de las caixas d'água, ese viento que sopla permanente y que espuma en verde fango las aguas donde bailan las barquitas pintadas de blanco, azul y naranja. Y el barco enorme y atracado y abandonado, acariciándose al óxido imperioso del tiempo que pareciera que hace que ningún barco zarpa o atraca aquí. Vidas pasadas cada tardinha (eso que yo llamo el tardor), esperando que sea éste verdaderamente el lugar de encuentro, cuando el sol se pone tras el puente y la luna sale del otro lado naranja como la cáscara de las bergamotas que es como se llaman aquí las clementinas, a no ser que haya nubes que tapen la línea de lo lejos, a no ser que el viento gaúcho haga insoportable el chimarrão, cebado con esa yerba color verde radioactivo que se toma en esta tierra fronteriza, a no ser que ya se hayan cantado todas las canciones sobre la luna que se recuerden mientras se la espera, redonda y brillante, a que cambie el color del mundo.

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