lunes, marzo 12, 2012

Angustias

Mantilla
Recuerdo las fotos de mi madre vestida de mantilla. De luto. De negro. Porque se moría el cristo. Del brazo de mi padre por la calle Lealas, yendo a ver la procesión de la Soledad. Yo nunca me vestí. Hace unos años le pedí a mi madre que me prestara su mantilla y su peineta para el viernes santo. Para disfrazarme, le dije. Se ofendió. ¿Acaso no son signo de oprobio y sometimiento? A Dios. Al Hombre. Pero ella no lo ve así. Ella se veía guapa. El signo de su femineidad. El vestidito negro. Los pendientes de brillantes. El pelo bien estirado debajo de la peineta de carey. Los zapatos de tacón. El lunar al lado de la boca pintado con lápiz negro. Caminar por la calle Lealas del brazo del novio tan guapo recién licenciado del servicio militar. De donde yo soy, ser mujer va unido al luto. Al luto y al azahar al que huelen las calles en semana santa, cuando empieza la primavera y florecen los naranjos amargos de las calles y te vistes de luto. Al mismo azahar que te cosen en el dobladillo del vestido cuando te casas. Porque de donde yo vengo todo lo que es ser mujer estaba supeditado al hombre. Primero al padre: para todo había que pedirle permiso. Después al hombre que llegaba de la calle y que te pretendía, te hablaba y luego venía a tu casa a pedirte a tu padre, comercio entre hombres, para que cambiaras una potestad por otra, un recato debido a otro recato debido. Y cuando tu padre o tu hombre se morían, te vestías de negro de pies a cabeza y así te quedabas. Porque de donde yo vengo, ser mujer está unido implacablemente al luto. Como el jueves santo y el viernes santo, mientras las calles olían a azahar y tú te enlutabas porque se moría otro hombre que tenía preeminencia sobre ti, porque se moría el cristo, y te ponías vestido negro y mantilla y te pintabas poquito y salías a la calle del brazo de tu novio. Con el consentimiento de tu padre.
Recuerdo las fotos de mi madre tan joven, más joven que yo, vestida de mantilla, segura de su femineidad, poseída por su femineidad, enmarcada por su sometimiento. Y yo, que nunca me vestí de mantilla, que no me sometí ni al padre, ni al marido, ni a dios, tengo que buscar continuamente dónde reside mi femineidad, porque de donde yo vengo ser mujer está unido implacablemente a la presencia o la ausencia de un hombre. Y me pregunto cómo me vería con la mantilla, la peineta y los zarcillos de brillantes de mi madre. Seguramente guapa, con esa belleza que da la tranquilidad del yugo.

6 comentarios:

Mar dijo...

Tenés la femineidad en los ojos, que tienen cualquier cosa menos luto.
También en los pies, que a veces son delicados y otras, muy firmes.

Estoy casi segura.

Loulou dijo...

Ains. Piso demasiado fuerte, no me queda suela sana.

Sergio R. dijo...

Lindo texto. Muy sentido. Saludos. Sergio.

Anónimo dijo...

Cada vez te pareces más a Vargão, si Vargão hubiera viajado.

Chá Lucena Morales dijo...

Ay. Mil a uno a que eres andaluza. Todo esto me suena me suena....

Loulou dijo...

Pues sí.