miércoles, abril 11, 2012

Bares de Montevideo con ventanas y diciembre

Todas las puertas abiertas al mundo de la calle y a la pelusa de los castaños de Indias, los fluorescentes encendidos a las nueve de la mañana, el bar haciendo esquina empoderándose de Maldonado y Río Branco, la coruñesa que debe de llevar aquí tantos años como las mesas de formica preguntándome de dónde soy, si estoy de paseo, con un acento tan puramente montevideano mientras me cuenta que ella no es ciudadana sino sólo residente después de 51 años y que a sus padres se los llevaron a enterrar a Coruña porque ellos lo pidieron expresamente antes de morir tan lejos.
El café en este país es poco recomendable, como no sea para mirarlo debajo de su espuma y dentro de su vaso, generalmente tan añado como el resto de las cosas. Duralex. Made in Spain. En Barrio Sur todo está tiernamente reutilizado. Los carros de los cartoneros son iguales en sus mulas y sus armados de madera a los de Paraguay o Corrientes, sólo que sin niños desharrapados encima. El mundo Montevideo es tranquilo y parece no tener compás ni prisa, todo pasa despacito al son de lo que se vive. El mundo Barrio Sur donde te comes una milanesa con guarnición por diez pesos más de lo que te cuesta un té sobre 18. En el micromundo de este bar las señoras que hacen cola para la puerta de al lado esperan sentadas aquí adentro; entra un señor con suéter de cuello de pico metido por dentro del pantalón y gorro de estibador, al que luego veo unas cuantas cuadras más arriba lavando coches; entran señoras con carritos de la compra y camisas que llevan lavándose desde 1985. En el micromundo de este bar hablan del fin del mundo y de una ola gigante que va a arrasarlo todo así que no hay que preocuparse por la jubilación. 27 años tiene la chica que detrás de la barra parece terriblemente más baqueteada que yo, que dentro de dos días cumplo 36. El mundo misterioso de los bares populares abiertos a la calle más barrio que el barrio, a esta calle que se llama Wilson Ferreira Aldunate aunque la sigan llamando Río Branco. Unas cuadras más allá subiendo Maldonado la calle más barrio que la calle se llama Paraguay. Allí otra coruñesa regenta otro bar anclado en la nostalgia gallega lleno de señores en mangas de camisa beligerantes a ciertas horas y a otras sólo contempladores del pasar del tiempo amarillo. Barrio Sur. Si hubiera llegado a Montevideo hace 60 años me habría puesto un bar y cocinado grandes ollas de potaje o puchero y colgado una jaula con un canario al lado de la puerta. Geranios. Todo el atrezzo de andaluza con empeño de estar lejos y sentir nostalgia, porque la nostalgia es ya una pertenencia. Hay todo un entramado de casas regionales de los inmigrantes viejos repartidos por la ciudad, gente que llegó en el tiempo de los barcos y se quedó y cincuenta años después sigue suspirando. Lo que yo soy, ¿encaja en Montevideo? Yo que crecí fuera de Manhattan o de l'Île Saint Louis, yo que siempre cabalgo más deprisa que mi deseo, ¿tengo sitio en este mundo de bares estribo, bares barridos por el viento a través de las ventanas?

1 comentario:

Mª Eugenia Galván dijo...
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