domingo, diciembre 04, 2011

Me darás mil hijos, Montevideo

Atardecer en la rambla
El primer día en otro país, el primer día en otra ciudad, algo que puede ser espléndido o maldito pero siempre es resaltado y colorado como día festivo en el calendario. Después de tanto viaje se me pasaron las ínfulas y casi también las pretensiones, podría vivir sólo de la intensa sensación de posibilidad que da llegar a una ciudad nueva y pasearla sin rumbo, a merced de los hambres (el hambre de comer y otras veces otros tipos de hambres más insaciables), a merced de los espacios públicos a veces tan acertados como esas cafeterías antiguas donde te adopta el camarero y hay tetera de verdad o este paseo salpicoteado de lo que llaman aquí mar y no es el mar, como la tibieza del granito donde me ando raspoteando los pies sentada en la costanera o el malecón o como quiera que se llame aquí ese paseo que rodea la orilla del río aquí llamado mar separándolo de la ciudad pero albergando la ciudad, la piedra menos ostionera que la piedra gaditana mía desde donde veo a los niños más negros que los niños gaditanos míos chapotear en el agua marrón entre las piedras, a las señoras tan señoras como las señoras mías que bajan de su casa con la silla plegable bajo el brazo para sentarse un rato al sol, desde donde envidio esa manera de vivir marítima que a veces tuve de gaditana chica; sentada en la rambla que es como aquí se llama el paseo alrededor del agua, con las piernas estiradas sobre el granito y dentro de la única falda que pude sacar de la maleta sin deshacerla, me siento por un rato dueña de un cachito de mi vida, sin un adónde tener que ir, con el único empuje de los hambres, aspirándome entero mi primer día en otra ciudad y en otro país hasta que en la noche el 116 me transita por calles desconocidas hasta Pocitos, por calles que en el tiempo por venir tal vez lleguen a ser mías, por los restaurantes llenados de sábado que veo a través de las ventanillas y me preguntan si cenaré ahí alguna vez; el 116 que me lleva hasta las primeras personas que conozco a las que quién sabe de qué manera o de qué ninguna manera me ligaré. Todas las preguntas de primer día en otra ciudad, en otro país, que me hago en el taxi de vuelta a Ciudad Vieja, la delicadeza de los señores que sin estar obligados me protegen del exterior malvado (el taxista, el conserje del hotel), las nuevas costumbres y manejos que tengo que aprender, la nueva inflexión de las palabras, que son paralelas Durazno y Canelones. El primer día en otra ciudad a la que no sabes si pertenecerás, ese día que puede ser conciliatorio o pesadilla o la nada misma pero que ya no se librará jamás jamás de la marca de su nombre.

1 comentario:

MiltonUY dijo...

Algo me dice que en tu viaje por Montevideo pasaste muy cerca de mi casa. Las calles son coordenadas fáciles de seguir.