sábado, abril 28, 2012

Con tal de que la vida deponga sus espinas

Cuando pase el tiempo y yo esté triste de nuevo (porque así es como es, a veces me toca dolerme retorcida, el alma contra el suelo) me acordaré de ese día que subí con mi sobrina a los columpios en la hostería del lago Gutiérrez, de cuando canté en el bar lesbiano de Pelotas al que me llevó Bitisa, de cuando bailé cumbia en Cholula con Araceli, de los kilos de mezquite que arranqué de su árbol bajo el Cerro Quemado en medio del desierto huichole para alimentar a los caballos, del café al que me invitó Carlos Aranda en Río Gallegos. Cuando llegue un día en el que yo vuelva a estar triste me acordaré de que me pueden volver a pasar cosas así, en pleno desahucio, de que en un Buenos Aires envenenado aún un muchacho en Santa Fe y Pueyrredón puede guardarse mi barquito de papel en su cartera, de que aún en un Buenos Aires hostil Martín Anzorena puede abrirme su casa y su Givenchy para que yo tenga dónde dormir y dónde darle a Clarisa naranjas con chile y mezcal o de que Jorge me puede llamar desde Neuquén para contarme que el General San Martín cantaba coplas gaditanas mientras yo en Villa Luro sentada contra el viento frente a la vía del tren bajo las hojas verdes del árbol de la casita de madera le hago un dibujito de un mar y un faro que dejarle colgado en la puerta a Roberto Docampo, de que aún en un Buenos Aires extrañado de volver a tenerme entre sus filas puedo ir al Colón con Amaya y Enrique Azurza a respirar música. Cuando llore de rabia por las ausencias me acordaré de que pude ver a Gloria por última vez en San Juan y Boedo en un bar tanguero. Cuando todo esté feo, cuando alguien se porte mal conmigo, cuando no sepa qué carajo estoy haciendo con mi vida, porque así es como es no sólo este último año sino siempre, me acordaré de cuando Alejandra y yo mirábamos los disparos que había en el techo en una cafetería del DF, de cuando metí los pies en el Paraná por primera vez en Corrientes, de cuando tomé con Javi tequilas en Puebla; cuando vuelva de nuevo a sentir que todo me da lo mismo recordaré cuando el Ruso me rescató del abandono y del vagabundeo por las calles sin asfalto de El Chaltén, de cuando Helga me frotó con alcohol y hielo todo el cuerpo comido por los jejenes del atardecer en Itatí, de aquellos dos días que pasé con Ana en la playa de Piriápolis, de mis tardes en la librería de segunda mano rodeada de señores brasileños que me convidaban a chimarrão, de Odyr preparándome el té en su cocinita de artista, de aquellos mediodías en que me sentaba al sol en la azotea de Esteban con la gata Lola y los libros marxistas, de cuando Cristina y yo nos tirábamos en la moqueta barilochense a hacer feldenkrais y partirnos de la risa, de cuando paseé con Esti por el Rosedal y se me rompió la sandalia y la até con su goma del pelo, de aquel día en que la señora rusa con la que escuchaba a Volodia me arrancó de su huerto verduras y más verduras para que yo las cocinera en aquel pueblo perdido de la Pampa, de cuando Gaël Favennec me trajo de Asunción mi único regalo de cumpleaños, de las noches que pasamos en vela Sole y yo contando contracciones y esperando que la bebé Victoria se decidiera a nacer, del picnic que preparé para que Cecilia y yo nos tiráramos con mantelito en los bosques de Palermo, de la noche que apareció Guido y me regaló un cuaderno, de una tarde en Cuernavaca en la que dormí a un bebé en una hamaca colgada en el patio de una casa patricia, de aquellas noches que pasé encerrada en Montevideo con los maquetadores para terminar el libro del teatro de verano. Y así todo lo feo, la parte fea de las cosas, todo, se tornasolará frente a eso, frente a lo que apreso sin apresar las veces en las que puedo, al fin, tranquilamente respirar y vencerle a las espinas. Como cuando. Como cuando Unai me manda a dormir desde Londres por skype.

jueves, abril 26, 2012

Por encima del mar, desde la orilla americana del Atlántico


¡Si yo hubiera podido, oh Cádiz, a tu vera,
hoy, junto a ti, metido en tus raíces,
hablarte como entonces,
como cuando descalzo por tus verdes orillas
iba a tu mar robándole caracoles y algas!
Bien lo merecería, yo sé que tú lo sabes,
por haberte llevado tantos años conmigo,
por haberte cantado casi todos los días,
llamando siempre Cádiz a todo lo dichoso,
lo luminoso que me aconteciera.
Siénteme cerca, escúchame
igual que si mi nombre, si todo yo tangible,
proyectado en la cal hirviente de tus muros,
sobre tus farallones hundidos o en los huecos
de tus antiguas tumbas o en las olas te hablara.
Hoy tengo muchas cosas, muchas más que decirte.
Yo sé que lo lejano,
sí, que lo más lejano, aunque se llame
Mar de Solís o Río de la Plata,
no hace que los oídos
de tu siempre dispuesto corazón no me oigan.
Por encima del mar voy de nuevo a cantarte.

miércoles, abril 11, 2012

Como ahora te pones en la tarde que ya es la noche


Clara Cangutia
Nada era más tranquilizador y felicidad que unos visillos blancos en la ventana moviéndose con el vientito o con la brisa y un sol entrando por la ventana, mientras el té se entibiaba en la tetera y el Gato Calígula dormitaba en alguna parte del sillón o del sofá o de la cama. Cualquier otro visillo blanco del planeta me remite a esos momentos Aduana o Ministriles de retilante y doméstica (perdón) felicidad. Un día cada vez, no es tan difícil vivir si es así. El tiempo de la tranquilidad aunque sea breve hay que devorárselo. Como cuando. Como cuando hacia el sur el sol brilla por Durazno y me atrevo a mirar las casas y los árboles entornando los ojos y gambiteando una sonrisa, y paso por la plaza Juan Ramón Gómez y veo a la misma hora cada día al señor vagabundo que vive ahí, sentado en una casapuerta con una señora que extrañamente lo visita, mateando. Como cuando. Como cuando camino debajo de la luz de la luna llena por la calle Libertad, la luna de Pascua que alguna vez no hace tantos años admiré sobre Campo del Sur. ¿Se puede tomar luz de luna? Sí, y luego no te deja dormir y te muerde bajo la piel y te late suavito por dentro de la cabeza su latido lunar, como una inlunación. Como cuando. Como cuando vengo a ver las plantas de Luciana y miro con satisfación y alivio las hojitas verdes nuevas que les crecen bajo mi cuidado. Un día cada vez, una cosa cada vez, no es tan difícil la vida si es a bocaditos. Como cuando. Como cuando ahora me tomo un té mientras dejo que el sol entre por la ventana para que se alimenten de luz las plantas y me alimente a mí el viento que juega con los visillos blancos. Descalza en casa ajena me pregunto si este momento de sosiego como cuando no será un abuso de confianza con quien me dejó la llave para que viniera a cuidar sus plantas. No debe serlo, porque las plantas absorben mi luz, como si yo la luna.

Bares de Montevideo con ventanas y diciembre

Todas las puertas abiertas al mundo de la calle y a la pelusa de los castaños de Indias, los fluorescentes encendidos a las nueve de la mañana, el bar haciendo esquina empoderándose de Maldonado y Río Branco, la coruñesa que debe de llevar aquí tantos años como las mesas de formica preguntándome de dónde soy, si estoy de paseo, con un acento tan puramente montevideano mientras me cuenta que ella no es ciudadana sino sólo residente después de 51 años y que a sus padres se los llevaron a enterrar a Coruña porque ellos lo pidieron expresamente antes de morir tan lejos.
El café en este país es poco recomendable, como no sea para mirarlo debajo de su espuma y dentro de su vaso, generalmente tan añado como el resto de las cosas. Duralex. Made in Spain. En Barrio Sur todo está tiernamente reutilizado. Los carros de los cartoneros son iguales en sus mulas y sus armados de madera a los de Paraguay o Corrientes, sólo que sin niños desharrapados encima. El mundo Montevideo es tranquilo y parece no tener compás ni prisa, todo pasa despacito al son de lo que se vive. El mundo Barrio Sur donde te comes una milanesa con guarnición por diez pesos más de lo que te cuesta un té sobre 18. En el micromundo de este bar las señoras que hacen cola para la puerta de al lado esperan sentadas aquí adentro; entra un señor con suéter de cuello de pico metido por dentro del pantalón y gorro de estibador, al que luego veo unas cuantas cuadras más arriba lavando coches; entran señoras con carritos de la compra y camisas que llevan lavándose desde 1985. En el micromundo de este bar hablan del fin del mundo y de una ola gigante que va a arrasarlo todo así que no hay que preocuparse por la jubilación. 27 años tiene la chica que detrás de la barra parece terriblemente más baqueteada que yo, que dentro de dos días cumplo 36. El mundo misterioso de los bares populares abiertos a la calle más barrio que el barrio, a esta calle que se llama Wilson Ferreira Aldunate aunque la sigan llamando Río Branco. Unas cuadras más allá subiendo Maldonado la calle más barrio que la calle se llama Paraguay. Allí otra coruñesa regenta otro bar anclado en la nostalgia gallega lleno de señores en mangas de camisa beligerantes a ciertas horas y a otras sólo contempladores del pasar del tiempo amarillo. Barrio Sur. Si hubiera llegado a Montevideo hace 60 años me habría puesto un bar y cocinado grandes ollas de potaje o puchero y colgado una jaula con un canario al lado de la puerta. Geranios. Todo el atrezzo de andaluza con empeño de estar lejos y sentir nostalgia, porque la nostalgia es ya una pertenencia. Hay todo un entramado de casas regionales de los inmigrantes viejos repartidos por la ciudad, gente que llegó en el tiempo de los barcos y se quedó y cincuenta años después sigue suspirando. Lo que yo soy, ¿encaja en Montevideo? Yo que crecí fuera de Manhattan o de l'Île Saint Louis, yo que siempre cabalgo más deprisa que mi deseo, ¿tengo sitio en este mundo de bares estribo, bares barridos por el viento a través de las ventanas?

miércoles, abril 04, 2012

No sé pero valieron como el más largo amor

MOntevideo
Cada mañana por la rambla con mi bicicleta valoro el día, le mido la actitud y el viento a favor o en contra y los estados marinos, la lluvia cuando la hay sobre mi capucha, el sol de frente o perfil según la hora, la luz rabiosa o discreta o triste, el horizonte partido siempre en dos colores, todas las gamas del azul o de los verdes insultantes o de asquerosos marrones revueltos, el plomo de los grises, alguna vez el negro de la tormenta: cada mañana una mañana distinta, cada día un día distinto. A veces incapaz de someter la sudestada entre las ruedas tengo que bajar de la bicicleta y caminar empujándola; otras veces pedaleo tan rápido que no me dura el trayecto ni tres canciones. Así, cada día es un día distinto sin que dependa su gallardía o su deshonestidad ni de su número ni de su nombre, sino de cómo esté colgado en la rambla cuando yo le paso por encima con mi bicicleta. Recuerdo Madrid, recuerdo subir por la calle Lavapiés cada mañana para meterme en el metro para llegar al trabajo. Sin cielo, sin agua, sin rambla. Sin Montevideo. Sin América detrás o debajo de los pies. Recuerdo Tilburg, recuerdo bajar hasta la estación para tomar el tren y cuarenta minutos después aquel tramo de césped que cruzaba siempre descalza, por placer. Sin cielo, sin agua, sin rambla, pero con Europa entre los dedos. Y eso, cada mañana por la rambla o el tren de Tilburg, es el gozo del trayecto. Siempre en cada sitio hay cosas que no te gustan, siempre de cada sitio vas masticando recuerdos tesoros conforme los creas. Siempre en cada sitio te encuentras con la terrible pero pacificadora soledad, con la temida pero tranquilizadora compañía. Pero en la rambla con el día sólo estoy yo, en la rambla con la tarde y el regreso sólo estoy yo. Siempre yo y las lágrimas o una risa de bronce o el sentarse en la piedra hasta que se cae el sol, siempre sacar algo del bolso (un plátano, una galleta, una manzana, una bolsa de papas fritas, un cuaderno, un libro). Siempre algo que salga de mi bolso y que me salve. Letras mías. Sólo mías. Un mundo solo mío, en la rambla, camino al trabajo o camino a ninguna parte, Montevideo enfrente y a los lados, la playa Ramírez que habré caminado descalza y sola, de noche, cuando ya había empezado el otoño o cuando todavía no había empezado el verano. Solo mío lo que vi. Una pareja que empezaba a quererse, se notaba en la manera de escorarse ella contra él, con una botella de vino se acomodaba en la arena de arriba, contra el murallón, los pies bien asentados en la arena. Dos mujeres dejaban velas azules en un hoyo cerca de la orilla, como cuando Iemanjá. Un grupo de muchachos entrenaban y se metían en el agua, vestidos. Montevideo. Esa curvita desde donde se ve mejor Montevideo. Y yo mirándolo desde fuera las cuántas veces que habré paseado, sola o con Lourdes, nunca desde dentro, siempre desde fuera, extranjera, examinadora, con la vara de medir en los ojos y en las manos. Montevideo adonde vine a descansar, a dejar de crear lazos de raso, a estar sola, a que cada día fuera un día distinto del otro sin que se diferenciaran por sus nombres sino por el hueso de su corazón. Y aquí estoy, muerta de miedo porque una vez más no estoy en mi sitio, porque una vez más despertenezco.