domingo, diciembre 04, 2011

Arena, caimán y miedo sobre Buenos Aires

Arena, caimán y miedo sobre Buenos Aires
El cuadro es de Cristina Otamendi
La estructura secreta de lo escrito empieza en alguna frase del medio que le otorga el sentido a toda la palabrería. Cuando se empieza a escribir siempre hay leit motiv adorno pero no idea vertebral fraguadora, hay que encauzar el escrito hasta lo que él quiere significar. Quizá eso busco con tanto desorden en mi vida, como si estructurar unos párrafos pudiera compararse a vivir una vida. Ahora, por ejemplo, si quisiera meter en una burbuja algo como un momento contado, ese instante chiquito que se apresa en una red de palabras, como glosando una vida, o creando una vida, o recreando una vida, cazaría ese yo sola recorriendo la ciudad de un lado al otro, alargando los trayectos sobre las horas, calculando las posibilidades de cualquier atisbo de brillo que se pueda curtir al sol y convertir en prenda portátil (el olor a verde arrancado, el azul desesperado, los trenes entreverados). Soy la viajera aún aquí adentro, como si la ciudad fuese una gigantesca metáfora de mi viaje, ese intento de presenciar lugares-momentos bonitos, el mundo como conciencia de posibilidad. Ando sin norte y sin sur, se me clava la ciudad con sus edificios y sus secretos que yo conozco, esas cosas misteriosas de una punta a otra de la ciudad que nadie sabe a la vez como sé yo al mismo tiempo de todos los barrios, la más rica torta de ricota de Villa Luro, la mitad de la calzada en San Juan por la que camino cuando ya es demasiado de noche, el trozo de césped donde es mejor sentarse en Plaza Vicente López, esas esquinas de Rivadavia por Congreso que me gustan tanto de Buenos Aires y me reconcilian tanto con Buenos Aires. Cuando paso la tarde en el Británico comiéndome con los ojos las ventanas y las mesas y ese suelo con pintitas, o me siento en las escaleras del hall del San Martín esperando para entrar al cine, me gustaría que me dibujaran los trayectos, que alguien que viniera atrás mío desde Constitución por Juan de Garay donde amas de casa mal peinadas se prostituyen en chándal delante de las puertas de los albergues transitorios, alguien que me siguiera hasta Cochabamba y Catamarca y bocetara ese mientras me acuclillo a la vez de la calle del niño hipotenso que sangraba por la nariz, el mientras le doy un sobre de azúcar patagónica que llevo en mi bolso desde Río Gallegos. Me gustaría que alguien me viera en esa misma esquina subir al 8 y decirle 2,20 al conductor, y luego sentarme en el suelo del autobús al lado de la puerta, con el #Waltz 2 en el oído y mi bolsa de naranjas. Pienso que nadie trazará con lápiz sobre el mapa mi dibujo mientras pasa Buenos Aires por afuera mío. Buenos Aires, esa ciudad desalojada de cariño, esa ciudad desmontada y fea, esa ciudad hermosura de casas de Flores y de placitas plantadas de tipás altísimos de ramas retorcidas, esa ciudad que atravieso jabalina sin que nadie me registre cuando apoyo la frente en la barra de aluminio del vagón del subte una noche que lloro de Pueyrredón a Lacroze mordiéndome las lágrimas, o ese viernes en que desesperadamente sola cruzo la 9 de julio por Juncal bajo la lluvia y bajo mi chaqueta negra amiga de tantos años. Todos estamos solos, dicen las voces que me sirven de cronista sin dibujarme. Pero ustedes están solos al abrigo del tiempo, les digo, yo sola solo me dibujo como un alma insignificante que cruza a la Plaza Once para esperar el 41 mientras mordisquea unos alfajorcitos de maizena, dulcería que deshago entre los dientes igual que esos cachitos de tiempo bendecidos porque no hacen daño y conforman la estructura secreta de lo que no puede escribirse de mi vida.

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