miércoles, diciembre 29, 2010

Sara Gallardo frente a Sara Gallardo

Revista La Nación, 11 de septiembre de 1977

Es difícil evitar la tentación de hablar de su belleza y de su simpatía. Mientras, inclinada sobre la baranda de su balcón, sigue dócilmente las indicaciones del fotógrafo, uno admira la gracia de un rostro de reminiscencias morunas. Para sustraerse a ese magnetismo, que va acompañado por una cordialidad honda, que nada tiene que ver con la simpatía deliberada, conviene concentrarse en el motivo de la entrevista; recordar que Sara Gallardo es autora de cuatro novelas: “Enero”, “Pantalones azules”, “Los galgos los galgos” y “Eisejuaz”, y que ahora acaba de publicar un volumen de cuentos, “El país del humo”.
El fotógrafo termina su tarea y la puerta del balcón se cierra. Sara se sienta. De cerca, se advierte que su figura está como gobernada desde los ojos oscuros, que brillan entre los pómulos muy marcados.
—Leí El país del humo y me llamó la atención la veracidad de todos sus personajes masculinos. Pareciera que su visión del mundo masculino no fuera la de una mujer, sino precisamente la de un hombre.
—Es la primera vez que me lo dicen. Pero creo que hay algo de razón en su comentario. Desde chica me quedó grabada una observación de papá acerca de la novela de una autora que no viene al caso mencionar. Dijo: “¡Que bueno es este libro, parece escrito por un hombre!”. No sé cuánto de machismo había en esa afirmación, pero desde entonces la bondad de las obras literarias quedó ligada para mí a su carácter “masculino”.
—Una impresión totalmente reñida con el feminismo.
—Hasta cierto punto. A las feministas no les gustan las muñequitas de lujo, ni las monerías supuestamente femeninas. Rechazo cierta imagen, o cierto aspecto de lo femenino. Siento horror por la histeria, la crueldad y la coquetería “femeninas”.
—¿Qué rasgos femeninos estima?
—Aprecio la hipersensibilidad. La literatura escrita por mujeres necesita de un vigor viril. Ese rigor debe estar al servicio de la hipersensibilidad, como lo está por ejemplo en Virginia Woolf, una autora exenta de afectación. Me gusta crear personajes masculinos. Por otra parte, ya de chica tenía un estilo de juego que no se avenía al tradicional de las mujercitas. Por supuesto, tenía muñecas, pero me atraía mucho más jugar a los pieles rojas, a los árabes, imaginar que las bicicletas eran las carpas en el desierto. Además, me encanta todo lo salvaje. Los caballos me apasionan. No me pierdo los desfiles y me emociono cuando pasan los granaderos. Me gusta lo épico en la vida y la literatura. Demás está decir que una de mis lecturas preferidas es La Ilíada.
—El título de su libro de cuentos no es el de ninguno de los relatos que lo componen. ¿Por qué lo llamó así?
—En realidad, escribí un cuento llamado El país del humo, que originariamente integraba el volumen, pero después lo retiré. Le puse ese nombre a mi libro porque mis cuentos tratan sobre América, sobre Latinoamérica. Y el país del humo es para mí la tierra americana. Es un continente que parece perdido en el tiempo, en el que las huellas, las personas, parecen borrarse ene extensiones tan vastas como desoladas.
—Esos relatos son muy tristes, desgarradores, por momentos.
—Parece que ésa es la impresión que les causan a todos los que los leen. En realidad, los escribí en una época bastante terrible de mi vida, entre los años 72 y 75. Después me fui a vivir transitoriamente a Córdoba, me mudé varias veces y perdí el original.
—¿Dónde estuvo viviendo?
—Pasé gran parte del tiempo en El Paraíso, la casa de Mujica Láinez, en una especie de pabellón de caza transformado en sala de esgrima, o al revés. De cualquier modo, allí vivíamos con mis hijos. Debo decir que este libro ha aparecido por la insistencia de Mujica. Por él busqué el libro perdido, lo encontré y lo corregí. Mujica me ayudó en las correcciones, me hizo comentarios, críticas, elogios.
—Uno de los cuentos, Georgette y el general, guarda el estilo de los cuentos de Mujica Láinez.
—Es cierto. Podría haberlo escrito él. Pero lo curioso es que lo escribí antes de ir a vivir a su casa. El país del humo ya estaba terminado cuando me fui a Córdoba. En cuanto a ese relato, me parece muy divertido.
—Seguramente debió documentarse en alguna fuente más oral que escrita, supongo.
—Vulgo, chisme. Es cierto. En cambio, sí debí documentarme en fuentes más eruditas para Una nueva ciencia, donde hablo de la influencia de las de las nubes en el destino. Leí unos cuantos libros sobre Risorgimiento. Estudié mucho para hacer El país del humo. Releí Kipling y, además, me sirvieron otras lecturas ocasionales como la de Spoon River Anthology, de Lee Master, que reconstruye la historia de un pueblo por medio de los epitafios del cementerio.
—En todos sus libros el campo y la vida animal ocupan un lugar muy importante. En cierta oportunidad Victoria Ocampo señaló que usted era una de las escritoras argentinas que mejor describía los árboles y los animales. Por supuesto, vivió en el campo.
—El campo, las plantas y los animales fueron siempre una pasión familiar. En mi familia abundan los naturalistas. El Museo Ángel Gallardo lleva el nombre de mi abuelo. Por otra parte, papá tiene un campo, cerca de Chascomús, donde, con mis hermanos, pasábamos largas temporadas durante los veranos. Arreábamos vacas, ensillábamos caballos, salíamos a hacer cabalgatas. Ése es el origen de muchos de mis relatos que tienen como escenario y como tema el campo legendario. En El país del humo un catequista se enfrenta con un caso de licantropía, con un lobizón. Se trata de una leyenda; pero, en cambio, no es leyenda que yo vi como catequizaban a los indios en el campo.
—Al mismo tiempo, se percibe en su obra cierto gusto por los mundos cerrados.
—Hasta cierto punto me atraen esos climas herméticos. Estoy acostumbrada a la soledad desde la niñez. De chica fui asmática. Y un chico asmático vive muchas horas de vigilia nocturna, solo. Entre las 2 y las 5 de la madrugada espera la asfixia, la teme, la combate. Mientras todos duermen el asmático libra una batalla contra la asfixia. Uno tiene un horario propio, el de la enfermedad. Los chicos no sufren tanto como los padres porque pueden pasarse esas horas contándose historias. Ahí debe haber nacido mi vocación literaria. Por otra parte, una enfermedad de este tipo tiene sus ventajas: me mimaban mucho, me compraban libros, me hacían regalos. Papá se pasaba horas leyendo junto a mi cama.
—Usted se ha referido a la soledad. El país del humo está dedicado a uno de los grandes solitarios de Buenos Aires, un solitario que ha muerto, Héctor Murena. Pero todos sus libros, éste más que ninguno, están poblados de solitarios, de marginados. Y, por si fuera poco, el último cuento de la serie se llama precisamente Un solitario.
—Necesito la soledad para pensar, para escribir. No se puede escribir rodeada de gente. Es cierto, no lo había notado, pero la unidad de este último libro está dada, entre otras cosas, por el hecho de que la mayoría de los personajes son solitarios o desterrados. El protagonista de Un solitario, casi ni es preciso que lo aclare, me fue inspirado por la figura de Murena. Es un hombre que lentamente se va hundiendo en la soledad, pero que necesita mantener un hilo de comunicación con los otros. Ese débil hilo lo encuentra primero en un restaurante, después en un café donde halla una camaradería viril con los parroquianos. Ese cuento lo leyó Murena antes de morir. No sé como pude dárselo a leer. Yo sabía que él estaba muy enfermo, él también lo sabía, pero yo me obstinaba en negarlo, en darle a leer esas páginas en las que refiriéndome a la soledad digo, por ejemplo: “Tocaba su muerte en aquel silencio”. A Murena le gustó mi cuento. Era casi una profecía. Un solitario termina con una frase que es el resumen del relato, pero también el anuncio de algo: “Algo estaba empezando”. Lo que iba a empezar, lo que iba a pasar fue la muerte de Murena.
—Pero su vida no es la de una solitaria.
—No, no lo es. Tengo cuatro chicos. Se ha producido un gran cambio en mí. Antes sólo lograba comunicarme con algunas personas, con las que más me interesaban, por ejemplo con Murena. Es como si antes hubiera contemplado la realidad a través de un vidrio que me permitía ver lo que pasaba detrás de él, pero que al mismo tiempo me separaba de la vida. Ahora es como si ese cristal se hubiera roto. En la adolescencia, y también en la juventud, vivía en un clima enrarecido. La soledad me gusta, pero también me da miedo. Porque la soledad puede terminar en la locura. Ser madre, ocuparse de los quehaceres de la casa, de la vida cotidiana, me vuelve al mundo de todos los días.
—Esa misma observación la hace Maurice Blanchot. Dice que el escritor se ve obligado a escribir un diario, o a ocuparse de cosas mínimas, para no perderse en el vértigo de la escritura, o quizás en el delirio.
—En mi caso ahora ya no hay peligro de que eso ocurra. Estoy trabajando en La Cumbre en una escuela para chicos que funciona en cuatro casas con varias chimeneas que llenan los edificios de humo, hasta el punto de que uno de mis hijos me preguntó el otro día: “Mamá, ¿El país del humo es el colegio, no?”. Pero por otra parte también escribo. Mi nuevo libro se va a llamar Las águilas. Estará integrado por retratos de artistas (de solitarios, otra vez). Las águilas son esos seres de fantasía, maravillosos, que pintan, escriben, componen, pero que para vivir deben trabajar en redacciones, encontrarse entre sí una hora al mediodía, entre dos horarios de diarios. En ese lapso hablan de temas espléndidos, con imaginación, inteligencia; pero nuevamente deben salir a la calle para encerrarse en las oficinas. Las águilas, como se ve, es un título irónico, un poco cruel. Las águilas se ven reducidas a eso.
Y mira de nuevo hacia la ventana, después hacia la máquina de escribir, porque probablemente deba redactar un artículo para una revista, o una charla. En verdad, las águilas también conceden entrevistas, pero las delata el súbito fulgor de los ojos, o el aura de soledad orgullosa con que las envuelve la noche.

2 comentarios:

szalvador dijo...

Estupenda entrevista, que mujer.

Gracias.

Loulou dijo...

De nada. Nada como hacerse las preguntas uno mismo.