domingo, enero 15, 2012

Los dioses son amantes del secreto

Montevideo
Una casa llamada Mi sueño en alquiler. Mi primer cadáver de gaviota. Un honestísimo recepcionista de hotel al que besé y abracé. Las mujeres gordas flacas feas bonitas con gafas sin algunos dientes malbaratadas o erguidas sambando con tacones con los que ya sería imposible caminar al sol hasta la rotura, Barrio del Sur. Las ventanas desde las que una vez en otro país soñé que me asomaba. El sillón orejero desfondado tapizado de terciopelo color vino que cambia cada día de ubicación entre Durazno, Canelones, Ejido, Michelini. El Río de la Plata chocando las piedras. Jaime Roos bajando de un taxi. Un atardecer desde el Santa Catalina. La tormenta eléctrica sudestada sobre el mar. Las bolsas de plástico que revolotean por el aire empujadas por el viento, la luz anaranjada de las farolas, los hombres solos mal vestidos que contribuyen a hacer la noche amenazante. Afuera los tambores y adentro yo sangrando. Una novia feliz con traje de encajes antiguos. Viernes inflamados y domingos tristes. Un anochecer añil con el lucero recién levantado dedicado en mi cumpleaños. La marca detrás de mis rodillas de haberme sentado al borde de la piedra del embarcadero. Palmeras que me recuerdan mi casa. La calle Sarandí en bicicleta. Las cosas pensadas que sólo se mostraron en la sonrisa. Árboles inmensos bajo los que caminar calles a la sombra. Un trompetista boliviano en el Parque Rodó tocando Darn that dream. Platos antiguos en los que alguna vez sirvieron el postre. Corresponsales de corbata desanudada, borrachos y crueles. Un sombrerito celeste y otro colorado que me pruebo en el espejo de sus ojos.

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