viernes, diciembre 23, 2011

J'aime le souvenir de ces époques nues

J'aime le souvenir de ces époque nues
Hay una calidad del mundo que está siempre apabullándose bajo la palma de la mano pero que es difícil de ver, porque el mundo tiene dos caras y las dos son el envés. La valía del momento vulnerado se puede transparentar si la deseas contemplar verdaderamente y si él, ciervo, no se percata de tus maneras de coleccionista; tampoco importa, no vamos a entrar en esto, porque de lo que quería hablar es de lo que nos conmueve y de la belleza que nos deja diferentes, de esas felicidades que si imaginadas incluyen siempre silencio, agua que se mueve, otro país con sus luces prendidas en la orilla de enfrente, palmeras y alguna barquita de madera desvencijada, esa felicidad imaginada de las noches cuajadas de estrellas (por qué el verbo cuajar, Corominas, por qué) y en el mejor de los casos un vino entre dos y en el mejor mejor de los casos que el otro de los dos sea el hombre con el que te estás queriendo. Entonces si estás atento debajo de la selva malvada de la realidad de pronto te encuentras con los pies enterrados en un escenario de felicidad asalvajada imaginada así, y el otro de los dos es alguien vulnerable sin serlo, alguien que se ha enajenado la debilidad hasta alcanzar el pedernal, alguien que te habla sin parar de sus maneras de ver y de su ver, alguien que en el fondo, lo presientes, intenta defenderse de ti y se afila el abandono, alguien con escudo, un escudo suyo que esgrime bajo la noche cuajada de estrellas que es perfecta porque podría ser una noche de felicidad imaginada a pesar de ti viviseccionando la maravilla del mundo en vez de solo sentir el Paraná por encima de su hombro, en vez de solo cerrar los ojos y sentir el vértigo por dentro de su hombro, como por la tarde en el saliente con el banquito pintado de colorado sobre el río, apoyados los dos en la baranda mientras él calibraba, lo sabías, la conveniencia de otro beso, mientras él medía, lo sabías, hasta qué falta de límite abrirte la mano y la palabra.
Hay un modo de ser del mundo que es el único modo por el que vale arrastrarse de tramo en tramo, y no es la revolución ni es la busca ni es el asombro ni es el quiero saber qué hay más allá, detrás detrás de las cosas y de las enredaderas que trepan la pared de las verdades y le tapan las verdades a la verdad, detrás detrás de la belleza que crece en el muro de las palabras y a la que solo le hacen sombra algunos espléndidos silencios, y es esto (no me discutáis): un hombre y una mujer hablando bajo las estrellas y un río que se navega a sí mismo y arrastra su fango y su valía; un hombre y una mujer besándose un poco, porque sí, sin prisa y con calidez, la posibilidad abierta de que la flor del tiempo se coma a bocados de corola el firmamento clareado a través de los árboles, las luciérnagas tembladoras (porque tiemblan, no me censuréis el verbo), son todas las noches nuestras que han pasado hasta que llegara esta noche en la que se abre la compuerta de esa verdad de que para este hombre yo soy una mujer y no un contrincante, de que hay un biombo entre nosotros y que es ese biombo frontera sin embargo el que nos abre un mundo transparente y solo para dos en el que yo no soy un rival sino una mujer. Hay un único modo posible de ser del mundo ahora que es él contándome su estirpe y su abolengo del abajo, es él siendo todavía una pasión de ser y de cambiar y de mover las cosas, su vibrante inteligencia, su habilidad de hilvanar palabras y reírse, sus manos que me rozan pero que de mí se guardan, sus ojos, su reserva construida en el silencio izquierdo de su vida. La calidad del mundo agazapada en el envés del mundo ahora es él siendo él sin remedio y preciosamente, soy yo intentando quedarme quieta y despierta a su lado esperando que venga nuestra noche sin que haya que empujarla a través de la puerta cerrada, soy yo siendo tan desconsideradamente destrozadora yo hasta que me recoloco la falda moral de agradecimiento al mundo o a mí misma después de todos los dolores y todas las cegueras o después de todos los dolores ciegos, es esto, esta tregua en el calor del norte, este rato de días que pasan sin más que pasar, días en los que se espera de nosotros que seamos buenos, días en los que me río y canto y estoy disponible cuando me llama el mundo, cuando el mundo se acalla, cercando la vía para lo posible del momento de felicidad en que la ola de su modo se crece bajo el pulso por dentro de la muñeca, alcanzando debidamente su horizonte y durmiéndonos en el ahogo consciente de que algo, algo está pasando entre el hombre al que estoy queriendo tanto y yo hasta que me vaya y se diluya en la corriente del mundo mi paso por Corrientes.

miércoles, diciembre 21, 2011

Fui al río


De Juan L. Ortiz

Regresaba.
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo el río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

lunes, diciembre 05, 2011

Viajar en la mayonesa

Nadar na maionese
El dibujo es de Odyr Bernardi
En Pelotas (imagino que también en el resto del país) las librerías de segunda mano se llaman sebos. Odyr me enseñó uno en General Telles y Gonçalo Álvares antes de irse a Belo Horizonte (qué prometedor que suena Belo Horizonte como nombre para un lugar) llamado Monquelat. Más medievocatalán no podría haber, pienso, acordándome de aquel libro del siglo XVII sobre las familias del valle de Arán que hubo siempre rodando por mi casa. Una tarde me acerco y allí me encuentro a unos señores de tertulia y chimarrão, que es como por aquí se llama el mate (en el resto del país no creo que lo llamen de ninguna manera porque no toman). Esta zona fronteriza ya sabía que comparte milongas con los vecinos y constato que también comparte calabazas: todos los tres mates presentes llevan grabado sello y anchura uruguaya. Gentilmente los señores me hacen hueco en su reunión vespertina y me atienden con primor. El dueño es Monquelat de herencia, me cuenta que el apellido es francés y al saber de dónde vengo me pregunta si sé algo de la exportación de sal desde las salinas de San Fernando (acá traían la sal para hacer charque, el oro fibroso culpable del esplendor momentáneo y pretérito de Pelotas, hasta que se hizo demasiado caro transportar la sal y se inventaron los frigoríficos). Reconozco mi ignorancia ignominiosa: en cuanto a salinas y a literatura brasileña sé tanto como de nudos marineros, maquinaria agrícola y cine finlandés. Sólo tengo a salvo el recuerdo de las marismas de Cádiz a San Fernando y a la Lispector, pero la sal va incluída en la gaditanería y la Lispector va metida en el mismo saco que Sara Gallardo, Silvina Ocampo y Karen Blixen, el saco de las escritoras sublimes (ser sublime es como no ser de ninguna parte). Le cuento a Monquelat que Guimarães Rosa me conquistó el corazón seguramente porque no lo entendí mucho. Él me dice que no me preocupe, que él tampoco entiende la mitad de lo que dice Guimarães Rosa, mientras me prepara una pila de libros de autores de Rio Grande que debería leer. No me atrevo con la extensión del Incidente em Antares de Verissimo aunque el título me exalte las ganas y a cambio me hago una pila de Machado de Assis que aprueban todos los señores presentes con los que chimarrão en mano me pongo a charlar hasta que se termina la tarde. Así conozco a un guitarrista veterinario que va a abandonar los choros y el samba por las ovejas, conozco a un señor señor que bautizo como profeta del Apocalipis, quien a propósito de esa absurda manía de los portugueses de esperar la vuelta del rey Sebastião me enseña la expresión “viajar na maionese” que repito por error como “nadar na maionese” (luego le cuento a Bitisa y quedamos de acuerdo en que mi versión es más terrible y hermosa y que he venido a revolucionar el léxico y la vida pelotense). A la tarde siguiente vuelvo ya adueñada de mi taburetito, Monquelat me presenta como fenómeno circense, conozco a un bailador de samba y a otro guitarrista, se decide mi futuro como contrabandista de vinos y encuentro una edición de Kim del año 41 que casi me arranca las lágrimas. Me quedo toda la tarde en el sebo de Monquelat presenciando las visitas de los que vienen a arreglar el mundo, a hablar de la nada y trazando intenciones de vida para cuando vuelva, pronto, a ser contrabandista de alcoholes en la frontera de Rio Grande do Sul.

domingo, diciembre 04, 2011

Si monumentum requiris circumspice

San Telmo de noche
Los trenes cada noche que parten y pierdes si los dudas sobre las calles que no existen sobre las calles, los botones que se cierran sobre las blusas con las que se viste la posibilidad, las coronas de gloria a la orilla de la mano, las ganas que de noche dan de que sea de noche, de que no termine nunca el trayecto empezado, de que bajo el pie no se acabe nunca el parapeto desequilibrador. Noche, dame los ojos que empezaron, anoche, acerca el tacto del mundo a mi mano, méteme en la boca la carnecita de tu nocturnidad, descúbreme bajo tus estrellas el lujo del ser, caliéntame la sopa del mar, entrégame a tus hilos, róbame la voz, súbeme al tren que salió rodando sin que sospecháramos que fuera un tren con trayecto sobre las vías que no se ven sobre las calles que cruzamos, amarrados al ruido de las hojas bailadas en los árboles. Noche con voz y con nombre donde caminan los aguerridos y descansan las guerreras, noche sin significado, envuélveme en tu colcha con brillitos, devuélveme a casa sana y salva y sin daño y sin tristeza, devuélveme a casa anochada y sin desnoche, déjame bajar intacta de ese tren sin forma de tren, déjame verlo marchar, sin mí, hacia lo inexistente.

Me darás mil hijos, Montevideo

Atardecer en la rambla
El primer día en otro país, el primer día en otra ciudad, algo que puede ser espléndido o maldito pero siempre es resaltado y colorado como día festivo en el calendario. Después de tanto viaje se me pasaron las ínfulas y casi también las pretensiones, podría vivir sólo de la intensa sensación de posibilidad que da llegar a una ciudad nueva y pasearla sin rumbo, a merced de los hambres (el hambre de comer y otras veces otros tipos de hambres más insaciables), a merced de los espacios públicos a veces tan acertados como esas cafeterías antiguas donde te adopta el camarero y hay tetera de verdad o este paseo salpicoteado de lo que llaman aquí mar y no es el mar, como la tibieza del granito donde me ando raspoteando los pies sentada en la costanera o el malecón o como quiera que se llame aquí ese paseo que rodea la orilla del río aquí llamado mar separándolo de la ciudad pero albergando la ciudad, la piedra menos ostionera que la piedra gaditana mía desde donde veo a los niños más negros que los niños gaditanos míos chapotear en el agua marrón entre las piedras, a las señoras tan señoras como las señoras mías que bajan de su casa con la silla plegable bajo el brazo para sentarse un rato al sol, desde donde envidio esa manera de vivir marítima que a veces tuve de gaditana chica; sentada en la rambla que es como aquí se llama el paseo alrededor del agua, con las piernas estiradas sobre el granito y dentro de la única falda que pude sacar de la maleta sin deshacerla, me siento por un rato dueña de un cachito de mi vida, sin un adónde tener que ir, con el único empuje de los hambres, aspirándome entero mi primer día en otra ciudad y en otro país hasta que en la noche el 116 me transita por calles desconocidas hasta Pocitos, por calles que en el tiempo por venir tal vez lleguen a ser mías, por los restaurantes llenados de sábado que veo a través de las ventanillas y me preguntan si cenaré ahí alguna vez; el 116 que me lleva hasta las primeras personas que conozco a las que quién sabe de qué manera o de qué ninguna manera me ligaré. Todas las preguntas de primer día en otra ciudad, en otro país, que me hago en el taxi de vuelta a Ciudad Vieja, la delicadeza de los señores que sin estar obligados me protegen del exterior malvado (el taxista, el conserje del hotel), las nuevas costumbres y manejos que tengo que aprender, la nueva inflexión de las palabras, que son paralelas Durazno y Canelones. El primer día en otra ciudad a la que no sabes si pertenecerás, ese día que puede ser conciliatorio o pesadilla o la nada misma pero que ya no se librará jamás jamás de la marca de su nombre.

Préstame un nido de luz

Préstame un nido de luz
Amo este tiempo umbral en el que aún no ha pasado malo ni ha pasado nada bueno, este llegar a las estaciones de autobuses latinoamericanas y pulsarle la locura, la nebulosa y el minutero a la ciudad que espera fuera. Ahora, aquí, en la latencia de las cosas, en la fealdad de la estación moderna, columnas al espacio, hombres con guitarras que bajan de los autobuses, cinco perros que cabalgan la estación inmensa y sin estrenar vacía, dos monjas que ni cabalgan ni se hallan, mi maleta mexicana manchada de mugre internacional tirada en el enlosado aún sin ensuciar y elegido entre lo menos acogedor de lo poco acogedor, este tiempo antes de entrar en esa ciudad construida sin amor, sin que después de su fundación haya tenido su renacimiento o su barroco, poco conmovedora en su arquitectura a pesar de las señas de identidad taxis amarillo nuevayork y trolebuses conducidos por mujeres y amarrados a su recorrido fijo por sus cables en el techo, a pesar de los cospeles que me divierte comprar en las casetitas de metal, a pesar de que te tropieces a veces con esos edificios construidos con cuidado y con piedra, a veces con alguna palmera altiva y grácil (las palmeras no siempre son altivas, hay que recordarlo), o con una veredita tapizada de árboles con el sol en juego, ahí donde te conmueves y bailas el paso hasta los carteles saturando las fachadas y las marquesinas no con kitsch sino solo con falta de delicadeza, hasta esa corriente de agua que se cruza por un puente tan poco asomable, adornado de farolas rebuscadas pintadas de plateado que dan luz naranja día y noche. Aquí, ahora, en el tiempo en el que aún no ingresé en la ciudad recuerdo Córdoba como la ciudad que en realidad es para mí, esa ciudad con placita para tomar mate con los amigos, las librerías de segunda mano desbordando tesoros, esos recorridos de amigo amable a amigo amable, ese pozo de luz en el medio de la geografía argentina, ese recodo de descanso, las tiendas de telas donde se gestan camisetas azules con el hombro descubierto que serán cosidas luego al resguardo de la casa bajo la tormenta implacable, la invitación perenne que me hace Córdoba a venir a dejarme caer en el amor de los buenos.

Arena, caimán y miedo sobre Buenos Aires

Arena, caimán y miedo sobre Buenos Aires
El cuadro es de Cristina Otamendi
La estructura secreta de lo escrito empieza en alguna frase del medio que le otorga el sentido a toda la palabrería. Cuando se empieza a escribir siempre hay leit motiv adorno pero no idea vertebral fraguadora, hay que encauzar el escrito hasta lo que él quiere significar. Quizá eso busco con tanto desorden en mi vida, como si estructurar unos párrafos pudiera compararse a vivir una vida. Ahora, por ejemplo, si quisiera meter en una burbuja algo como un momento contado, ese instante chiquito que se apresa en una red de palabras, como glosando una vida, o creando una vida, o recreando una vida, cazaría ese yo sola recorriendo la ciudad de un lado al otro, alargando los trayectos sobre las horas, calculando las posibilidades de cualquier atisbo de brillo que se pueda curtir al sol y convertir en prenda portátil (el olor a verde arrancado, el azul desesperado, los trenes entreverados). Soy la viajera aún aquí adentro, como si la ciudad fuese una gigantesca metáfora de mi viaje, ese intento de presenciar lugares-momentos bonitos, el mundo como conciencia de posibilidad. Ando sin norte y sin sur, se me clava la ciudad con sus edificios y sus secretos que yo conozco, esas cosas misteriosas de una punta a otra de la ciudad que nadie sabe a la vez como sé yo al mismo tiempo de todos los barrios, la más rica torta de ricota de Villa Luro, la mitad de la calzada en San Juan por la que camino cuando ya es demasiado de noche, el trozo de césped donde es mejor sentarse en Plaza Vicente López, esas esquinas de Rivadavia por Congreso que me gustan tanto de Buenos Aires y me reconcilian tanto con Buenos Aires. Cuando paso la tarde en el Británico comiéndome con los ojos las ventanas y las mesas y ese suelo con pintitas, o me siento en las escaleras del hall del San Martín esperando para entrar al cine, me gustaría que me dibujaran los trayectos, que alguien que viniera atrás mío desde Constitución por Juan de Garay donde amas de casa mal peinadas se prostituyen en chándal delante de las puertas de los albergues transitorios, alguien que me siguiera hasta Cochabamba y Catamarca y bocetara ese mientras me acuclillo a la vez de la calle del niño hipotenso que sangraba por la nariz, el mientras le doy un sobre de azúcar patagónica que llevo en mi bolso desde Río Gallegos. Me gustaría que alguien me viera en esa misma esquina subir al 8 y decirle 2,20 al conductor, y luego sentarme en el suelo del autobús al lado de la puerta, con el #Waltz 2 en el oído y mi bolsa de naranjas. Pienso que nadie trazará con lápiz sobre el mapa mi dibujo mientras pasa Buenos Aires por afuera mío. Buenos Aires, esa ciudad desalojada de cariño, esa ciudad desmontada y fea, esa ciudad hermosura de casas de Flores y de placitas plantadas de tipás altísimos de ramas retorcidas, esa ciudad que atravieso jabalina sin que nadie me registre cuando apoyo la frente en la barra de aluminio del vagón del subte una noche que lloro de Pueyrredón a Lacroze mordiéndome las lágrimas, o ese viernes en que desesperadamente sola cruzo la 9 de julio por Juncal bajo la lluvia y bajo mi chaqueta negra amiga de tantos años. Todos estamos solos, dicen las voces que me sirven de cronista sin dibujarme. Pero ustedes están solos al abrigo del tiempo, les digo, yo sola solo me dibujo como un alma insignificante que cruza a la Plaza Once para esperar el 41 mientras mordisquea unos alfajorcitos de maizena, dulcería que deshago entre los dientes igual que esos cachitos de tiempo bendecidos porque no hacen daño y conforman la estructura secreta de lo que no puede escribirse de mi vida.