viernes, noviembre 30, 2012

Cómo hacer pestiños


Ingredientes:

-2 kilos de harina
-1/2 de aceite de oliva virgen
-Un vasito de matalahúva (anís verde)
-Medio litro de jerez oloroso 
-Un vaso de almendras tostadas y picadas
-Un vaso de ajonjolí (sésamo)
-Un vaso de zumo de naranja
-Un copa de anís
-Miel
-Dos cucharadas de azúcar

Para preparar pestiños:

Se juntan las mujeres de la familia a pasar la tarde (hacer pestiños sola no sólo sería tristísimo sino imposible). Se corta una naranja amarga por la mitad y se fríen bocabajo las mitades en medio litro de aceite de oliva, junto con el vasito de matalahúva, cuidando de que no se queme el aceite. Después se aparta del fuego; hay que dejar que se enfríe. Mientras, se pone a entibiar medio litro de vino oloroso. Tamizar dos kilos de harina en un lebrillo, añadir el vasito de almendras tostadas y picadas, el vasito de ajonjolí tostado y molido y un vasito de azúcar glas. Mezclar bien. Hacer un hueco en el medio y echar en él un vaso de zumo de naranja, el aceite colado, el vino oloroso tibio y una copita de anís. Amasar hasta que la pasta sea suave y untuosa. Hacer una bola con la masa y dejarla reposar una hora o más, tapada con un trapito limpio. Luego hay que hacer bolitas de tamaño de canica grande. Cada bolita se aplastará con ayuda del rodillo. Hay que darle una forma más o menos cilíndrica al pestiño arrollándoselo en un dedo y cerrándolo con otro. Freír en aceite no demasiado caliente.
Una vez que estén fríos los pestiños poner a calentar miel con un poco de agua y azúcar en una cazuelita. Cuando hierva, bajar el fuego y dejar que se enfríe un poco. Enmelar los pestiños en ese lustre. Esperar que se enfríen y tener siempre un platito encima de la mesa del salón.

lunes, septiembre 03, 2012

Porque el río nunca vuelve

En Asunción la soledad es otra cosa. Pensaba eso, mientras caminaba por el centro ya amanecido, cuando aún el calor no había empezado a pesar. Me orillaba hacia la plaza donde el ángel desnudo extiende sus alas; saludaba a la tereresera y le pedía que me machacara unos yuyos (karanda’y, jaguarete ka'a, cedrón), que me diera yerba sin menta y una bombilla toda plateada sin cositos dorados. La veía sacar el agua para mi jarra de un cubo de plástico, poner los hielos. Me sentaba en un banco bajo las hojas enormes de los árboles asalvajados y las plantas que en otra latitud lejana no serían más que tristes huéspedes de una maceta y aquí se trepan por la vida y lo que encuentren. Un día convido a tereré a mi vecina de banco y dejo que me pregunte y me sonría. Paraguay. Por la extraña mecánica de mis cosas y de mi desastrado quehacer de sonreírle con luz a todo el mundo, se nos sientan dos chicuelos que andan haciendo encuestas por la plaza a los que andan terereando en la escalinata del ángel o por los otros bancos; les rellenamos varios cuestionarios con personalidades inventadas mientras la guampa del tereré viaja de mi mano a las manos paraguayas. Bajo este sol ellos llevan manga larga, ella incluso un chal tejido, porque aún es el otoño, aún es mayo. Yo me regocijo los brazos al sol; desde el chiflido del viento, la lluvia del temporal y ese desapego triste de Montevideo de los que vengo, este calor me descalza el alma. Pasa el chipasero y compramos chipa. Cómo es ese sabor en la plaza del chipa dulce y caliente y el tereré con yuyos helado. Cómo es el sabor del chicle de canela, del choclo molido en el chipa guasú, el olor de las plantas abrasadas por el calor y protegidas por la humedad, el acento paraguayo que es como un abrazo entrecortado por el cómo que viniste hasta acá. En ninguna otra parte la soledad es esto, este arrellanarse en los otros desconocidos que pasan, esta victoria sobre el daño o el recuerdo, el panteón en mitad de las plazas bajo cuya sombra las señoras tejen bolsos, el zapatero que en mitad de la plaza me arregla el tacón de la bota. Llegarán Ricardo o Alicia a buscarme, iremos al mercado 5 o al Lido, a comer puchero de gallina, sopa paraguaya, pastel mandi'o, lejos de Asunción en sus extensiones más allá, Avenida de España afuera, donde antes yo viví, desde donde llegaba en colectivos altos tan américalatina hasta este centro arrastrando una soledad que era otra cosa y desde la que jamás jamás hablé con la tereresera.

sábado, agosto 18, 2012

Pequeñas poetisas pretenciosas

Me afeito las piernas mientras pienso en Aira diciendo pequeñas poetisas pretenciosas. Me afeito, sí, porque después de depilarme me pasé la mano por la pierna, con deleite, y no encontré deleite. Pensé en unas manos de hombre recorriendo mis piernas y el tacto me disgustó, así que le robé a mi padre una maquinilla de ésas modernas que parecen coches de carreras para afeitarme. Las piernas. Y mientras me afeito las piernas pienso en Aira diciendo pequeñas poetisas pretenciosas. Luego cuando ya me encremo y sopeso con la mano la tersura (te dedico eso, Aira) volví a recrear una mano una de señor acariciando mi pierna y ahora sí me gustó el resultado y ahora sí entendí un poco cómo funciona el mundo. Me entristecí como si, pequeña poetisa pretenciosa, me pasara una borla de polvos de arroz pero en vez de arroz de tristeza. Planché el vestido azul guardado para las festividades morales. Saqué unos tacones de su caja. Busqué en el cajón un sujetador y unas braguitas de encaje morado o más que morado violeta. Me vestí. Disfruté mucho del roce del borde del vestido subiéndome por la pierna rasurada y desnuda. Me pinté los ojos. De azul. Busqué unos pendientes franceses de esmalte y piedras celestes y rojas. Ya no pensé más en Aira. Salí a la calle y me fijé en la manera en la que el tacón al caminar me elevaba la grupa (quizá sea el vestido envolvedor que me obliga cada vez que me lo pongo a ser consciente de mi cuerpo caminando agarrado o abrazado o sujeto por la tela. Azul.) Enfilé la calle desierta que bordea el parque y ahí me puse triste y me dolieron las certezas, como dirían las pequeñas poetisas pretenciosas. Me entristecieron, obviamente, aquellas manos imaginarias con las que me medí el deleite de las piernas. Entendí un poco el mundo que se afeita las piernas y se coloca los encajes y se recrea en la grupa móvil al caminar para que unas manos de hombre vengan a recamar en sus piernas suavísimas y fragantes algo que perdiera ese hombre en algún lado. Dónde perdí yo la capacidad de convocar esas manos desde su deseo hasta mis piernas. École. Ese pensamiento me detiene en mitad de la calle desierta que recorre el costado del parque porque no me gusta pillarme in fraganti pensando ese tipo de cosas de mujer antigua. Así que así vestida y adornada pateo un poquito con los tacones el asfalto. Camino por un par de calles oscuras y llego a casa de mis amigos que sin camiseta comen pizza y ven Terminator, me miran con asombro la vestimenta, me sientan en una tumbona del patio y me alargan unos dulces japoneses de pasta de arroz y fresa, me hablan de trenes que recorren enteros países centroeuropeos en ocho horas y de vuelos a Helsinki, conceptos a mi alcance. Me quito los tacones. Las piernas, visibles en toda su longitud con ese vestido de tramposa, no puedo quitármelas, una lástima. Vuelvo a acordarme de Aira diciendo pequeñas poetisas pretenciosas. Él, claro, como no tiene piernas…

viernes, agosto 17, 2012

Con la lengua llena de amor y de agonía

Desde que me quedé sin corazón voy regalando un montón de corazones de plástico de mentira que tengo en el almacén, me digo. Lo escribo. Se lee raro. Lo leo raro, porque a veces sí me parece tener un corazón recién nacido, así como yema en su rama, por ejemplo cuando tú me miras. Y esto sí que se lee raro porque parece una gacela de amor imprevisto pero sin categoría. (Quizá lo más parecido a saber que se tiene un corazón sea meterse de lleno en la grasa universal.) Mentí ayer desde encima de mi taburete, el taburete en el que me sostuve y al que me agarré firme y fuerte para no dejarme caer en la irresistibilidad desde la altura del lugar seguro de siempre, desde las ganas que se crecen siempre antes de encontrarnos y después, cuando como por acaso se posa tu mano en algún lado mío y así, debajo de tu mano, me crecen la sangre y la ceguera. Mientras eso no pasa ando siempre mintiendo desde encima de mi taburete igual que me mientes tú, para paletear más tierra sobre algo parecido a una ternura que anda guardada hace años, ahí, debajo de esa desesperante corriente que barre el mundo cada vez que, finalmente, me besas. Y esto que también parece una gacela baratucha vendría a decir que hace años que tengo ganas de sacarme las katiuskas y meterme descalza a chapotear en el fango y si sale con barba San Antón. No puedo decírtelo, sin embargo, porque me enferma el miedo, y entonces sólo te miro, igual que me miras tú mientras nos mentimos con las manos y la boca y al mirarte veo o quiero ver, en tus ojos, igual que tú verás en los míos, algo que se le escapa al arrebato que nace en el primer arranque del beso. Coleccionamos errantes las ciudades, tú y yo, y de entre todas las ciudades que coleccionamos ésta, en la que nos conocimos, en la que el cielo es un elefante en cuyo lomo brilla el triángulo del verano mientras tu mano o tu boca me buscan, en esta ciudad quisiera descansarme un rato en tu mirada, enlazada a tu cintura, una vez asesinadas las ganas. Para saber. Para saber si tenemos para darnos otra cosa además de la fuerza de los dientes.

viernes, agosto 10, 2012

Ustedes están solos al abrigo del tiempo


Me mirabas como haciéndote a ti mismo una pregunta, como calibrando cuánto pesaría yo en los brazos de tu vida. O me equivoco y sólo intentabas averiguar si el puzzle que parezco tiene armado. O me equivoco y sólo pensabas en desnudarme y tumbarme sobre cualquier horizonte, un rato. Quizá no me mirabas y tengo que antes de interpretar las pistas decidir si son realmente pistas o no son nada, si ponerme a estudiar o no criptografía cual máquina de signos que no tiene signos para alimentarse y busca busca las trufas de su afán y si no encuentra inventa. Tú, que aún eres un Tú aleatorio, como todos los nuevos tús, apareces cargado de promesas, porque sin referencia ni suelo siempre es más fácil aposentar el trampolín de la posibilidad. Todo lo bueno y la chispita se colocan tan fácilmente en el cesto de la novela nueva.
Me crecen las ganas de construirme una vida porque quiero tener algo que enseñar y compartir, algo que no sea el viaje. Todos hablamos de nosotros mismos, yo quiero escuchar otras cosas que no sean yo, otras cosas que sean tú. Cómo es tu vida, ¿es alta? ¿Es de tu anchura? ¿Está dispuesta a tu tamaño? ¿Cómo es tu casa? ¿Cómo son tus martes? De qué lado cortas la manzana. ¿Te acuerdas ya de cómo nos conocimos? ¿Empezaste a trazar mapas del tiempo y de nuestras ciudades paralelas? ¿Recuerdas cómo iba vestida? Háblame de ti, estoy cansada de oírme hablar de mí. Yo recuerdo tu voz, el bolsillo de tu pantalón, tu constante manera de ofrecerme el perfil, regalándote a mi mirada. Ahí te ríes. Ahora pensarás en mí así: tú me mirabas.
Llevo tantos primeros besos imaginados que luego murieron en el baldío que no quiero imaginarme uno tuyo. Por favor, no me beses nunca.

martes, julio 10, 2012

Esta canción que pregunta por ti

Tú puedes con esto y con más, se dijo a sí misma, cínica, dientes apretados, pies manchados sobre la tierra inhóspita que nunca la dejó quedarse. Como me voy a ir, le dijo en voz alta, puedo decírtelo, aunque quizá sea vanidad, no importa, el caso es que ahora que sé que me tengo que ir y antes de que llegue la decadencia de mi cuerpo, antes de que no pueda sostenerme en pie o sentirme indolorida, te lo voy a decir: estoy triste de irme porque me voy a perder saberte, y verte los días y esa manera nueva que tengas de peinarte, o tu sonrisa de dentro de seis años, tus ojos cerrados una tarde de siesta bajo el sol, tus pasos por el mundo acompasándose a los míos, un vestido que me eligieras, todos los besos. Y sólo te lo digo porque me iré, porque es imposible que viva siempre, así, porque camino rápida y tengo que irme pronto, y no quiero perderme sin que sepas que cuando te veo veo cosas que no han pasado y que quizá no pasen nunca: una camisa blanca tuya planchada colgada en una percha, esperándote, los pasadores que yo te pusiera en los ojalitos de sus mangas, un jueves en el que nos despertara el gato, todas las cafeteras, una calle más importante que las otras, un puñado de monedas que me dieras mirándome a los ojos, para el autobús, para el pan, para el rito. Y esta canción muy alta resonando por nuestra casa, contra las paredes de nuestra casa y de nuestra vida goutée à deux, malheureuse ou heureuse, palabras al oído, cada una de las noches en las que durmieras a mi costado, las peores lágrimas, el mayor amor, los mediodías y todos los domingos por la tarde, el olor tuyo perenne en mis manos cuando te alejaras, periódicos recortados, una manera de mezclar hielo y alcoholes sólo nuestra, el punto de las carnes y el color de los pescados, el sexo, servilletas dobladas, carreteras bajo nuestra vida, los campos cubiertos de nuestros manteles o nuestros caballos, mis poemas leídos con tu voz atándose a una vela, tus libros que yo acariciara, botones desabrochados, cremalleras subidas, vasos nuevos de cristal, lagos, mares, ríos, tempestades, lluvias pequeñitas tras los cristales. Y te lo digo porque es a ti a quien quiero decírselo ahora que me voy y no queda otro remedio que desaparecerme con esta tierra que nunca me prestó terreno para meterme pies y crecerme enraizada. No hago esto para que te sientas obligado a la pena, sólo quiero que veas como yo veo las estrellas arriba de los dos, encima nuestra, estrellas y más estrellas que podríamos habernos mirado en quietud efervescente, cualquier noche, hoy, anoche, dentro de siglos, como si fuésemos a existir para casi siempre como ellas parece que existen, y no es así, y por eso he venido a decirte que cuando malrespiro si estás cerca es por todo ese tiempo que no vamos a hacer existir nunca, por todos esos instantes clavados en alfileres importantes y todos esos instantes que se escapasen insignificantes pero tesoros porque nuestros. Esto no es una tristeza, es mi manera, es la única forma que conozco de decir que cuando resuenan las trompetas para el fin también resuenan para la celebración del rato que queda hasta el fin. Ah, sí, mírame así como me miras ahora que te digo que voy a irme y sólo por eso te confieso que quisiera quererte hasta llegar a todos los bordes y todos los abismos y todas las alegrías y las fiestas y una vida que nos mantuviera despiertos y embarcados de aquí a China, si yo fuera un tú tuyo, si yo fuera ésa de la que dijeran “es suya”. No es más que esto lo que quería decirte, dientes apretados aunque sin miedo, llena llena del dolor más horrible de todos, que es el dolor de no existir, el dolor por adelantado de no existirnos, el dolor de no poder volver a abrir nunca mis manos sobre las tuyas.

sábado, abril 28, 2012

Con tal de que la vida deponga sus espinas

Cuando pase el tiempo y yo esté triste de nuevo (porque así es como es, a veces me toca dolerme retorcida, el alma contra el suelo) me acordaré de ese día que subí con mi sobrina a los columpios en la hostería del lago Gutiérrez, de cuando canté en el bar lesbiano de Pelotas al que me llevó Bitisa, de cuando bailé cumbia en Cholula con Araceli, de los kilos de mezquite que arranqué de su árbol bajo el Cerro Quemado en medio del desierto huichole para alimentar a los caballos, del café al que me invitó Carlos Aranda en Río Gallegos. Cuando llegue un día en el que yo vuelva a estar triste me acordaré de que me pueden volver a pasar cosas así, en pleno desahucio, de que en un Buenos Aires envenenado aún un muchacho en Santa Fe y Pueyrredón puede guardarse mi barquito de papel en su cartera, de que aún en un Buenos Aires hostil Martín Anzorena puede abrirme su casa y su Givenchy para que yo tenga dónde dormir y dónde darle a Clarisa naranjas con chile y mezcal o de que Jorge me puede llamar desde Neuquén para contarme que el General San Martín cantaba coplas gaditanas mientras yo en Villa Luro sentada contra el viento frente a la vía del tren bajo las hojas verdes del árbol de la casita de madera le hago un dibujito de un mar y un faro que dejarle colgado en la puerta a Roberto Docampo, de que aún en un Buenos Aires extrañado de volver a tenerme entre sus filas puedo ir al Colón con Amaya y Enrique Azurza a respirar música. Cuando llore de rabia por las ausencias me acordaré de que pude ver a Gloria por última vez en San Juan y Boedo en un bar tanguero. Cuando todo esté feo, cuando alguien se porte mal conmigo, cuando no sepa qué carajo estoy haciendo con mi vida, porque así es como es no sólo este último año sino siempre, me acordaré de cuando Alejandra y yo mirábamos los disparos que había en el techo en una cafetería del DF, de cuando metí los pies en el Paraná por primera vez en Corrientes, de cuando tomé con Javi tequilas en Puebla; cuando vuelva de nuevo a sentir que todo me da lo mismo recordaré cuando el Ruso me rescató del abandono y del vagabundeo por las calles sin asfalto de El Chaltén, de cuando Helga me frotó con alcohol y hielo todo el cuerpo comido por los jejenes del atardecer en Itatí, de aquellos dos días que pasé con Ana en la playa de Piriápolis, de mis tardes en la librería de segunda mano rodeada de señores brasileños que me convidaban a chimarrão, de Odyr preparándome el té en su cocinita de artista, de aquellos mediodías en que me sentaba al sol en la azotea de Esteban con la gata Lola y los libros marxistas, de cuando Cristina y yo nos tirábamos en la moqueta barilochense a hacer feldenkrais y partirnos de la risa, de cuando paseé con Esti por el Rosedal y se me rompió la sandalia y la até con su goma del pelo, de aquel día en que la señora rusa con la que escuchaba a Volodia me arrancó de su huerto verduras y más verduras para que yo las cocinera en aquel pueblo perdido de la Pampa, de cuando Gaël Favennec me trajo de Asunción mi único regalo de cumpleaños, de las noches que pasamos en vela Sole y yo contando contracciones y esperando que la bebé Victoria se decidiera a nacer, del picnic que preparé para que Cecilia y yo nos tiráramos con mantelito en los bosques de Palermo, de la noche que apareció Guido y me regaló un cuaderno, de una tarde en Cuernavaca en la que dormí a un bebé en una hamaca colgada en el patio de una casa patricia, de aquellas noches que pasé encerrada en Montevideo con los maquetadores para terminar el libro del teatro de verano. Y así todo lo feo, la parte fea de las cosas, todo, se tornasolará frente a eso, frente a lo que apreso sin apresar las veces en las que puedo, al fin, tranquilamente respirar y vencerle a las espinas. Como cuando. Como cuando Unai me manda a dormir desde Londres por skype.

jueves, abril 26, 2012

Por encima del mar, desde la orilla americana del Atlántico


¡Si yo hubiera podido, oh Cádiz, a tu vera,
hoy, junto a ti, metido en tus raíces,
hablarte como entonces,
como cuando descalzo por tus verdes orillas
iba a tu mar robándole caracoles y algas!
Bien lo merecería, yo sé que tú lo sabes,
por haberte llevado tantos años conmigo,
por haberte cantado casi todos los días,
llamando siempre Cádiz a todo lo dichoso,
lo luminoso que me aconteciera.
Siénteme cerca, escúchame
igual que si mi nombre, si todo yo tangible,
proyectado en la cal hirviente de tus muros,
sobre tus farallones hundidos o en los huecos
de tus antiguas tumbas o en las olas te hablara.
Hoy tengo muchas cosas, muchas más que decirte.
Yo sé que lo lejano,
sí, que lo más lejano, aunque se llame
Mar de Solís o Río de la Plata,
no hace que los oídos
de tu siempre dispuesto corazón no me oigan.
Por encima del mar voy de nuevo a cantarte.

miércoles, abril 11, 2012

Como ahora te pones en la tarde que ya es la noche


Clara Cangutia
Nada era más tranquilizador y felicidad que unos visillos blancos en la ventana moviéndose con el vientito o con la brisa y un sol entrando por la ventana, mientras el té se entibiaba en la tetera y el Gato Calígula dormitaba en alguna parte del sillón o del sofá o de la cama. Cualquier otro visillo blanco del planeta me remite a esos momentos Aduana o Ministriles de retilante y doméstica (perdón) felicidad. Un día cada vez, no es tan difícil vivir si es así. El tiempo de la tranquilidad aunque sea breve hay que devorárselo. Como cuando. Como cuando hacia el sur el sol brilla por Durazno y me atrevo a mirar las casas y los árboles entornando los ojos y gambiteando una sonrisa, y paso por la plaza Juan Ramón Gómez y veo a la misma hora cada día al señor vagabundo que vive ahí, sentado en una casapuerta con una señora que extrañamente lo visita, mateando. Como cuando. Como cuando camino debajo de la luz de la luna llena por la calle Libertad, la luna de Pascua que alguna vez no hace tantos años admiré sobre Campo del Sur. ¿Se puede tomar luz de luna? Sí, y luego no te deja dormir y te muerde bajo la piel y te late suavito por dentro de la cabeza su latido lunar, como una inlunación. Como cuando. Como cuando vengo a ver las plantas de Luciana y miro con satisfación y alivio las hojitas verdes nuevas que les crecen bajo mi cuidado. Un día cada vez, una cosa cada vez, no es tan difícil la vida si es a bocaditos. Como cuando. Como cuando ahora me tomo un té mientras dejo que el sol entre por la ventana para que se alimenten de luz las plantas y me alimente a mí el viento que juega con los visillos blancos. Descalza en casa ajena me pregunto si este momento de sosiego como cuando no será un abuso de confianza con quien me dejó la llave para que viniera a cuidar sus plantas. No debe serlo, porque las plantas absorben mi luz, como si yo la luna.

Bares de Montevideo con ventanas y diciembre

Todas las puertas abiertas al mundo de la calle y a la pelusa de los castaños de Indias, los fluorescentes encendidos a las nueve de la mañana, el bar haciendo esquina empoderándose de Maldonado y Río Branco, la coruñesa que debe de llevar aquí tantos años como las mesas de formica preguntándome de dónde soy, si estoy de paseo, con un acento tan puramente montevideano mientras me cuenta que ella no es ciudadana sino sólo residente después de 51 años y que a sus padres se los llevaron a enterrar a Coruña porque ellos lo pidieron expresamente antes de morir tan lejos.
El café en este país es poco recomendable, como no sea para mirarlo debajo de su espuma y dentro de su vaso, generalmente tan añado como el resto de las cosas. Duralex. Made in Spain. En Barrio Sur todo está tiernamente reutilizado. Los carros de los cartoneros son iguales en sus mulas y sus armados de madera a los de Paraguay o Corrientes, sólo que sin niños desharrapados encima. El mundo Montevideo es tranquilo y parece no tener compás ni prisa, todo pasa despacito al son de lo que se vive. El mundo Barrio Sur donde te comes una milanesa con guarnición por diez pesos más de lo que te cuesta un té sobre 18. En el micromundo de este bar las señoras que hacen cola para la puerta de al lado esperan sentadas aquí adentro; entra un señor con suéter de cuello de pico metido por dentro del pantalón y gorro de estibador, al que luego veo unas cuantas cuadras más arriba lavando coches; entran señoras con carritos de la compra y camisas que llevan lavándose desde 1985. En el micromundo de este bar hablan del fin del mundo y de una ola gigante que va a arrasarlo todo así que no hay que preocuparse por la jubilación. 27 años tiene la chica que detrás de la barra parece terriblemente más baqueteada que yo, que dentro de dos días cumplo 36. El mundo misterioso de los bares populares abiertos a la calle más barrio que el barrio, a esta calle que se llama Wilson Ferreira Aldunate aunque la sigan llamando Río Branco. Unas cuadras más allá subiendo Maldonado la calle más barrio que la calle se llama Paraguay. Allí otra coruñesa regenta otro bar anclado en la nostalgia gallega lleno de señores en mangas de camisa beligerantes a ciertas horas y a otras sólo contempladores del pasar del tiempo amarillo. Barrio Sur. Si hubiera llegado a Montevideo hace 60 años me habría puesto un bar y cocinado grandes ollas de potaje o puchero y colgado una jaula con un canario al lado de la puerta. Geranios. Todo el atrezzo de andaluza con empeño de estar lejos y sentir nostalgia, porque la nostalgia es ya una pertenencia. Hay todo un entramado de casas regionales de los inmigrantes viejos repartidos por la ciudad, gente que llegó en el tiempo de los barcos y se quedó y cincuenta años después sigue suspirando. Lo que yo soy, ¿encaja en Montevideo? Yo que crecí fuera de Manhattan o de l'Île Saint Louis, yo que siempre cabalgo más deprisa que mi deseo, ¿tengo sitio en este mundo de bares estribo, bares barridos por el viento a través de las ventanas?

miércoles, abril 04, 2012

No sé pero valieron como el más largo amor

MOntevideo
Cada mañana por la rambla con mi bicicleta valoro el día, le mido la actitud y el viento a favor o en contra y los estados marinos, la lluvia cuando la hay sobre mi capucha, el sol de frente o perfil según la hora, la luz rabiosa o discreta o triste, el horizonte partido siempre en dos colores, todas las gamas del azul o de los verdes insultantes o de asquerosos marrones revueltos, el plomo de los grises, alguna vez el negro de la tormenta: cada mañana una mañana distinta, cada día un día distinto. A veces incapaz de someter la sudestada entre las ruedas tengo que bajar de la bicicleta y caminar empujándola; otras veces pedaleo tan rápido que no me dura el trayecto ni tres canciones. Así, cada día es un día distinto sin que dependa su gallardía o su deshonestidad ni de su número ni de su nombre, sino de cómo esté colgado en la rambla cuando yo le paso por encima con mi bicicleta. Recuerdo Madrid, recuerdo subir por la calle Lavapiés cada mañana para meterme en el metro para llegar al trabajo. Sin cielo, sin agua, sin rambla. Sin Montevideo. Sin América detrás o debajo de los pies. Recuerdo Tilburg, recuerdo bajar hasta la estación para tomar el tren y cuarenta minutos después aquel tramo de césped que cruzaba siempre descalza, por placer. Sin cielo, sin agua, sin rambla, pero con Europa entre los dedos. Y eso, cada mañana por la rambla o el tren de Tilburg, es el gozo del trayecto. Siempre en cada sitio hay cosas que no te gustan, siempre de cada sitio vas masticando recuerdos tesoros conforme los creas. Siempre en cada sitio te encuentras con la terrible pero pacificadora soledad, con la temida pero tranquilizadora compañía. Pero en la rambla con el día sólo estoy yo, en la rambla con la tarde y el regreso sólo estoy yo. Siempre yo y las lágrimas o una risa de bronce o el sentarse en la piedra hasta que se cae el sol, siempre sacar algo del bolso (un plátano, una galleta, una manzana, una bolsa de papas fritas, un cuaderno, un libro). Siempre algo que salga de mi bolso y que me salve. Letras mías. Sólo mías. Un mundo solo mío, en la rambla, camino al trabajo o camino a ninguna parte, Montevideo enfrente y a los lados, la playa Ramírez que habré caminado descalza y sola, de noche, cuando ya había empezado el otoño o cuando todavía no había empezado el verano. Solo mío lo que vi. Una pareja que empezaba a quererse, se notaba en la manera de escorarse ella contra él, con una botella de vino se acomodaba en la arena de arriba, contra el murallón, los pies bien asentados en la arena. Dos mujeres dejaban velas azules en un hoyo cerca de la orilla, como cuando Iemanjá. Un grupo de muchachos entrenaban y se metían en el agua, vestidos. Montevideo. Esa curvita desde donde se ve mejor Montevideo. Y yo mirándolo desde fuera las cuántas veces que habré paseado, sola o con Lourdes, nunca desde dentro, siempre desde fuera, extranjera, examinadora, con la vara de medir en los ojos y en las manos. Montevideo adonde vine a descansar, a dejar de crear lazos de raso, a estar sola, a que cada día fuera un día distinto del otro sin que se diferenciaran por sus nombres sino por el hueso de su corazón. Y aquí estoy, muerta de miedo porque una vez más no estoy en mi sitio, porque una vez más despertenezco.

lunes, marzo 12, 2012

Angustias

Mantilla
Recuerdo las fotos de mi madre vestida de mantilla. De luto. De negro. Porque se moría el cristo. Del brazo de mi padre por la calle Lealas, yendo a ver la procesión de la Soledad. Yo nunca me vestí. Hace unos años le pedí a mi madre que me prestara su mantilla y su peineta para el viernes santo. Para disfrazarme, le dije. Se ofendió. ¿Acaso no son signo de oprobio y sometimiento? A Dios. Al Hombre. Pero ella no lo ve así. Ella se veía guapa. El signo de su femineidad. El vestidito negro. Los pendientes de brillantes. El pelo bien estirado debajo de la peineta de carey. Los zapatos de tacón. El lunar al lado de la boca pintado con lápiz negro. Caminar por la calle Lealas del brazo del novio tan guapo recién licenciado del servicio militar. De donde yo soy, ser mujer va unido al luto. Al luto y al azahar al que huelen las calles en semana santa, cuando empieza la primavera y florecen los naranjos amargos de las calles y te vistes de luto. Al mismo azahar que te cosen en el dobladillo del vestido cuando te casas. Porque de donde yo vengo todo lo que es ser mujer estaba supeditado al hombre. Primero al padre: para todo había que pedirle permiso. Después al hombre que llegaba de la calle y que te pretendía, te hablaba y luego venía a tu casa a pedirte a tu padre, comercio entre hombres, para que cambiaras una potestad por otra, un recato debido a otro recato debido. Y cuando tu padre o tu hombre se morían, te vestías de negro de pies a cabeza y así te quedabas. Porque de donde yo vengo, ser mujer está unido implacablemente al luto. Como el jueves santo y el viernes santo, mientras las calles olían a azahar y tú te enlutabas porque se moría otro hombre que tenía preeminencia sobre ti, porque se moría el cristo, y te ponías vestido negro y mantilla y te pintabas poquito y salías a la calle del brazo de tu novio. Con el consentimiento de tu padre.
Recuerdo las fotos de mi madre tan joven, más joven que yo, vestida de mantilla, segura de su femineidad, poseída por su femineidad, enmarcada por su sometimiento. Y yo, que nunca me vestí de mantilla, que no me sometí ni al padre, ni al marido, ni a dios, tengo que buscar continuamente dónde reside mi femineidad, porque de donde yo vengo ser mujer está unido implacablemente a la presencia o la ausencia de un hombre. Y me pregunto cómo me vería con la mantilla, la peineta y los zarcillos de brillantes de mi madre. Seguramente guapa, con esa belleza que da la tranquilidad del yugo.

domingo, enero 15, 2012

Los dioses son amantes del secreto

Montevideo
Una casa llamada Mi sueño en alquiler. Mi primer cadáver de gaviota. Un honestísimo recepcionista de hotel al que besé y abracé. Las mujeres gordas flacas feas bonitas con gafas sin algunos dientes malbaratadas o erguidas sambando con tacones con los que ya sería imposible caminar al sol hasta la rotura, Barrio del Sur. Las ventanas desde las que una vez en otro país soñé que me asomaba. El sillón orejero desfondado tapizado de terciopelo color vino que cambia cada día de ubicación entre Durazno, Canelones, Ejido, Michelini. El Río de la Plata chocando las piedras. Jaime Roos bajando de un taxi. Un atardecer desde el Santa Catalina. La tormenta eléctrica sudestada sobre el mar. Las bolsas de plástico que revolotean por el aire empujadas por el viento, la luz anaranjada de las farolas, los hombres solos mal vestidos que contribuyen a hacer la noche amenazante. Afuera los tambores y adentro yo sangrando. Una novia feliz con traje de encajes antiguos. Viernes inflamados y domingos tristes. Un anochecer añil con el lucero recién levantado dedicado en mi cumpleaños. La marca detrás de mis rodillas de haberme sentado al borde de la piedra del embarcadero. Palmeras que me recuerdan mi casa. La calle Sarandí en bicicleta. Las cosas pensadas que sólo se mostraron en la sonrisa. Árboles inmensos bajo los que caminar calles a la sombra. Un trompetista boliviano en el Parque Rodó tocando Darn that dream. Platos antiguos en los que alguna vez sirvieron el postre. Corresponsales de corbata desanudada, borrachos y crueles. Un sombrerito celeste y otro colorado que me pruebo en el espejo de sus ojos.

viernes, enero 13, 2012

Los niños matadores de dragones que se robaron el corazón de la vagabunda

Playmobil
Ustedes que me dejan cantarles nanas a sus hijos para que se duerman cuando paso por sus casas, ustedes que me dejan jugar con ellos a los barcos, a los piratas, a mancharnos de barro o de pintura, ustedes que me dejan cargarlos con mi brazo izquierdo y apoyarlos sobre mi cintura, subirlos a los columpios, colocarles la bufanda, meterlos en la bañera para sacarles el fango del río, ponerles el pijama, acostarlos en sus camas y aguantar sin lágrimas el embate de que me pidan que los arrope y les cuente un cuento de dinosaurios. Ustedes que me dejan a sus hijos para que los pasee por el bosque y les invente canciones de lagartijas y monstruítos andariegos que van a buscar fresas a los Urales o que me quite con ellos los zapatos y chapotee en el arroyo. Ustedes que me dejan compartir el pan con chocolate con sus hijos y separar los chícharos de las papas y hacer montañitas de comida rodeadas de ríos de salsa. Ustedes que me dejan compartir sus secretos susurrados y sus cajones de tesoros, contribuir con caracolas, muñecas de trapo, hojas secas y piedras a la construcción de sus universos, esconderme con ellos en las cavernas inventadas de sus cuartos y armar faros con linternas, entrarlos despacito al agua del mar. Ustedes que me colocan a sus bebés recién horneados en el regazo para que les cante Ferme tes jolis yeux car tout n'est que mensonge y les quite el llanto. Ustedes que me dejan coserles tocados y hebillas a sus hijas adolescentes, regalarles zarcillos y libros, que me cuenten a sus espaldas sus amores. Ustedes que no saben que cuando me voy lejos recuerdo a sus hijos entre mis brazos como míos que fueron un rato y se me chicotea el corazón, porque si supieran no me dirían los niños se asoman a menudo sobre mi hombro, te buscan y te besan, o la beba dice que vos sos siempre la más linda. ¿Vieron cuando dos personas se acercan más para luego alejarse? ¿Conocen ese último abrazo que da ganas de matarse? Por ese abrazo procuro no despedirme nunca, menos de sus hijos. ¿Vieron cuando dos personas transforman una palabra cualquiera en un relicario donde guardan significados privados? Luego cuando los caminos se separan esa palabra secreta deja de ser delicia para volverse infierno. Es lo mismo con los niños, hay palabras que convocan la tempestad o sirven para dormirlos o escalar el muro de sus risas; cuando de lejos en mis exilios sucesivos recuerdo esas palabras malbaratadas en sus vocecitas, se me resquebraja el alma. Y es ahí, en mi ausencia en la vida de sus hijos, donde me mido, realmente, el fallo, el error, la falta, el trastorno, el desarraigo, lo que me duele.